El Ignaciano / Junio 2026
Las primeras encíclicas sociales
Alfredo Romagosa
Este artículo se debe considerar como una continuación al artículo La pre-historia de la Doctrina Social de la Iglesia: desde los orígenes hasta León XIII por el Dr. Sixto García en el número previo de esta revista. Es parte de nuestro estudio detallado de las encíclicas sociales de la Iglesia. La palabra encíclica viene del griego egkyklios que quiere decir «circular». La palabra se usaba antiguamente en la Iglesia para designar una carta de un obispo a su comunidad. Gradualmente se empezó a usar exclusivamente para las enseñanzas importantes del papa. Generalmente estos documentos son escritos por un equipo de asesores expertos convocados por un papa que aprueba y titula el documento.
Adam Smith y La Economía de Mercado
El artículo anterior describe el desarrollo del pensamiento social católico previo a las encíclicas y culminando con el obispo alemán Wilhelm von Ketteler (1811-1877) y el empresario francés león Harmel (1829-1915). Hubo también otra trayectoria paralela de pensamiento social en el mundo protestante. Partiendo también desde la base de Santo Tomás, este proceso tuvo desarrollos claves con el holandés Hugo Grotius (1583-1645) y el alemán Samuel von Pufendorf (1632-1694) y culminando con el escocés Adam Smith (1723-1790). Este desarrollo fue de gran relevancia en el mundo comercial, debido a la importancia económica de Inglaterra, primero, y después los Estados Unidos, ambas naciones predominantemente protestantes.
Adam Smith fue profesor de filosofía moral en la Universidad de Glasgow en Escocia, pero es más conocido como el fundador de la ciencia económica, debido a su libro La Riqueza de las Naciones. Los conceptos económicos básicos de la oferta y la demanda y la competencia en los mercados tienen orígenes muy antiguos, pero el mérito de Smith consistió en codificar y analizar estos principios de una forma coherente y clara, como en su explicación de como la oferta y demanda conducen al más eficiente uso de recursos, en vez de que este uso sea planeado por algún gobierno o agencia. Esta economía de mercado es práctica para muchos recursos, pero como el mismo admite, su aplicación al pago de trabajadores es problemática: «Un ser humano vive de su trabajo, y su sueldo tiene que ser por lo menos suficiente para mantenerlo. Y en la mayoría de las ocasiones tiene que ser algo más, si no sería imposible mantener una familia, y su raza no perduraría a otra generación». ¹
[i] Adam Smith, The Wealth of Nations [1776] (Chicago: Henry Regnery Company, 1953), mi traducción, Book 1, 102.
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A veces se acusa a Smith de ser culpable del abuso de los trabajadores, pero como moralista, el advierte:
No sociedad puede ser floreciente y feliz en la cual la mayoría de sus miembros son pobres y miserables. Es justo además que aquellos que alimentan, visten y alojan a todo el cuerpo de la población compartan suficiente parte de los productos de su labor para que ellos mismos estén tolerablemente alimentados, vestidos y alojados.²
Aunque desde luego Smith quiere restringir lo más posible la función económica de los gobiernos, no es justo culparlo de la rigidez de algunos de sus discípulos. Smith, por ejemplo, reconoce que los gobiernos deben de limitar los monopolios.
Rerum novarum y la Revolución Industrial
El mundo económico occidental se mantiene bastante estable, con una base agrícola, hasta la revolución industrial en el siglo XVIII, que hace que el capital y los medios de producción substituyan a la tierra como los elementos claves de la riqueza. Este cambio repentino hace que se amontonen los trabajadores en las ciudades, en condiciones inhumanas. Su necesidad hace que acepten sueldos muy bajos, mientras los dueños de las fábricas se enriquecen. El Papa León XIII publicó la encíclica Rerum novarum (1891) para tratar sobre esta situación. «El tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores». (Párrafo #1) Al principio se pensaba que las condiciones se arreglarían solas, siguiendo las funciones económicas naturales, pero gradualmente se reconoció la necesidad de proteger a los trabajadores.
