EL ROL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA

Por Olga Consuelo Vélez Caro

INTRODUCCIÓN

Crece la conciencia sobre la urgencia de una participación más plena de la mujer en la sociedad y en la Iglesia porque hasta ahora esta participación no ha sido en condiciones de igualdad con el varón y, no sólo eso, durante siglos su dignidad fundamental fue negada, olvidando el proyecto creador de Dios: “a imagen de Dios los creó, varón y hembra los creó” (Gn 1, 27). ¿A qué se ha debido esta desigualdad entre varones y mujeres? Hoy tenemos más claridad para identificar como una de las causas a la sociedad patriarcal imperante en nuestro mundo. ¿Qué es el patriarcalismo? Es la estructuración de la sociedad a la medida del varón, donde lo masculino ha ejercido el poder de mando y destino de los pueblos y las mujeres han aportado sus capacidades pero en dependencia del varón y a su servicio1. Es verdad que hay mujeres que han ejercido y ejercen roles de mando y hombres que han estado o están en espacios de servidumbre. Por eso la biblista Elisabeth Schüssler Fiorenza, acuñó un neologismo que expresa mejor esa realidad. Nos referimos al Kyriarcado (gobierno del amo o señor) pretendiendo con ello no referirse solo a los varones y mujeres sino a las estructuras de dominación que pueden ser ejercidas por varones o mujeres, pero siempre en el esquema del emperador/amo/señor/padre/esposo/sobre sus subordinados2. De todas maneras, haciendo todas las salvedades posibles, sería no “ser honrado con lo real” -como dice Jon Sobrino-, si no reconociéramos que las más afectadas en esas estructuras de dominación han sido las mujeres.

De ahí que hablar de las mujeres y seguir insistiendo en que cambie la realidad que viven, no es un discurso del pasado ni mucho menos una tarea innecesaria. Por el contrario, es una exigencia ética y cristiana porque va en contra de la dignidad fundamental del ser humano y, por supuesto, del querer de Dios. No es de extrañar por tanto que en este siglo XXI, el papa Francisco vuelva a insistir en el tema y lo plantee en su primera exhortación: “todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia porque el ‘genio femenino’ es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la iglesia como en las estructuras sociales” (Evangelii Gaudium 103).

¿Cómo salir al paso de esta necesidad señalada por el papa Francisco, abriendo caminos de participación efectiva y afectiva de las mujeres en la sociedad y en la iglesia? Responder esta pregunta excede las posibilidades de una ponencia, pero lo que digamos aquí quiere invitar a la reflexión y al discernimiento, a la concientización y al compromiso con esta urgencia.

1 Literalmente significa el “gobierno del padre”. Es una forma de organización social en la que el poder siempre está en manos de los varones, con una serie de grados inferiores de gente subordinada que es cada vez mayor en la medida que se llega a la base. Johnson, Elizabeth. La que es. El misterio de Dios en el discurso teológico feminista. Barcelona: Herder, 2002, 42-43. 2 Elisabeth Schüssler Fiorenza acuño el neologismo “kyriarcado” que significa “el gobierno del emperador/amo/señor/padre/esposo sobre sus subordinados. Con ese término se quiere indicar que no todos los hombres dominan y explotan a todas las mujeres indiferenciadamente, sino que existe una compleja pirámide social de dominaciones y subordinaciones graduadas que se ha establecido en la sociedad donde unos (varones o mujeres) explotan y subordinan a otros (varones o mujeres) desde una mentalidad patriarcal, blanca, eurocéntrica, heterosexual, etc., introyectada en la sociedad en general. Ver: Cristología feminista crítica. Jesús, Hijo de Miriam, profeta de Sabiduría, Madrid: Trotta, 2000, 32.

Nos referiremos, en primer lugar, a algunos datos sobre la realidad de las mujeres solo a manera de ejemplo y sensibilización, tomados tanto de documentos del magisterio como de estadísticas sociales. En segundo lugar, presentaremos algunos de los documentos magisteriales que han intentado responder a la realidad de la mujer. En tercer lugar, nos referiremos a la mujer en los orígenes cristianos para fundamentar que lo que se desea no es una moda de estos tiempos sino una praxis ya vivida en las comunidades cristianas y de la que nos alejamos -por muchas causas- pero que ha de ser retomada y puesta en práctica. En cuarto lugar, veremos brevemente el desarrollo teológico feminista y su contribución con la realidad de las mujeres. Finalmente señalaremos algunos caminos que exigen nuestra reflexión buscando con ello empujar la transformación tan necesaria para dar testimonio de una iglesia incluyente donde la humanidad entera -varones y mujeres- vivan la igualdad fundamental y despliegan los talentos propios que el Señor ha confiado a cada uno, todos ellos al servicio del pueblo de Dios.

1. Realidad de la mujer: una conocida historia por la que no se acaba de hacer suficiente

Es necesario comenzar haciendo una salvedad. Me referiré a las conferencias latinoamericanas3 para mencionar los pronunciamientos del magisterio sobre la mujer, consciente de que la realidad de Estados Unidos tiene, por una parte, la situación de las mujeres inmigrantes que podría decirse es muy similar a la de las mujeres latinas pero también tiene la realidad de la mujer norteamericana que no sufre las consecuencias de la pobreza pero, en algunas ocasiones, si comparte la violencia contra la mujer que parece es una suerte común de las mujeres de todas las clases sociales y de todos los países del mundo. Además, cabe anotar, que muchas de las reivindicaciones sociales han venido de los feminismos norteamericanos y muchos de los avances teológicos también se le deben a teólogas de este país, como se verá en las referencias explícitas que se hará a algunas de ellas.

