El Ignaciano / Diciembre 2024

Dos organizaciones mundiales y una preocupación común

Gelasia Márquez  - Antonio Sowers

Cerramos el mes de noviembre de este año 2024 al tiempo que dos organizaciones mundiales hacen su reunión anual y en ambas existe una preocupación común.

La primera de ellas es la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que tuvo lugar desde el 11 de noviembre hasta el viernes 22 de Noviembre en la ciudad de Bakú,  Azerbaijan. Esta conferencia conocida por sus siglas COP29 se ha celebrado en un contexto de conflictos geopolíticos y de inestabilidad mundial, al tiempo que la lucha contra el cambio climático se agudiza debido al creciente número de fenómenos climáticos que nuestro planeta está sufriendo y al creciente clamor de los científicos y estudiosos por la necesidad de respuestas efectivas.

Esta conferencia anual es mundial -los gobiernos de todos los países de la tierra son invitados a ella- y es una oportunidad única para el estudio, evaluación y toma de decisiones sobre de posibles soluciones a la crítica situación que viven todas las naciones como resultado de las consecuencias visibles del calentamiento global.  

En ésta, como en las Conferencias anteriores, el tema específico que continúa ocupando la atención de los especialistas mundiales es volver a abrir el debate sobre cómo hacer frente a una crisis climática que avanza a paso acelerado y que causa cada vez más desastres naturales en todo el mundo. Parte importante de la reunión ha sido y es revisar el comportamiento y respuesta de todos y cada uno de los países que forman parte de la organización al compromiso acordado de limitar el incremento de la temperatura global a 1.5 grados Celsius, para ayudar a las comunidades más vulnerables a adaptarse a los efectos del cambio climático, y poder alcanzar cero emisiones de gases de efecto invernadero para el año 2050.

Como en oportunidades anteriores, el segundo tema asociado al anterior es asegurar las finanzas para que cada país tenga los medios para tomar los pasos -firmes y seguros- que hagan posible que se puedan tomar las acciones necesarias que aminoren las emisiones de gas y puedan coexistir las comunidades.

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Casi una década después de la firma del Acuerdo de París en la COP21, con el objetivo histórico de limitar el calentamiento global a 1,5ºC, el mundo se precipita hacia el doble. El abismo entre la esperanza que representaba aquel acuerdo pionero y la realidad actual ha hecho que muchas personas se sientan frustradas con las cumbres anuales de la ONU sobre el clima. A medida que pasa el tiempo, algunos expertos se preguntan si las COP sobre el clima son el mejor espacio, o si están estructuradas de la mejor manera para tomar la serie de acciones que hagan falta. La necesidad de reformar el proceso de la COP ha sido el centro de atención en Bakú. En una carta abierta publicada al finalizar la reunión, más de 20 expertos, entre ellos el antiguo secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, la expresidenta de Irlanda, Mary Robinson, y la antigua directora de la ONU para el clima, Christiana Figueres, dijeron que, a pesar de sus logros, el proceso de la COP necesita una revisión [1].

Paralelo en el tiempo, se llevó a cabo otra reunión de transcendental importancia, la del grupo intergubernamental G20: el foro internacional de gobernantes y presidentes de bancos centrales, que tiene como meta discutir sobre políticas relacionadas con la promoción de la estabilidad financiera internacional, siendo el principal espacio de deliberación política y económica del mundo.  ​Creado en 1999, está integrado por veinte países industrializados y emergentes de todos los continentes: Alemania, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos...

Este año la reunión de los lideres del G20 culminó con una serie de acuerdos sobre el fortalecimiento de la democracia, el cuidado del medio ambiente y la lucha contra la pobreza.

En su discurso a los lideres de las 20 economías más grandes del mundo, el titular de la ONU, António Guterres, recordó a los países del G20 que ellos representan alrededor del 80% de las emisiones globales, e instó a movilizar fondos y aprovechar las fuentes innovadoras con el fin de apoyar a los pequeños estados insulares en desarrollo, que afrontan una amenaza existencial sin tener ninguna responsabilidad en la elevación de la temperatura del planeta.

El titular de la ONU insistió en la urgencia de que los países del G20 acelerasen a corto plazo el corte de sus emisiones de carbono en un 9% anual en la presente década, y les pidió enviar ese mensaje a sus representantes en la COP29 que esa misma semana se encontraban negociando en Bakú.  Sin embargo, su pedido no formó parte del   documento final cuando los miembros del G20 reafirmaron la batalla contra el calentamiento global, pero evitaron las referencias a dejar atrás los combustibles fósiles.

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A manera de conclusión de la trascendencia de los temas tratados en estas dos reuniones mundiales analicemos los datos de la Organización Meteorológica Mundial que reporta una prolongada racha de temperaturas medias mensuales a escala mundial excepcionalmente altas: «2024 va camino de convertirse en el año más cálido jamás registrado» (OMM).  Indudablemente, estos datos levantan una alerta roja ante el vertiginoso ritmo que el cambio climático ha adquirido en una sola generación, espoleado por la acumulación cada vez mayor de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Entre enero y septiembre de 2024, la temperatura media del aire en superficie a escala mundial superó en 1,54 °C (con un margen de incertidumbre de ±0,13 °C) la media preindustrial, bajo el influjo de un episodio de El Niño y su efecto de calentamiento, según un análisis de seis conjuntos de datos internacionales utilizados por la OMM [2].

Gracias a Dios, a pesar de estas preocupantes respuestas al cambio climático, nosotros, estamos «aprendiendo a administrar la Creación».

En la Audiencia General del 17 de enero de 2001, el papa san Juan Pablo II invitó a todos los cristianos a comprometerse para restaurar el «proyecto del Creador» evitando así «una catástrofe ecológica» [3]. Juan Pablo II nos recordó que la tarea encomendada a la criatura humana es la misión de gobernar sobre la creación para hacer brillar todas sus potencialidades.

La naturaleza de la relación ser humano-creación no es absoluta, sino ministerial: una relación «ministerial» implica que los seres humanos no somos dueños sino Administradores de la Creación.

El Centro de Espiritualidad Ignaciana y el Instituto Jesuita Pedro Arrupe han iniciado el Programa de Estudio «Espera y actúa con la creación», encaminado a entrenarnos y comprometernos a restaurar el proyecto del Creador. El programa consta de 10 encuentros de estudio en los que, partiendo del análisis de nuestra realidad actual, recordamos nuestra responsabilidad -cívica, social y religiosa-, para concluir aprendiendo a ser administradores de la Creación con nuestra conversión ecológica

Gelasia Márquez
Ph.D., Fordham University, NY, School Psychology Program. Además de su práctica profesional iniciada en Cuba, en los EE.UU. ha trabajado en el área de educación bilingüe e inculturación en distintas instituciones, incluyendo la USCCB (Conferencia de Obispos de los EE. UU.), ha dado conferencias y es autora de varias publicaciones.

Antonio L. Sowers
MA en Teología Pastoral, Barry University; ministro de la Eucaristía; miembro del Equipo SEPI para el Estudio del Plan Nacional del Ministerio Hispano en los Estados Unidos; participante del Movimiento Laudato si; director de «Conversión ecológica» del Instituto Pedro Arrupe.