La Voz de la Iglesia
El título de la encíclica, tomado de las primeras palabras del documento en latín quiere decir aproximadamente «cosas nuevas». En el documento, el Papa establece su derecho y deber de tratar estos temas:
Confiadamente y con pleno derecho nuestro, atacamos la cuestión, por cuanto se trata de un problema cuya solución aceptable sería verdaderamente nula si no se buscara bajo los auspicios de la religión y de la Iglesia. Y, estando principalmente en nuestras manos la defensa de la religión y la administración de aquellas cosas que están bajo la potestad de la Iglesia, Nos estimaríamos que, permaneciendo en silencio, faltábamos a nuestro deber… En efecto, es la Iglesia la que saca del Evangelio las enseñanzas en virtud de las cuales se puede resolver por completo el conflicto, o, limando sus asperezas, hacerlo más soportable; ella es la que trata no sólo de instruir la inteligencia, sino también de encauzar la vida y las costumbres de cada uno con sus preceptos. (#12)
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El Reto del Marxismo
Como afirma el artículo previo, Karl Marx y sus discípulos predican una solución falsa al problema laboral. Así lo reconoce León XIII:
Para solucionar este mal, los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes y administrados por las personas que rigen el municipio o gobiernan la nación. Creen que con este traslado de los bienes de los particulares a la comunidad, distribuyendo por igual las riquezas y el bienestar entre todos los ciudadanos, se podría curar el mal presente. Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones. (#2)
Deberes de los Patronos
El papa establece la responsabilidad moral de los patronos de ser justos con los obreros, y enumera sus deberes hacia ellos:
Y éstos, los deberes de los ricos y patronos: no considerar a los obreros como esclavos; respetar en ellos, como es justo, la dignidad de la persona, sobre todo ennoblecida por lo que se llama el carácter cristiano... Que lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como de cosas de lucro y no estimarlos en más que cuanto sus nervios y músculos pueden dar de sí... Tampoco debe imponérseles más trabajo del que puedan soportar sus fuerzas, ni de una clase que no esté conforme con su edad y su sexo. Pero entre los primordiales deberes de los patronos se destaca el de dar a cada uno lo que sea justo. (#15)
Uno de los abusos más comunes es el de los sueldos injustos: «defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen, que llama a voces las iras vengadoras del cielo». Y en esto cita la carta bíblica de Santiago [5:4] «He aquí que el salario de los obreros... que fue defraudado por vosotros, clama; y el clamor de ellos ha llegado a los oídos del Dios de los ejércitos». (#15)
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El Derecho a la Propiedad
En la mayoría de los sistemas económicos, existe el concepto de la propiedad privada a algún nivel. En el contexto del ataque Marxista, el papa afirma el derecho a la propiedad con palabras sacadas de Santo Tomás de Aquino y de von Ketteler, pero también resalta que este derecho no es absoluto, sino que tiene también una función social:
Sobre el uso de las riquezas hay una doctrina excelente y de gran importancia... El fundamento de dicha doctrina consiste en distinguir entre la recta posesión del dinero y el recto uso del mismo. Poseer bienes en privado, según hemos dicho poco antes, es derecho natural del hombre, y usar de este derecho, sobre todo en la sociedad de la vida, no sólo es lícito, sino incluso necesario…Y si se pregunta cual es necesario que sea el uso de los bienes, la Iglesia responderá sin vacilación alguna: “En cuanto a esto, el hombre no debe considerar las cosas externas como propias, sino como comunes, es decir de modo que las comparta fácilmente con otros en sus necesidades.” (#17)
Función del Estado
Una de las controversias principales en asuntos económicos es la función del gobierno en estos asuntos. Un punto de vista basado en una interpretación extremista de las teorías de Adam Smith es que los gobiernos no deben de intervenir en ningún asunto económico, usando la frase originada por un economista francés, laissez faire, (dejen hacer, dejen pasar). León XIII afirma la función económica del Estado:
Así, pues, los que gobiernan deber cooperar, primeramente y en términos generales, con toda la fuerza de las leyes e instituciones, esto es, haciendo que de la ordenación y administración misma del Estado brote espontáneamente la prosperidad tanto de la sociedad como de los individuos, ya que éste es el cometido de la política y el deber inexcusable de los gobernantes. Ahora bien: lo que más contribuye a la prosperidad de las naciones es la probidad de las costumbres, la recta y ordenada constitución de las familias, la observancia de la religión y de la justicia, las moderadas cargas públicas y su equitativa distribución, los progresos de la industria y del comercio, la floreciente agricultura y otros factores de esta índole, si quedan, los cuales, cuanto con mayor afán son impulsados, tanto mejor y más felizmente permitirán vivir a los ciudadanos. A través de estas cosas queda al alcance de los gobernantes beneficiar a los demás órdenes sociales y aliviar grandemente la situación de los proletarios, y esto en virtud del mejor derecho y sin la más leve sospecha de injerencia, ya que el Estado debe velar por el bien común como propia misión suya. (#23)
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Como una saludable limitación a la función económica del Estado, el documento implica sin detallar el principio de subsidiaridad que será destacado en la próxima encíclica: «No es justo... que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie». (#26)
El Derecho a Asociarse
León XIII defiende, como parte del concepto de solidaridad, el derecho a asociarse, y cita el derecho de trabajadores a organizarse para defenderse mutuamente:
Los mismos patrones y obreros pueden hacer mucho en esta cuestión, esto es, con esas instituciones mediante las cuales atender convenientemente a los necesitados y acercar más una clase a la otra. Entre las de su género deben citarse las sociedades de socorros mutuos; entidades diversas instituidas por la previsión de los particulares para proteger a los obreros, amparar a sus viudas e hijos en los imprevistos, enfermedades y cualquier accidente propio de las cosas humanas; los patronatos fundados para cuidar de los niños, niñas, jóvenes y ancianos. Pero el lugar preferente lo ocupan las sociedades de obreros, que comprenden en sí todas las demás. (#34)
En el siguiente párrafo el papa les da a las asociaciones una fundación bíblica, y afirma la naturaleza social de los seres humanos:
La reconocida cortedad de las fuerzas humanas aconseja e impele al hombre a buscarse el apoyo de los demás. De las Sagradas Escrituras es esta sentencia: «Es mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno cae, será levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá quien lo levante!» [Eclesiastes 4:9-10]... En virtud de esta propensión natural, el hombre, igual que es llevado a constituir la sociedad civil, busca la formación de otras sociedades entre ciudadanos, pequeñas e imperfectas, es verdad, pero de todos modos sociedades. ... el constituir sociedades privadas es derecho concedido al hombre por la ley natural, y la sociedad civil ha sido instituida para garantizar el derecho natural... puesto que tanto ella como las sociedades privadas nacen del mismo principio: que los hombres son sociables por naturaleza. (#35)
Quadragesimo anno
La segunda encíclica, Quadragesimo anno (1931) fue publicada por el Papa Pío XI como conmemoración del aniversario de 40 años de la publicación de Rerum novarum. Pío XI empieza sus comentarios alabando la primera encíclica: «La encíclica Rerum novarum tiene de peculiar entre todas las demás el haber dado al género humano, en el momento de máxima oportunidad e incluso de necesidad, normas las más seguras para resolver adecuadamente ese difícil problema de humana convivencia que se conoce bajo el nombre de «cuestión social». (#2) Pero también se lamenta de las críticas infundadas: «No faltaron, sin embargo... quienes mostraron cierta inquietud; de lo que resultó que una tan noble y elevada doctrina como la de León XIII, totalmente nueva para los oídos mundanos, fuera considerada sospechosa para algunos, incluso católicos, y otros la vieran hasta peligrosa». (#14) Estas críticas han seguido acompañando las encíclicas sociales hasta nuestro tiempo. La primera parte de este documento repasa y reitera los conceptos expresados en la primera encíclica
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El Salario Justo
La segunda encíclica propone en detalle una serie de principios a considerar al establecer un salario justo. Estos principios han servido de base a las encíclicas posteriores, a veces modificando detalles debido a cambios sociológicos, como en la situación de la mujer:
Ante todo, el trabajador hay que fijarle una remuneración que alcance a cubrir el sustento suyo y el de su familia. Es justo, desde luego, que el resto de la familia contribuya también al sostenimiento común de todos, como puede verse especialmente en las familias de campesinos, así como también en las de muchos artesanos y pequeños comerciantes; pero no es justo abusar de la edad infantil y de la debilidad de la mujer.