Las Conferencias episcopales latinoamericanas y caribeñas, deudoras del método ver-juzgar-actuar, han retomado la situación vivida por las mujeres, describiéndola en muchos aspectos y alertando sobre la urgencia de cambiar dicha situación. Es así, como por ejemplo la conferencia de Puebla, celebrada hace 40 años, señala aspectos sobre la mujer que solo han mejorado levemente. En el documento se reconoce la marginación de la mujer y apunta como causas la prepotencia del varón, los salarios desiguales, la educación deficiente. Afirma que la mujer es doblemente oprimida y marginada por su condición socioeconómica y su ser mujer (1135, nota 2)4. La sociedad convierte a las mujeres en “objeto de consumo” (834), no ofrece suficientes leyes laborales para proteger el trabajo femenino (837), sin contar que son ellas las que cargan con una doble jornada laboral porque se ocupan también de las tareas domésticas, siendo víctimas del abandono del varón (837). Sobre las empleadas domésticas reconoce la situación lamentable en que trabajan: maltrato y explotación por parte de los patronos (838). A nivel eclesial denuncia “la insuficiente valorización de la mujer y su escasa participación a nivel de las iniciativas pastorales” (839).

Por su parte la conferencia de Aparecida (2007), señala la urgencia de tomar conciencia “de la situación precaria que afecta la dignidad de muchas mujeres. Algunas, desde niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples formas de violencia dentro y fuera de casa: tráfico, violación, servidumbre y acoso sexual; desigualdades en la esfera del trabajo, de la política, de la economía; explotación publicitaria por parte de muchos medios de comunicación social que las tratan como objeto de lucro” (48.454). Denuncia el machismo de las sociedades latinoamericanas (453) y sigue remarcando la doble opresión y marginación que sufren las mujeres por ser pobres, indígenas y afrodescendientes (454).

3 En la Exhortación Apostólica Postsinonal Ecclesia in America (n. 45) -documento que implica a toda América- (Juan Pablo II, 1999), cuando se habla de la realidad de la mujer se refiere a la Carta Apostólica Mulieris dignitatem (1988) y Carta a las Mujeres (1995) en las que prácticamente se describe la situación de la mujer señalando los mismos elementos de los que tratan las Conferencias Latinoamericanas y caribeñas. 4 En la Evangelii Gaudium el Papa Francisco también se refiere a esta condición de las mujeres como doblemente pobres (n.212)

Esta denuncia de la violencia que sufren las mujeres es tal vez una de las realidades más fuertes que hoy impulsan a trabajar por la liberación de la mujer y por el cambio de su situación. Se ha develado con toda la crudeza que esto conlleva que las mujeres son víctimas de la violencia por razón de género, es decir, por su “condición de mujer”. La sociedad patriarcal ha introyectado en el imaginario social que la mujer puede ser objeto de violencia y, más aún, de violación sexual. Incluso a las mujeres se les acusa de tener la culpa bien sea por su forma de vestir, de caminar o simplemente porque son las seductoras que provocan a los varones. Las cifras son aterradoras. En México, por ejemplo, en el primer semestre del año se registraron 11.691 casos de abuso sexual, 6.594 casos de violación equiparada, 1530 de violaciones simples, 1978 casos de acoso sexual, 745 casos hostigamiento sexual, 17 casos de incesto y 470 víctimas de feminicidio5. Estas cifras corresponden a las denuncias realizadas, pero no se puede olvidar que frente al tema de la violencia física y sexual existe la cultura del silencio porque no solo desprestigia al varón sino sobre todo a la mujer quien, como ya dijimos, parece ser la culpable del comportamiento que ha despertado en el agresor.

Felizmente a nivel jurídico se ha creado el delito de “feminicidio6 (o femicidio)” que conlleva el aumento de penas a los que matan a las mujeres porque se devela la deliberada agresión a la mujer por el hecho de ser mujer. Ahora bien, no es México el único país con cifras alarmantes de violencia. En el primer semestre del año se pueden señalar las siguientes cifras en otros países de la región sobre crímenes de feminicidio: Guatemala, 243; Honduras, 60; El Salvador, 120; Nicaragua, 44; Costa Rica, 8; Panamá, 12; Argentina, 195; Bolivia, 81; Brasil, 126; Chile, 44; Colombia, 41; Ecuador, 82; Paraguay, 19; Perú, 105; Uruguay, 14; Venezuela, con la situación allí vivida, no hay cifras exactas pero hasta febrero ya se registraban 8 feminicidios. Aunque la realidad es tan diferente en otras partes del mundo, se tienen como datos unos 1.809 feminicidios en los Estados Unidos en 2016. La mayoría eran mujeres latinas7.

En Colombia, país afectado por el conflicto armado, ha quedado en evidencia la violación sexual como “arma de guerra”, utilizada por todos los grupos armados, incluido el ejercito colombiano. Y, una vez más, la culpa está introyectada en las mujeres por lo que les pasó y sufren consecuencias nefastas: ser rechazadas en el propio seno de su familia, especialmente por su marido o compañero. De ahí, la dificultad para denunciar este tipo de crímenes atroces8.

2. La respuesta eclesial a la realidad de las mujeres

Tenemos que partir de una realidad fundamental: la iglesia está inmersa en el contexto social patriarcal y por eso es imposible que no tenga estructuras patriarcales. Por eso ella, como todas las demás instancias, necesita una conversión profunda a estas realidades que, por nuevas, nos sorprenden, por exigentes, nos incomodan, por difíciles, queremos dejar de lado. Traer a la memoria la manera como la iglesia ha ido respondiendo a lo largo del tiempo, impulsa para acelerar el paso y dar mejores respuestas.

