El Ignaciano / Diciembre 2024
Cómo la CG 32 y el padre Arrupe han marcado mi vocación
Emilio Travieso, S.J.
Me crie en Miami, en un ambiente donde la Iglesia era como una extensión de la familia. La misa de los domingos era una verdadera fiesta, con música alegre y gente cariñosa. Los sacerdotes eran buenos y nos hablaban de Jesús. Fui monaguillo y me hice adepto de la adoración al Santísimo. Agradezco haber recibido la fe de esa manera.
Después de la secundaria, me fui a estudiar a Boston. En la universidad, me hice amigo de la señora que limpiaba en la residencia de estudiantes donde yo vivía, porque era latina y conversábamos en español. Ella tenía asma, pero le tocaba almorzar en un closet cerrado donde se guardaban los productos químicos de limpieza. Lo que más le dolía era que casi no veía a sus hijos, porque con la miseria que ganaba, tenía que trabajar dos tandas de tiempo completo para pagar «los biles».
En ese tiempo, un grupo de estudiantes empezó una campaña para que la universidad tratara mejor a sus empleados. Me uní a la campaña, por apoyar a mi amiga. Las protestas fueron aumentando en intensidad, hasta que un grupo de estudiantes tomó la oficina del rector; la ocupación duró varias semanas y todos los días venía mucha gente a manifestar su apoyo.
Nunca se me olvida el día en que llegó un estudiante del centro católico a una de esas manifestaciones, repartiendo una hojita con una cita del Papa León XIII, de 1891, donde dice que todo trabajador merece un sueldo que le permita criar a su familia con dignidad. ¡La iglesia católica apoya oficialmente lo que estábamos reivindicando, desde hace más de 100 años! Yo había sido católico toda mi vida, pero fue la primera vez que oí hablar de la Doctrina Social de la Iglesia.
Tuve otras experiencias parecidas. Por ejemplo, en Boston hay mucha gente que duerme en la calle. Un día, uno de esos homeless me explicó que el Cristo que adoramos en el altar es el mismo Cristo que está vivo y presente de manera real en los pobres (Mt 25, 31-45). Entonces me interpeló con la observación de que el parque principal de la ciudad, donde todos los inviernos mueren literalmente congelados algunos de estos Cristos, está rodeado de iglesias de todas las denominaciones cristianas, y todas trancan sus puertas para que ellos no entren. Me tuve que preguntar si mi parroquia en Miami no haría lo mismo, con todo y su calor humano.
Poco a poco, se me fueron abriendo los ojos a las injusticias del mundo y a la invitación que nos hace el Evangelio a trabajar para cambiar esas realidades. Mi formación inicial me había dado la sensibilidad y los valores que me permitieron estar abierto a este nuevo llamado, pero me faltaban muchos elementos. Fui aprendiendo con la ayuda de las ciencias sociales y, sobre todo, de mucha gente buena que me acompañaron en ese proceso.
Podría haber sido una encrucijada en la que me hubiese alejado de la Iglesia, optando por un compromiso político desde una ideología secular. Pero con cada paso que yo daba hacia un compromiso con la justicia social, la Iglesia me sorprendía, mostrándome que ya estaba ahí mucho antes de que yo llegara, y con un compromiso mucho más profundo. Dios me bendijo con un grupo de amigos y guías que me ampliaban el horizonte, me desafiaban a poner el amor de Jesús en acción y me enseñaban a interpretar la realidad que me rodeaba a la luz del Evangelio.
Fue justo en esa época cuando conocí a un grupo de jesuitas. Me dijeron que su misión se resumía en «el servicio de la fe y la promoción de la justicia». Eran mis dos pasiones, y escucharlas así, en la misma frase, me confirmó que esa sería mi vocación. Al terminar la universidad, entré a la Compañía de Jesús.
En el noviciado, entendí que aquella frase que tanto me había inspirado también había marcado un hito en la historia de la Compañía, y que Pedro Arrupe había tenido mucho que ver con ese proceso. Pero, sobre todo, aprendí a conjugar mejor los dos polos de la frase desde la espiritualidad; quizás ese haya sido el mayor legado del padre Arrupe: su ejemplo de auténtico contemplativo en la acción.
Han pasado los años, y no me he arrepentido. Eso sí, he seguido haciendo camino, y quizás hoy en día le pondría otros matices a la frase, o al menos a la manera en que se ha traducido en la práctica. Pero lo esencial no ha cambiado: seguir a Jesús implica trabajar para que todas y todos tengan vida en abundancia.
Emilio Travieso, S.J., es sacerdote jesuita de la Provincia del Caribe. Tiene un doctorado de la London School of Economics y actualmente ejerce su ministerio en Haití.