Las madres de familia trabajarán principalísimamente en casa o en sus inmediaciones, sin desatender los quehaceres domésticos. Constituye un horrendo abuso, y debe ser eliminado con todo empeño, que las madres de familia, a causa de la cortedad del sueldo del padre, se vean en la precisión de buscar un trabajo remunerado fuera del hogar, teniendo que abandonar sus peculiares deberes y, sobre todo, la educación de los hijos. (#71)
Para fijar la cuantía del salario deben tenerse en cuanta también las condiciones de la empresa y del empresario, pues sería injusto exigir unos salarios tan elevados que, sin la ruina propia y la consiguiente de todos los obreros, la empresa no podría soportar. No debe, sin embargo, reputarse como causa justa para disminuir a los obreros el salario el escaso rédito de la empresa cuando esto sea debido a incapacidad o abandono o a la despreocupación por el progreso técnico y económico. (#72)
Y como conclusión, exhorta al diálogo y a una actitud de cooperación: «Unidos fuerzas y propósitos, traten todos, por consiguiente, obreros y patronos, de superar las dificultades y obstáculos y présteles su ayuda en una obra tan beneficiosa la sabia previsión de la autoridad pública». (#73)
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El Principio de Subsidiariedad
Una de las contribuciones mas importantes del obispo von Ketteler fue la formulación de lo que se ha venido a llamar el Principio de Subsidiaridad. Este principio es de gran ayuda en aclarar las relaciones justas entre los individuos y los gobiernos o asociaciones. En términos sociopolíticos este principio afirma que es preferible tratar de resolver los problemas al nivel más bajo, o sea al nivel del individuo o del gobierno local, y recurrir a niveles más altos de gobiernos tan sólo cuando sea necesario. Como vimos, Rerum novarum había ya introducido el tema, pero fue la segunda encíclica social, que estableció este principio más claramente:
Como no se puede quitar a los individuos y dar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos. (#79)
En el próximo párrafo, el Papa por primera vez bautiza el principio, usando el termino de función «subsidiaria» que será utilizado de aquí en adelante como un principio.