El modernismo trajo grandes y profundos cambios que, en primera instancia, fueron condenados por la Iglesia. Pero con la llegada del S. XX, la iglesia fue tomando otra actitud y, entre las diversas realidades sobre las que se pronuncia, también está el tema de la mujer.

5 Estas son las cifras de la violencia contra la mujer en México, https://www.youtube.com/watch?v=f_w-ieKloNc (Consultado 09-09-2019) 6 El término “femicide” fue acuñado en Inglaterra por Mary Orlock al comienzo de la década del 70, y fue utilizado por primera vez en forma pública por Diana Russell en un testimonio ante el Tribunal Internacional de Crímenes contra las Mujeres, celebrado en Bélgica en 1976. http://www.eladanbuenosayres.com.ar/origen-de-la-palabra-femicidio/ (Consultado 09-09-2019). En América Latina se le atribuye a la antropóloga y feminista Marcela Lagarde. Según ella, el Feminicio “comprende el conjunto de delitos de lesa humanidad que reúnen crímenes, secuestros, desapariciones de mujeres y niñas ante un colapso institucional. Se da una fractura en el Estado de derecho que favorece una impunidad ante estos delitos”. https://www.uv.es/uvweb/universidad/es/listado-noticias/antropologa-feminista-mexicana-marcela-lagarde-artifice-del-termino-feminicidio-visita-universitat-1285846070123/Noticia.html?id=1285906647520 (Consultado 09-09-2019) 7 Aumenta la cifra de feminicidios en Estados Unidos. (10.09.2019). https://www.telemundo47.com/noticias/destacados/Aumenta-la-cifra-de-feminicidios-en-Estados-Unidos-506192211.html (consultado 10-09-2019). 8 Existe una amplia bibliografía sobre esta realidad. Entre ella: “La guerra inscrita en el cuerpo”. Centro Nacional de la Memoria histórica. http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/descargas/informes-accesibles/guerra-inscrita-en-el-cuerpo_accesible.pdf

León XIII (1878-1903), en la Encíclica Arcanum Divinae Sapientiae (1880), refiriéndose al matrimonio cristiano, comenta Efesios 5, 21-33: “definidos los deberes, y señalados todos los derechos de cada uno de los cónyuges. Es, a saber, que se hallen éstos siempre persuadidos del grande amor, fidelidad constante y solícitos y continuos cuidados que se deben mutuamente. El marido es el jefe de la familia, y cabeza de la mujer, la cual, sin embargo, por ser carne de la carne y hueso de los huesos de aquél, se sujete y obedezca al marido, no a manera de esclava, sino como compañera; de suerte que su obediencia sea digna al par, que honrosa” (n.5). Se nota por supuesto, el esfuerzo de velar por la mujer al remarcar su papel de “compañera” pero no puede hacerlo sino en las comprensiones del momento sobre el varón y el matrimonio.

Los cambios siguen sucediéndose y en la Encíclica Rerum Novarum (1891), León XIII hondamente interesado por la cuestión social, reacciona negativamente sobre la posibilidad del trabajo extra doméstico de la mujer: “Hay ciertos trabajos que no están bien a la mujer, nacida para las atenciones domésticas, las cuales atenciones son una grande salvaguarda del decoro propio de la mujer, y se ordenan naturalmente a la educación de la mujer y prosperidad de la familia” (n. 24). Por supuesto, su pronunciamiento pretende defender a la mujer, pero desde los roles asignados a ella en la cultura, dentro de los límites del hogar.

Benedicto XV (1914-1921) en 1917 describe de la siguiente manera la emancipación femenina: “Desde hace bastante tiempo, pero sobre todo después de la revolución francesa, se trabaja asiduamente para que la influencia benéfica de la Iglesia, confinada a un campo cada vez más reducido, finalmente no se pudiera ejercer de modo alguno en la sociedad humana, y antes que nada se hizo todo lo posible para que la mujer fuera alejada de la solicitud y vigilancia maternas de la Iglesia”9.

Pío XI (1921-1939) en la Encíclica Casti Connubii (1930) dedicada a la cuestión matrimonial, desarrolla la imagen de la mujer, sumisa a su marido, a partir de Efesios 5, 22-23. Señala la primacía del varón sobre la mujer y la obediencia que está debe tributarle. Eso sí, dejando claro que tal obediencia “no niega ni quita la libertad que en pleno derecho compete a la mujer, así por su dignidad de persona humana como por sus nobilísimas funciones de esposa, madre y compañera, ni la obliga a dar satisfacción a cualquiera de los gustos del marido (…) pues si el varón es la cabeza, la mujer es el corazón, y como aquél tiene el principado del gobierno, ésta puede y debe reclamar para sí, como cosa que le pertenece, el principado del amor” (n. 2e). Y en aras de defender el matrimonio, defiende la obediencia que ha de tener la mujer a su marido, y considera que su emancipación es una “falsa libertad y antinatural igualdad” que se torna en daño de la misma mujer conduciéndola a la servidumbre (n. 6).

Pío XII (1939-1958) constata que la realidad de la mujer está en rápida transformación porque sale del retiro de la casa y empieza a ejercer profesiones que antes estaban reservadas a los varones10. Además, frente al peligro del comunismo, invita a las mujeres a ejercer el voto para defender la familia11. Como podemos constatar, el magisterio pontificio va acompañando los cambios sociales, pero con la actitud de aquellas décadas: recelo frente a lo nuevo y preservando los esquemas de esos tiempos.

