El Ignaciano  / Junio 2026

Volver al Camino: peregrinar, discernir y dejarse encontrar

Marzo Artime

En pocas semanas mi esposa y yo volveremos a hacer el Camino de Santiago. Será nuestra tercera vez. Algunas personas, al saberlo, nos preguntan por qué volver a un camino que ya hemos recorrido. La pregunta es válida. Después de todo, si se tratara solamente de llegar a Santiago y obtener la Compostela, bastaría con hacerlo una vez. Pero el Camino, al menos en nuestra experiencia, no se agota en la llegada. Algo curre mientras se camina. Algo se va revelando paso a paso.

El Camino de Santiago pertenece a una antigua tradición cristiana de peregrinación vinculada a la memoria del apóstol Santiago, discípulo de Jesús y hermano de Juan. Durante siglos, hombres y mujeres de diferentes lugares han caminado hacia Compostela movidos por la fe, la búsqueda, la gratitud, la penitencia, la promesa o simplemente por una inquietud interior difícil de nombrar. Hoy siguen caminando creyentes y no creyentes, jóvenes y mayores, personas heridas, agradecidas, confundidas o esperanzadas. Cada peregrino lleva una historia. Cada uno carga también sus propios pesos.

La primera vez que hice el Camino, confieso que estaba preocupado. Nunca había caminado tanto de un solo golpe. Sabíamos de antemano cuánto debíamos caminar cada día para llegar al próximo alojamiento, porque el trayecto había sido organizado por un grupo de amigos con la ayuda de una compañía especializada. Yo, como buen principiante, hice mis cálculos. En Miami suelo caminar a un ritmo de unos veinte minutos por milla, en terreno plano, temprano en la mañana, cuando la temperatura es más fresca. Y si llueve, sencillamente no camino. Galicia, por supuesto, es otra cosa. El terreno sube y baja, el clima cambia, y el cuerpo descubre pronto que caminar durante horas no es lo mismo que salir a hacer ejercicio cerca de casa.

Llegué al primer día con ansiedad. No sabía si iba a poder llegar al próximo pueblo. Lo logré, pero no sin dificultad. Curiosamente, las bajadas me resultaron más difíciles que las subidas, y terminé lastimándome una rodilla. Al día siguiente hicimos ajustes: compramos palos para caminar y usé una rodillera. Eso ayudó. Me sentí más tranquilo. Pero el momento verdaderamente importante no ocurrió por una estrategia ni por una decisión pensada. Sucedió, simplemente, en algún momento de la mañana del tercer día.

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Algo cambió en mi manera de mirar el Camino. Hasta entonces, yo caminaba pendiente de la llegada: cuántas horas faltaban, cuántos kilómetros quedaban, si la rodilla aguantaría, si llegaríamos a tiempo para la misa. De pronto comprendí que no se trataba solamente de llegar al próximo pueblo, ni siquiera de llegar a Santiago. La gracia del Camino estaba en caminar. En habitar el momento. En estar plenamente allí.

No sabría explicarlo del todo. No escuché una voz ni tuve una experiencia extraordinaria. Simplemente dejé de medirlo todo. La hora de llegada dejó de ocupar el centro. El cansancio, el sudor, las subidas y las bajadas perdieron importancia. No porque desaparecieran, sino porque dejaron de dominar mi atención. Me descubrí más sereno, más libre, más presente. Comencé a caminar conmigo mismo y, de una manera sencilla y profunda, me sentí en presencia de Dios. Aquello tocó algo muy hondo de la vida espiritual.

La fe cristiana nace precisamente de un encuentro: Dios se hace presente y sale a nuestro encuentro antes de que nosotros sepamos buscarlo. Muchas veces pensamos la vida espiritual como si fuera principalmente resultado de nuestro esfuerzo, de nuestros méritos o de nuestra capacidad de llegar. Pero la experiencia del Camino me enseñó otra cosa. Reconocer la presencia de Dios no fue algo que yo produje. Fue más bien un cambio de mirada que se me regaló. Fue gracia. Y ante la gracia, lo primero que se nos pide no es conquistar, sino consentir.

Tal vez por eso me gusta tanto la expresión «dejarse encontrar». No significa rendirse en el sentido de abandonar, ni renunciar a la responsabilidad de seguir caminando. Significa confiar. Significa detener por un momento la necesidad de controlarlo todo para reconocer, como dice el salmista: «Paren y reconozcan que soy Dios». Es la actitud de María ante un misterio que la supera: no entiende del todo, pero se deja conducir por la palabra recibida. En el Camino de Santiago, como en el camino de la vida, hay momentos en que la verdadera libertad consiste precisamente en dejarse llevar por Dios.

En esa experiencia también reconozco una resonancia profundamente ignaciana. El Camino enseña a escuchar los movimientos interiores: la ansiedad y la paz, la resistencia y la confianza, el cansancio y la consolación. Enseña a mirar la realidad concreta —el cuerpo, el paisaje, los otros caminantes, la fragilidad, el silencio— como lugar donde Dios puede comunicarse. No hay que huir del mundo para encontrar a Dios. A veces basta caminar con atención.

Pero el Camino no termina en una experiencia interior. La figura de Santiago nos recuerda que el discípulo es también enviado. El Resucitado confía a sus discípulos la misión: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). Quien ha caminado con Cristo termina siendo puesto en marcha hacia los demás. El Espíritu que consuela también envía. El Dios que se deja encontrar en el silencio del camino y en lo interior nos devuelve al mundo con un corazón más libre para servir.

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Quizás por eso volvemos. No porque el Camino sea fácil, ni porque siempre sepamos explicar lo que allí ocurre. Volvemos porque el Camino nos recuerda cómo vivir: paso a paso, con menos peso, menos control y más confianza. Volvemos porque allí aprendemos que Dios no espera solamente al final de la ruta, sino que camina con nosotros desde el primer paso. Y volvemos porque todo verdadero camino con Dios, tarde o temprano, se convierte también en camino hacia los demás.

Marzo Artime obtuvo su Doctorado en Teología Práctica en St. Thomas University y completó estudios graduados postdoctorales en Neurociencia Cognitiva en Florida International University. El Dr. Artime es profesor adjunto de Teología en el Southeast Pastoral Institute (SEPI), donde enseña en el programa de Maestría en Ministerio Pastoral Hispano de Barry University. Además, trabaja a tiempo completo como Director of Information Technology en Catholic Legal Services, Arquidiócesis de Miami.

liana Artime completó sus estudios de pregrado en Barry University y posee títulos de Maestría y Especialista en Educación de Florida International University. Actualmente es directora de la George Washington Carver Middle School en Coral Gables.

Marzo e Iliana han sido catequistas y han participado en varios ministerios diocesanos, incluyendo pastoral juvenil, preparación matrimonial y grupos misioneros. Son cofundadores de la Sociedad Misionera Juan Pablo II. Tienen cinco hijos y seis nietos.