Conviene, por tanto, que la suprema autoridad del Estado permita resolver a las asociaciones inferiores aquellos asuntos y cuidados de menor importancia, en los cuales, por lo demás perdería mucho tiempo, con lo cual logrará realizar más libre, más firme y más eficazmente todo aquello que es de su exclusiva competencia, en cuanto que sólo él puede realizar, dirigiendo, vigilando, urgiendo y castigando, según el caso requiera y la necesidad exija. Por lo tanto, tengan muy presente los gobernantes que, mientras más vigorosamente reine, salvado este principio de función «subsidiaria», el orden jerárquico entre las diversas asociaciones, tanto más firme será no sólo la autoridad, sino también la eficiencia social, y tanto más feliz y próspero el estado de la nación. (#80)
La «Dictadura» del Mercado Libre Absoluto
Durante el período entre las dos primeras encíclicas ya se habían fortalecido como escuela de pensamiento los argumentos en contra de las acciones de los gobiernos en el sector económico, pero también se habían demostrado las limitaciones de esta actitud durante la «Gran Depresión». Es común que en los sistemas económicos haya ciclos de crecimiento y recesión, pero durante la década de los 1930’s el mundo occidental sufrió de una depresión económica extrema, en algunos países llegando el desempleo hasta el 30% de la población. Esta tragedia mueve a los economistas a buscar soluciones, y gradualmente se han ido desarrollando técnicas económicas que han servido para aliviar los ciclos. Principal entre estos fue el economista inglés John Maynard Keynes (1883-1946). La economía moderna reconoce que los gobiernos pueden y deben de actuar para mejorar las condiciones económicas de sus países. Escrita en este contexto (1931), Pío XI en su encíclica ofrece una discusión sobre las limitaciones del mercado libre, usando fuertes palabras:
Pues de este principio, como de una fuente envenenada, han manado todos los errores de la economía «individualista», que, suprimiendo, por olvido o por ignorancia, el carácter social y moral de la economía, estimó que ésta debía ser considerada y tratada como totalmente independiente de la autoridad del Estado, ya que tenía su principio regulador en el mercado o libre concurrencia de los competidores, y por el cual podría regirse mucho mejor que por la intervención de cualquier entendimiento creado.
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Mas la libre concurrencia, aun cuando dentro de ciertos límites es justa e indudablemente beneficiosa, no puede en modo alguno regir la economía, como quedó demostrado hasta la saciedad por la experiencia, una vez que entraron en juego los principios del funesto individualismo. (#88)
Peligros del Socialismo
También para este tiempo se habían dado a conocer los abusos del comunismo soviético, el cual «enseña y persigue dos cosas, y no oculta y disimuladamente, sino clara y abiertamente, recurriendo a todos los medios, aun los más violentos: la encarnizada lucha de clases y la total abolición de la propiedad privada». (#112) Pero a Pío XI también le preocupa el llamado socialismo «moderado», ya que las dos malas tendencias tienden a perdurar, y estos grupos «no renuncian ni a la lucha de clases ni a la abolición de la propiedad, sino que sólo las suavizan un tanto». (#116) Ademas, la mayoría de estos grupos tienen una orientación materialista y dislocada:
Más aún, tan grande es la importancia que para ellos tiene poseer la abundancia mayor posible de bienes para servir a las satisfacciones de esta vida, que, ante las exigencias de la más eficaz producción de bienes, han de preterirse y aún inmolarse los más elevados bienes del hombre, sin excluir ni siquiera la libertad. Sostienen que este perjuicio de la dignidad humana, necesario en el proceso de producción «socializado», se compensará fácilmente por la abundancia de bienes socialmente producidos. (#119)
Lista de Encíclicas
Desde el papa Juan XXIII en adelante, todos los papas han publicado por lo menos una encíclica social:
1891 Rerum Novarum (De las cosas nuevas...) - León XIII
1931 Quadragesimo año (En el cuadragésimo aniversario...) - Pio XI
1961 Mater et magistra (Madre y maestra de pueblos...) - Juan XXIII
1963 Pacem in Terris (La paz en la tierra...) - Juan XXIII
1967 Populorum progressio (El desarrollo de los pueblos...) - Pablo VI
1981 Laborem exercens (Con su trabajo el hombre ...) - Juan Pablo II
1987 Sollicitudo rei sociales (La preocupación social…) - Juan Pablo II
1991 Centesimus Annus (El centenario de la promulgación...) - Juan Pablo II
2009 Caritas et veritas (La caridad en la verdad...) – Benedicto XVI
2015 Laudato si' (Alabado seas, mi Señor...) - Francisco
¹ Adam Smith, The Wealth of Nations [1776] (Chicago: Henry Regnery Company, 1953), mi traducción, Book 1, 102.
² Ibid., Book 1, 118.