9 Extracto de Carta a la superiora de las Ursulinas. Citado por María Teresa Porcile, La mujer espacio de salvación, Montevideo: Ed. Trilce, 1993, 36. 10 Pío XII, Discursos, Radiomensajes II, Madrid, 1953, 41. 11 Pío XII, Discursos, Radiomensajes VII, Roma, 1955, 235.

Un cambio de mentalidad más significativo se alcanza en el pontificado de Juan XXIII (1958-1963). En su Encíclica Pacem in Terris (1963) se reconoce oficialmente la promoción de la mujer: “En segundo lugar, viene un hecho de todos conocido: el ingreso de la mujer en la vida pública, más aceleradamente acaso en los pueblos que profesan la fe cristiana; más lentamente, pero siempre en gran escala en países de tradiciones y culturas distintas. En la mujer se hace cada vez más clara y operante la conciencia de su propia dignidad. Sabe ella que no puede consentir el ser considerada y tratada como cosa inanimada o como instrumento; exige ser considerada como persona; en paridad de derechos y obligaciones con el hombre, así en el ámbito de la vida doméstica como en el de la vida pública, como corresponde a las personas humanas” (n.41).

Con Vaticano II el tema de la participación de la mujer entra a todos los niveles. En Gaudium et Spes 29 se rechaza toda discriminación por razón de sexo, raza o color. En GS 49 se afirma el reconocimiento de la misma dignidad personal tanto para el hombre como para la mujer. En GS 60 se estimula a la mujer para la participación en la vida cultural. El Decreto sobre el Apostolado de los Laicos (Apostolicam Actuositatem n.9) se refiere a la importancia de la participación de las mujeres en el apostolado de la Iglesia.

En la Christifidelis Laici (1989) se muestran grandes avances al considerar y requerir el aporte de las mujeres en las consultas y elaboración de las decisiones. Respecto a la evangelización se dice que la mujer no sólo contribuya desde la catequesis y en el hogar, sino también por medio del estudio, la investigación y la docencia teológica (n. 51).

Juan Pablo II publicó dos documentos sobre la mujer: La Carta Apostólica Mulieris Dignitatem (1988) y La Carta Encíclica Carta a las mujeres (1995). En estos documentos se reconoce la liberación de la mujer como un signo de los tiempos al que es necesario responder. Más aún, frente al avance de la mujer en la sociedad civil donde está mostrando su capacidad de acceder a todos los campos, continúa siendo un desafío permanente ganar espacios de participación y responsabilidad en la comunidad eclesial.

En Aparecida las líneas pastorales sobre la realidad de la mujer son significativas porque se pide promover el protagonismo de las mujeres garantizando su efectiva presencia en los ministerios que en la iglesia son confiados a los laicos como también en las instancias de planificación y decisiones pastorales. Además, pide acompañar a las asociaciones femeninas que luchan por superar las situaciones de vulnerabilidad o exclusión y seguir trabajando con las autoridades responsables de las legislaciones que favorezcan a las mujeres en la vida laboral para poder compaginar trabajo y familia (n. 458).

El Papa Francisco, como ya lo dijimos, ha reconocido la posición subordinada de la mujer y no deja de invocar que se necesita darle mayor protagonismo y participación, aunque en algunos temas, no ha podido dar más avances como, por ejemplo, la posibilidad del diaconado para las mujeres12. Una noticia positiva fue el nombramiento de cuatro mujeres como consultoras de la secretaria general del Sínodo de Obispos (24 de Mayo de 2019).

Este ítem ameritaría recoger muchos otros pronunciamientos sobre la mujer de tantos documentos eclesiales. Pero el objetivo no es abarcar la cantidad sino el acompañamiento efectivo que la iglesia ha hecho de la nueva realidad que vive la mujer. La iglesia sabe que no puede estar ausente de estos cambios sociales y por eso se pronuncia en su defensa y a favor de todo aquello que pueda promoverla. Sin embargo, el cambio de estructuras no es nada fácil. Es más fácil que surjan resistencias y retrocesos. Este es el desafío pendiente.

12 El Papa en el vuelo de regreso de su viaje a Macedonia, respondió a la pregunta sobre la comisión para estudiar el diaconado femenino: “No hay certeza de que fuese una ordenación con la misma forma y la misma finalidad de la ordenación masculina. Algunos dicen que hay duda. Sigamos adelante a estudiar. No tengo miedo al estudio, pero hasta este momento no va (7 de Mayo de 2019).

3. La realidad de las mujeres no siempre ha sido así: la mujer en los orígenes del cristianismo13

Lo que más puede animarnos para continuar trabajando por la mujer en los ámbitos de la comunidad eclesial es que no siempre su situación ha sido como hoy la percibimos. Precisamente, es el cristianismo de los orígenes el que abre una nueva manera de ver y actuar frente a la mujer, experiencia que acompañó los tres primeros siglos del cristianismo y que hoy se nos exige volver a mirar las fuentes para recuperar el camino emprendido en ese entonces.

No hay duda al afirmar que el movimiento de Jesús, sociológicamente se puede reconocer como un movimiento de renovación, cuestionador de las instituciones fundamentales del judaísmo, tales como el templo, la ley y las exclusiones en nombre de Dios. Constituyó un movimiento inclusivo donde los pobres, los enfermos, los niños, los pecadores y, por supuesto, las mujeres, tuvieron cabida y protagonismo.

