El Ignaciano / Septiembre 2026
Reflexiones sobre la inteligencia artificial, la educación y la encíclica Magnifica humanitas¹
Carlos Azcoitia
Introducción
El 25 de mayo de 2026, el Papa León XIV publicó su primera encíclica, Magnifica humanitas, con la intención de proteger a las personas en tiempos de la inteligencia artificial (IA). Se trata de un documento que invita a las personas de fe y de razón a preguntarse qué impacto tiene esa nueva tecnología en el ser humano.
La inteligencia artificial ya está transformando la medicina, la educación, la agricultura y la comunicación de maneras que pueden servir genuinamente al bien común. El propio León XIV reconoce este potencial: sostiene que la tecnología, bien orientada, puede ayudar a sanar, conectar, educar, y contribuir al cuidado de nuestra casa común. No se trata de un documento de temor, sino de discernimiento: la Iglesia no se opone al progreso, sino que insiste en que este sirva a toda la familia humana y no solo a unos pocos poderosos.
Para los educadores —los estudiosos de la tradición ignaciana en particular—, la inteligencia artificial ofrece la oportunidad de un aprendizaje personalizado, mayor acceso al conocimiento para comunidades desatendidas y nuevas vías de investigación que pueden abordar la injusticia global.
Sin embargo, Magnifica humanitas también nos educa respecto a los riesgos. El papa León XIV traza una distinción clara entre los seres humanos y las máquinas: explica que las llamadas inteligencias artificiales no viven experiencias propias, carecen de cuerpo, no sienten alegría ni dolor, no maduran a través de las relaciones y no conocen las realidades como el amor, el trabajo o la amistad. La IA imita la inteligencia.
Preocupaciones urgentes que plantea la encíclica
La dignidad humana y el trabajo:
A medida que la IA automatiza más tareas, surge la pregunta de quién asume el costo. Siguiendo el espíritu de Rerum novarum —la encíclica de León XIII sobre la dignidad del trabajo y los derechos de los trabajadores— el papa se preocupa por los de 1891 trabajadores desplazados por la tecnología, sin protección ni apoyo adecuados.
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Desigualdad:
Los beneficios de la IA se concentran de manera desproporcionada en las naciones y corporaciones más ricas. La encíclica pide garantías que hagan que la tecnología reduzca, en lugar de ampliar, la brecha entre ricos y pobres.
El medio ambiente.
Los enormes centros de datos que sostienen la IA consumen grandes cantidades de energía y agua, y dependen de minerales extraídos —a menudo de forma destructiva— en el Sur Global. En ese sentido, León XIV recoge las ideas del papa Francisco en Laudato si’ (2015) sobre la ecología integral y el vínculo entre el cuidado del medio ambiente y la opción por los pobres: el cuidado de la creación es, también, cuidado de los pobres.
La conexión humana.
Quizá el señalamiento más conmovedor es que, a medida que las personas recurren a la IA en busca de compañía y consejo, las relaciones humanas auténticas corren el riesgo de debilitarse. Cerca de tres cuartas partes de los estadounidenses ya se reúnen con amigos cercanos dos veces al mes o menos. Una tecnología que aísla más es una tecnología que disminuye.
La verdad y la democracia.
La desinformación generada por IA amenaza los fundamentos de la libertad de palabra, una preocupación particular para una tradición que valora la unidad entre la fe y la razón.
Magnifica humanitas no es un llamado a desconectarse de la tecnología, sino a comprometerse con ella con sabiduría, en función del mayor bien. En la tradición ignaciana, el discernimiento no es parálisis: es el arte disciplinado de elegir bien, al modo de los «contemplativos en la acción» que San Ignacio de Loyola propone en los Ejercicios Espirituales, donde el discernimiento de espíritu orienta cada decisión hacia el mayor servicio.
El papa convoca a teólogos, científicos, directivos, educadores y funcionarios públicos a trabajar juntos. Llama a las universidades —nuestras universidades— a integrar la doctrina social católica en la conversación sobre el desarrollo de la IA. Y nos llama a todos a exigir que la tecnología esté al servicio de la dignidad humana, sin reemplazarla.
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La pregunta no es si la IA transformará nuestro mundo, ya lo está haciendo. La pregunta es a quién servirá, y qué tipo de humanidad elegimos llegar a ser.