Jesús valoró a la mujer y la incluyó en su grupo. Estableció una nueva manera de relación que el apóstol Pablo supo definir de manera sintética pero muy contracultural en su carta a los gálatas (3,28): “Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús”.

Algunos de los pronunciamientos de Jesús son claramente en defensa de la mujer. Nos referimos al divorcio: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla” (Mc 10,11; Mt 5,32; 19,9; Lc 16,18) o la respuesta que les da a los saduceos sobre a quien pertenecerá la mujer después de la resurrección en el caso de la ley del levirato: “Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido” (Mc 12, 18-27). Estas lecturas hay que leerlas en el contexto del papel que jugaban las mujeres en el pueblo judío para entender su significado más profundo. Eran posesión del varón y por eso no contaban a la hora de hacer valer derechos. Jesús introduce una novedad al proponer unas relaciones personales y recíprocas entre varón y mujer, que nacen de que son iguales como personas y ante Dios.

Con la consciencia que hoy tenemos del sistema patriarcal vigente, podemos leer la praxis de Jesús como una liberación del sistema patriarcal y una promoción de relaciones igualitarias. Todos en la comunidad de Jesús están llamados a vivir la hermandad donde los padres (patriarcas) no tienen cabida: “Yo os aseguro que nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno, ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones, y en el mundo venidero, vida eterna” (Mc 10, 29-30). La hermandad es posible porque solo hay un padre que es Dios mismo y nadie más se puede arrogar este papel. Por eso es una crítica muy fuerte a la sociedad patriarcal donde el papel de padre, señor, emperador, amo, patrón, es ejercido, especialmente por los varones, suplantando el lugar que solo corresponde a Dios mismo.

Efectivamente, el mensaje del reino se basa en estas relaciones igualitarias donde todos están al servicio de los demás. “el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos, que también el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 42-45; Mt 20, 26-27; Mc 9, 35-37; Lc 9, 48).

Pero lo más diciente de la praxis de Jesús es haber incluido a mujeres en su grupo de seguidores. Los evangelios mencionan a mujeres, entre ellas, a María Magdalena, que bien sabemos fue la primera testiga de la resurrección del Señor (Jn 20, 11-18) y hoy declarada Apóstola de los Apóstoles: “Precisamente porque fue testigo ocular de Cristo resucitado fue también, por otra parte, la primera en dar testimonio delante de los apóstoles. (…) De este modo se convierte, como ya se ha señalado, en evangelista, es decir, en mensajera que anuncia la buena nueva de la resurrección del Señor; o como decían Rabano Mauro y Santo Tomás de Aquino, en “apóstola de los apóstoles”, porque anunció a los apóstoles aquello que, a su vez, ellos anunciarán a todo el mundo. (…) Por lo tanto (…) es justo que la celebración litúrgica de esta mujer tenga el mismo grado de festividad que se da a la celebración de los apóstoles en el calendario romano general y que se resalte la misión especial de una mujer, que es ejemplo y modelo para todas las mujeres de la Iglesia” 14.

13 En este apartado seguimos fundamentalmente a Bernabé, Carmen, La mujer en la Iglesia. Documento de internet sin identifica

Las mujeres del evangelio son verdaderas discípulas de Jesús porque al referirse a ellas se utilizan los verbos propios del discipulado: seguir y servir (akolouthein, diakonein). Ellas han seguido a Jesús desde el principio, desde Galilea: “Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén” (Mc 15, 40-41). La fuente lucana lo confirma también: “Y sucedió a continuación que iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la buena nueva del reino de Dios; le acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susan y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc 8, 1-3). Estas mujeres que siguen a Jesús, no lo abandonan cuando está en la cruz -como si lo hicieron los varones-, fueron testigas de su sepultura (Mc 15,47), son las primeras en descubrir el sepulcro vacío y en recibir el anuncio pascual (Mc 16, 1-8). No hay duda -aunque el lenguaje masculino no lo visibilice- que ellas también estuvieron reunidas con el resucitado cuando él les confía la misión y les entrega el Espíritu a los discípulos (Lc 24, 36ss; Hc 1, 14; 2, 1-21; Jn 20, 19-22).

Todos estos testimonios nos muestran el discipulado inclusivo de Jesús y la participación de las mujeres en los orígenes cristianos. Es verdad que muy pronto la mentalidad patriarcal de la sociedad influyó en la redacción de los mismos evangelios y en la primera comunidad cristiana. Pero la realidad de la inclusión inicial de las mujeres en la comunidad es tan evidente, que los testimonios referidos muestran ese comportamiento tan inusual, capaz de traspasar los cánones establecidos y quedar consignado en los primeros testimonios cristianos.

Las cartas paulinas son un buen ejemplo de la participación de las mujeres en la tarea evangelizadora y de los cargos que ocuparon en la comunidad eclesial. Está “Ninfa de Laodicea y la iglesia de su casa” (Col 4, 15); Apia que junto con Filemón y Arquipo dirige la iglesia de Colosas (Flm 1,2); Febe a quien llama diacona de la iglesia de Cencreas (Rom 16,1) (la palabra diacono es la misma que utiliza para referirse a los varones que ejercen ese servicio y no a la función que tiempo después ejercían las diaconisas -subordinadas a los diáconos- de atención a los enfermos y de ayudar a las mujeres a desvestirse en el bautismo); María, Trifena, Trifosa y Pérside dice que ‘han trabajado mucho en el Señor’, utilizando el mismo verbo griego kopiao que usa para definir el trabajo pastoral de sus colaboradores (Rom 16, 6-12).

Además, Pablo menciona muchos matrimonios misioneros que colaboran con él o ya están en misión cuando él llega. Tenemos a Prisca y Aquila, constructores de tiendas como él y que aparecen en Roma, Efeso y Corinto donde fundaron varias iglesias, además de instruir a Apolo. Los nombra siete veces y en cuatro de ellas, Prisca va en primer lugar lo que muestra la importancia que tiene (1 Cor 16,19; Rom 16, 3-5; 2 Tim 4, 19; Hc 18, 1-3.18-26). Filólogo y Julia, Nereo y su hermana, (probablemente matrimonio) a Olimpas y a todos los hermanos que están con ellos” (Rom 16, 15). Cefas y otros misionaban acompañados de sus esposas (1 Cor 9, 5). Andrónico y a Junias, quien comparte con su esposo el título de “apóstol” (tradicionalmente se había leído este nombre como masculino pero la exégesis actual ha dejado abierta la posibilidad de que se trate de una mujer) (Rom 16,7). El libro de Hechos también nos transmite que “un buen número de mujeres prominentes” se unieron a Pablo y Silas (Hc 17,4) y la conversión de Lidia y toda su casa en Filipos (Hc 16,11-15).

14 10.06.2016, María Magdalena, apóstola de los apóstoles, https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2016/06/10/apostol.html (consultado 09-09-2019).

La pregunta que nos surge es porqué teniendo tantos testimonios de mujeres protagonistas en los orígenes de la comunidad cristiana, se pasó posteriormente a su invisibilización. La respuesta es de tipo sociológico y cultural. En la medida que la religión se expande, Pablo siente la necesidad de velar por este crecimiento y por eso se acomoda de alguna manera a las normas sociales. Si en Galatas 3,28 había afirmado la igualdad entre varón y mujer, en otros textos (1 Cor 7; 12, 13; Col 3, 9-11) lo evita para no despertar rechazo social (cabe advertir que otros exégetas consideran que el orden cronológico es inverso, primero fue Corintios y Colosenses y luego Gálatas). Otro ejemplo son las críticas frente al culto cuando las cristianas oran y profetizan con el pelo suelto (1 Cor 11,5). Esto comienza a escandalizar a algunos y por eso Pablo no prohíbe que oren o profeticen (1 Cor 14,23), sino que lo hagan con el pelo descubierto (1 Cor 11, 6). El texto de 1 Cor 14, 33b-35 es una interpolación posterior que va en contradicción de todo lo que Pablo ha afirmado de la igualdad fundamental entre varón y mujer en la comunidad cristiana. Lamentablemente esta tradición más patriarcal se va afirmando en la tradición postpaulina y la tradición deuteropaulina. La primera es la procedente del círculo de sus discípulos y son las cartas de Colosenses, Efesios y 1 Pedro en las que se encuentran los “códigos domésticos” donde se propone la sumisión de las mujeres al Pater familia (Col 3, 18-4, 1; Ef 5, 21-6,9; 1 P 2, 18-3,7) para no subvertir el Estado y evitar las críticas.

La tradición deuteropaulina se refiere a los escritos que reclaman la autoridad de Pablo, pero reflejan una situación eclesial muy posterior donde hay una institucionalización y patriarcalización muy avanzada. Son las cartas pastorales (1 y 2 Tim y Tit) en las que ya el orden patriarcal es el modelo de organización de las iglesias donde las mujeres llevan la peor parte: “La mujer escuche la instrucción en silencio, con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe, ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio” (1 Tim 2, 11-12). En Tit 2, 3-5 se dice que las ancianas deben enseñar a las jóvenes a amar a sus maridos y ser sumisas y en 1 Tim 2,15 que la mujer se salvará por su condición de madre. Sin embargo, en las mismas cartas se ve cierta resistencia a esta enseñanza en la figura de las “viudas” (1 Tim 5, 2-16). Lo mismo se ve en los escritos extra canónicos que muestran que las mujeres desean permanecer célibes para preservarse del dominio del marido (Hechos de Pablo y Tecla y Hechos de Felipe) aunque pronto esos grupos fueron controlados por los varones. En textos apócrifos como el evangelio de Tomás, de Felipe, Pistis Sofia o Evangelio de María (S. II-IV) se percibe la confrontación entre los grupos por diversos temas, entre ellos, el del papel de la mujer15.

4. El trabajo teológico a favor de las mujeres

La lectura bíblica que hicimos en el numeral anterior ha sido posible por el desarrollo de la hermenéutica feminista. No hay que olvidar que la hermenéutica o interpretación es una tarea compleja que implica al intérprete y que se hace a partir de las preguntas del contexto y en las últimas décadas ha generado el desarrollo de las llamadas teologías contextuales o nuevos paradigmas teológicos, permitiendo abordar temas como el de la mujer, pero también el de los indígenas, los afroamerindios, la ecología, el diálogo intercultural e interreligioso, el ecumenismo, etc.16

15 Para un mayor conocimiento de la participación de la mujer en los orígenes de la Iglesia véase: Bautista, Esperanza, La mujer en la Iglesia primitiva, Navarra: Verbo Divino, 1993. Estévez, Elisa, “Iglesia” en: Navarro, Mercedes (Ed.), Diez mujeres escriben Teología, Navarra: Verbo Divino, 1993, 167-198. 16 Para una profundización en los nuevos paradigmas teológicos ver: Tamayo-Acosta, Juan José. Nuevo paradigma teológico, Madrid: Trotta, 2003.