En una época en la que la verdad suele distorsionarse al servicio de intereses particulares y de estrategias de comunicación, el ámbito educativo cobra una importancia decisiva. La omnipresencia de los medios digitales fomenta una cultura de inmediatez e hiperestimulación que genera fatiga, aburrimiento y apatía frente al esfuerzo que exige la búsqueda de la verdad. La educación, en cambio, es un camino largo que requiere paciencia, tiempo para desarrollarse y encuentro con la realidad más allá de las apariencias. Educar sobre el uso de la IA implica, entonces, enseñar a discernir cuándo y para qué nos conviene o no utilizarla.
Es necesario sostener la formación continua del profesorado a lo largo de su vida profesional, para que puedan relacionarse de manera positiva con las nuevas tecnologías y ayudar a sus estudiantes a usarlas con responsabilidad, sentido crítico y creatividad, en lugar de someterse pasivamente a su influencia.
A medida que el conocimiento se fragmenta, se vuelve más difícil comprender la realidad como un todo, formular preguntas profundas sobre el sentido y desarrollar un pensamiento auténticamente crítico y creativo. Muchos educadores ya observan señales de deshumanización: personas que «saben muchas cosas» pero les cuesta encontrar dirección en sus vidas, en parte porque no logran conectar la información con un conocimiento más profundo ni sostener un sentido de propósito.
La educación en nuestro país enfrenta desafíos de participación estudiantil, alto ausentismo y desajuste entre el mundo laboral y la escuela. Los estudiantes necesitan competencias de comunicación, colaboración, pensamiento crítico y autodirección, junto con capacidades profundamente humanas como el razonamiento ético, la empatía, la creatividad y la capacidad de moverse en la ambigüedad. Cuando las tareas escolares se perciben desconectadas de todo sentido, los estudiantes tienden a delegarlas en la IA. Reducir los riesgos y aprovechar al máximo las oportunidades de aprendizaje que ofrece la IA en un mundo en rápido cambio es una tarea colectiva.
Conclusión
La IA no sustituye el juicio profesional del docente, lo empodera. Puede aliviar cargas administrativas, pero los educadores siguen siendo responsables del juicio pedagógico y del vínculo humano con sus estudiantes. En el ámbito educativo, la IA puede apoyar la evaluación, la coordinación y la personalización, revitalizando la enseñanza. Conviene que los educadores se acerquen a ella con curiosidad, sin prejuicio ni señalamiento. Cabe preguntarse: ¿realmente ayuda la IA a los docentes en el aula?, ¿qué habilidades cognitivas específicas desarrolla?, ¿complementa o reemplaza?, ¿hay evidencia de que los estudiantes mejoren en las habilidades que se busca fortalecer?, ¿qué salvaguardas existen para quienes podrían volverse demasiado dependientes de ella?, ¿están los estudiantes protegidos frente a la desinformación?
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El pensamiento crítico y la conciencia ética van de la mano. Además de comprender el impacto social y ético que el uso de la IA puede tener en sus comunidades, estudiantes y docentes necesitan cultivar la capacidad de examinar críticamente su propio uso de la IA y el que observan en los demás. Los docentes cargan una responsabilidad mayor en este terreno: deben saber protegerse a sí mismos y encontrar fuentes confiables para sus estudiantes, resguardar la privacidad de los datos de estos al emplear herramientas digitales, y modelar con su propio ejemplo el pensamiento crítico y el conocimiento práctico de la IA dentro del aula.
Se requiere una actitud positiva y auténtica, que suponga reflexión detenida, estudio profundo, lectura y análisis prudente, pues sin estos elementos la libertad interior puede verse comprometida.
¹ Este artículo se basa en la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV (25 de mayo de 2026) y en reportajes relacionados de National Catholic Reporter, Loyola University Chicago, el A1 Playbook de las Escuelas Públicas de Chicago, Selección 2026 de Alfredo Romagosa, Gregg Toppo y Stephen Aguilar, The 74, y Chong Hao Fu, director ejecutivo de Leading Educators.
Carlos Azcoitia, recibió un Doctorado en Educación de la School of Leadership and Educational Policy con especialización en Educational Administration en Northern Illinois University. Fue Vice-Oficial de Educación de las Escuelas Públicas de Chicago, fundador y director de John Spry Community School/Community Links High School en el vecindario de Little Village en Chicago. En la actualidad, es profesor emérito de Educational Leadership en National Louis University y forma parte de la junta editorial de El Ignaciano.