Para el tema que nos ocupa hemos de señalar el desarrollo teológico sobre la mujer que en América Latina17 ha tenido varios momentos que, aunque han respondido a un desarrollo cronológico, conviven en la actualidad y siguen aportando para el empoderamiento de la mujer en la sociedad y en la iglesia18.

Un primer paso fue la toma de conciencia de las mujeres de su ser actoras/sujetas de la teología. Hasta entonces no se había incorporado la visión de las mujeres en la teología (ni siquiera en la Teología de la Liberación). El punto de partida del trabajo teológico de las mujeres fue su experiencia de opresión y su experiencia de fe. Se consideró que la maternidad no era el único aspecto para valorar a la mujer, por el contrario, ella es también “mediadora del Espíritu”. Se denunció el mundo patriarcal que limita a las mujeres al ámbito privado exaltando las cualidades atribuidas a la mujer tales como la sensibilidad, imaginación, intuición, mientras los varones están destinados para el ámbito público donde aparecen como seres racionales, objetivos, forjadores del futuro.

En la década de los 80 se fueron delineando las características del quehacer teológico femenino: Es una teología que se realiza de forma comunitaria y relacional; alegre, celebrativa y marcada por el buen humor; integradora de las distintas dimensiones humanas: fuerza y ternura, alegría y llanto, intuición y razón; militante porque participa en el conjunto de los procesos liberadores; reconstructora de la historia de las mujeres, tanto en los textos bíblicos como en la historia de nuestros pueblos.

Hasta entonces se hablaba de teología femenina o teología hecha por mujeres. Pero se fue entendiendo que la opresión de género revelaba que no solo lo sociopolítico oprimía a las mujeres sino también lo cultural. Así comienza a introducirse le perspectiva de género y el término feminista en la década de los 90s. No fue fácil asumir este término porque se daba una mutua desconfianza entre las feministas y las teólogas. Pero pese a las connotaciones negativas que podía tener esta palabra al estar relacionada con el feminismo del primer mundo (que tenía otras preocupaciones) y con el recelo que suscita al interior de las iglesias, expresaba la ruptura que se quería establecer con el orden vigente y proponía una nueva forma de ser y de vivir la realidad. Así mismo, se incorporó la categoría género porque permite develar las relaciones de poder que se han establecido entre los géneros que llevan a subordinar lo femenino a lo masculino e invita a construir nuevas relaciones de género para favorecer un nuevo orden mundial.

La teología feminista latinoamericana ha asumido lo intercultural y lo interreligioso y la preocupación ecológica en la vertiente llamada, ecofeminismo19. También la violencia contra las mujeres ha sido un tema que ha ido cogiendo cada vez más fuerza porque se constata que la sufren en todos los ámbitos y por diversas razones: familiar, eclesial, racial, sexual, económico, cultural e intelectual. Todas estas violencias reflejan la violencia estructural que sufren las mujeres y que no puede ser tolerada. La preocupación por la corporeidad y el uso del lenguaje femenino constituye otro de los empeños de la teología feminista. Es necesario desestigmatizar el cuerpo femenino de su relación con el pecado. En definitiva, hay grandes desarrollos teológicos sobre la realidad de las mujeres y hoy en día se puede hablar con toda propiedad de una teología feminista desarrollada y con muchos caminos de investigación por transitar.

5. Perspectivas de cambio y exigencias de transformación eclesial

17 De la misma manera que advertimos al inicio sobre las diferencias de la realidad de las mujeres entre Norteamérica y Suramérica, podríamos decirlo del desarrollo de la teología feminista en ambos contextos. Por supuesto, Estados Unidos cuenta con una tradición anterior y más desarrollada de teología feminista. Sus aportes han impulsado la teología feminista latinoamericana. Pero, al mismo tiempo, esta última ha mantenido sus especificidades contextuales y muchas teólogas norteamericanas han asumido la causa de las mujeres pobres latinoamericanas y su teología está atravesada por esa realidad. 18 Seguimos fundamentalmente los aportes de Tepedino, Ana María y Aquino, María Pilar (Ed.), Entre la indignación y la esperanza, Bogotá: Indo American Press, 1998, 15-40. 19 Gebara, Ivone, “Construyendo nuestras teologías feministas” en Tópicos 90, n.6 (1993): 71-124.

Hemos visto como a nivel bíblico y a nivel teológico hay grandes desarrollos en lo que respecta a la realidad de las mujeres. Por su parte el magisterio también tiene pronunciamientos a favor del protagonismo de las mujeres. Pero ¿qué falta para que todo esto se haga realidad en la iglesia? ¿qué sea posible en todas sus estructuras? ¿cómo acabar con el sexismo, patriarcalismo y clericalismo presente en tantos ámbitos eclesiales?

Es urgente quitarse la visión negativa sobre los avances que la mujer ha dado en los últimos siglos. No son ni “falsos”, ni “antinaturales”, sino una exigencia ética y cristiana para afirmar la dignidad de las mujeres y darles los derechos que le corresponden. Además, constituyen un paso irreversible. La iglesia ha de acompañar este momento y potenciarlo. Se requiere también “desestigmatizar” los conceptos de “feminismo” y “genero”. El primero, es un movimiento social gracias al cual las mujeres han adquirido derechos ciudadanos, sociales y culturales que le pertenecen. El segundo, es una categoría de análisis que ha develado la patriarcalización de los roles y el puesto subordinado que los roles asignados a las mujeres mantienen. En los dos casos se pueden dar exageraciones y propuestas contrarias a la moral cristiana. Pero el discernir y quedarse con lo bueno, ha de ser una actitud propia de los seguidores de Jesús que acompañan el caminar histórico y trabajan por hacer posible el reino de justicia e igualdad. No podemos olvidar pronunciamientos de varones ilustres en la iglesia en que las naturalizaciones de los roles de género llevó a tener una actitud negativa hacia las mujeres. Como ejemplo señalemos estos dos: Santo Tomás afirmaba: “La mujer está naturalmente sujeta al hombre, porque en el hombre predomina el discernimiento de la razón”20. Para Jerónimo, “mientras la mujer se dedica al parto y a los hijos se diferencia del varón como el cuerpo del alma. Pero si decide servir a Cristo más que al mundo, entonces dejará de ser una mujer y será llamada varón”21.

La iglesia ha acuñado el término “genio femenino”22 para referirse al aporte que la mujer ha de dar a la iglesia. Reconoce que la manera de ser de las mujeres y su estar en el mundo (su capacidad de relación con los demás, su intuición, ternura, servicio, cuidado, etc.) ha de estar presente en la iglesia y de no estarlo, esta queda incompleta. Sin duda, la mujer ha de aportar todo esto y la llamada teología femenina ha trabajado fuertemente por incluirlo y darle el valor que representa. Pero la mujer es mucho más que estas características y esto es lo que tiene que comprender la estructura eclesial. La mujer es capaz de liderazgo y decisión. De protagonismo y creación. Y esto no por una búsqueda de poder sino por su condición de ser humano, responsable del mundo y la historia que Dios le ha confiado a todo el género humano.

Por eso los espacios de participación en las instancias de decisión -que el mismo Papa Francisco y pronunciamientos magisteriales anteriores han señalado- son instancias en las que de no estar las mujeres quedan verdaderamente incompletas y no pueden responder a los desafíos de la humanidad, en la que la mitad de ella son mujeres. Por supuesto, el acceso al sacerdocio ministerial está negado a las mujeres. Pero la pregunta es, si los puestos de responsabilidad han de estar exclusivamente ligados a este ministerio o puede replantearse tanto el ministerio -enfocarlo hacia el servicio, su verdadera esencia-, y confiar también al laicado los espacios de decisión que en estricto orden le corresponde si la iglesia es el Pueblo de Dios, con distintos carismas y ministerios, todos al servicio de la comunidad.

20 Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, q.92, a.1., Citado por Johnson, Elizabeth. Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos. Barcelona: Herder, 2005, 71. 21 Jerónimo, Comn. In epist. Ad Ephes 3,5., Citado por Johnson, Verdadera hermana nuestra, 71 22 Evangelii Gaudium 103 se refiere al genio femenino: “La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones. Por ejemplo, la especial atención femenina hacia los otros, que se expresa de un modo particular, aunque no exclusivo, en la maternidad. Reconozco con gusto cómo muchas mujeres comparten responsabilidades pastorales junto con los sacerdotes, contribuyen al acompañamiento de personas, de familias o de grupos y brindan nuevos aportes a la reflexión teológica. Pero todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque ‘el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral’ y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales”.

Con relación a la identificación de las mujeres con la Virgen María -es una práctica acostumbrada cuando la mujer pide más participación: “María es más importante que los obispos” (EG 104)- hay que anotar que María es modelo de discipulado para todos en la iglesia y no solamente para las mujeres. Dicha afirmación puede convertirse en una forma más sutil de decirle a las mujeres que no pidan más espacios de participación y no hay razón para ello.

Tampoco las mujeres se sienten hoy identificadas solamente con su papel de madres y esto es necesario asumirlo como un signo de los tiempos. Esta realidad que parece desnaturalizar a las mujeres ha servido, por el contrario, para naturalizar a los hombres -si se pudiera llamar así- sobre su paternidad. Cada vez se hace más evidente que tanto el varón como la mujer viven la experiencia de engendrar una vida y se disponen a su servicio con la misma ternura, entrega y decisión que anteriormente solo se atribuía a las madres. Son tiempos nuevos de nuevos modelos de feminidad y masculinidad que más que despreciarlos o condenarlos de antemano, deben ser acogidos y potenciados en todo lo que traen de humanidad para la realidad actual.

Definitivamente, muchas mujeres hoy -las que han conseguido “descolonizar”23 su mente del patriarcado-, no pueden entender su ser mujer en el estrecho margen de las funciones biológicas (por importantes que sean) ni en el papel secundario de una colaboración callada y secundaria frente a la construcción del mundo. Exigen y necesitan una vivencia de su feminidad plena, bien entendida, sin las connotaciones patriarcales que se le han atribuido por siglos. A esto ha de responder la iglesia cuando pretende abrir espacios de participación.

En todo esto es necesaria una formación teológica que ayude a empoderar a las mujeres -y a los varones- en una iglesia incluyente -a imagen de la iglesia de los orígenes- para poder dar testimonio de la praxis de Jesús y de la liberación integral que trae el cristianismo.

Y no basta trabajar solo por la realidad intraeclesial sino también por la social. Seguir exigiendo la igualdad para la mujer en todos los estamentos de la sociedad es deber de justicia y esto permitirá descolonizar la mente patriarcal de tantas mujeres. Así tal vez ellas cambien la iglesia que, por lo menos hasta el momento, se empeña en no escuchar la voz de las mujeres reales y sigue anclada en la voz de la mujer ideal -simbolizada en María- que, en justicia, no se corresponde con la María de los evangelios.

23 Es común constatar que muchas veces las más machistas son las mujeres, manteniendo y defendiendo la cultura patriarcal actual. Esto solo se puede expl