Sixto García
CONTEXTO: BASADO EN LA NARRATIVA DEL NICAN MOPOHUA, DEL AUTOR NAHUATL ANTONIO DE VALERIANO (1531-1605)
Entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531, un catecúmeno azteca de 57 años, Juan Diego Cuauhtlatoatzin («el águila que habla»), recibió la manifestación de la Virgen María, su «niña», en las laderas del monte Tepeyac, en aquel entonces situado en las afueras de la Ciudad de México.
La historia es bien conocida: en octubre 9, sábado, María se le aparece a Juan Diego 2 veces, una por la mañana y una por la tarde.
La Virgen (la «Morenita») le pide a Juan Diego que hable con el obispo de México, Fray Juan de Zumárraga, O.F.M., y le comunique su expreso deseo de tener un santuario en la cima del monte. Juan Diego va a ver al prelado. Es recibido con duda y desprecio. El obispo no está convencido de la autenticidad del mensaje, o de la fiabilidad del mensajero -Zumárraga puede muy bien haber pensado que, o bien Juan Diego había consumido más bebidas alcohólicas de lo debido o que estaba sufriendo de alucinaciones–; al fin y al cabo, el obispo –con los prejuicios propios de su época y cultura- se habrá dicho a sí mismo, pertenece a una raza que, aún con el esfuerzo ingente de los misioneros, apenas, y con mucha dificultad y resistencia, está empezando a aceptar el Evangelio
Esa tarde, Juan Diego encuentra de nuevo a la «Niña», que le insiste en su pedido. Juan Diego, después de mucha dificultad, logra hablar con Juan de Zumárraga por segunda vez y de nuevo, Zumárraga, con la misma afabilidad, pero con igual escepticismo, le escucha y lo despide.
Al día siguiente, domingo, regresa la «Niña»; la misma cosa: Juan Diego está aterido de miedo de regresa a ver a Zumárraga; el obispo, seguramente movido por el deseo de deshacerse de este importuno y tenaz indígena, le pide una señal que verifica la autenticidad de su relato. No hay apariciones el lunes 11; ¿habrá desistido? –se podía haber preguntado Juan Diego.
Para complicar las cosas, Juan Bernardino, tío del vidente, estaba enfermo de suma gravedad. El martes 12, Juan Diego sale apresurado a buscar ayuda en la ciudad. Este no es el momento de conversar con mujeres jóvenes extrañas que me salen al paso en las faldas del Tepeyac, se habrá dicho; trata de rodear el monte por el camino del Este, para evitar el indeseado encuentro. Pero, ¡allí está la persistente niña, esperándolo! Juan Diego le comparte su angustia: su tío está enfermo, el obispo pide una señal que confirme la autenticidad de su relato . . . Juan Diego siente la angustia de una situación que lo oprime por todos lados. . .
¡Y aquí resuenan las palabras más poéticamente bellas, más místicamente convulsivas, más inconfundiblemente pascuales en la historia de las manifestaciones marianas!, traducidas del texto Nahuatl original (el «Nican Mopohua», en lengua Nahuatl, «aquí se narran»), escrito por Antonio Valeriano (1521-1605) y publicado en 1649; dice así:
«Oye y en entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni alguna otra enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás en el pliego de mi manto? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en el cruce de mis brazos? ¿Qué más has de temer?».
La Virgen le promete que su tío está ya curado –y así ocurrió. Luego le ordena que suba a la cima del cerro. Juan Diego obedece, y allí, con pasmo y asombro, encuentra rosas de Castilla, más temprano de lo debido, pues, dice el Nican Mopohua, «a la sazón encrudecía el hielo». ¡Ésta es la prueba que le llevará al obispo Zumárraga! Y, entonces, la Virgen le dice: -¡Tú eres mi embajador, digno de toda confianza!
¡El embajador de toda confianza! Uno de los más pequeños de los hijos de esa tierra conquistada, miembro de una raza despreciada por los ávidos buscadores del oro que le pertenecía a sus antepasados, protegidos inciertamente por el celo y el amor de algunos misioneros franciscanos, ¡ese es el embajador de María!
Juan Diego había sido tratado con desprecio en sus visitas anteriores a la residencia del obispo. Una última humillación le aguarda. Los sirvientes del obispo lo hacen esperar largo tiempo. Callado, Juan Diego espera su momento. Los sirvientes quieren saber qué es lo que guarda tan celosamente en su manto. Después de un forcejeo inicial, ven que son rosas. ¡Rosas, en esa época del año! – Van a avisar al obispo. Al desplegar Juan Diego su manto y caer las rosas, nos relata el Nican Mopohua, «se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyacac (sic), que se nombre Guadalupe».
¿QUÈ NOS DICE TODO ESTO A NOSOTROS, HOY?
«Dios mismo se hizo periferia» (Francisco, Gaudete et exsultate, 135)
1) ¡María de Nazaret, la hija de un pueblo sojuzgado, oprimido por el poderío del naciente imperio romano, le sale al encuentro al hijo de una cultura orgullosa, de grandes logros, pero igualmente subyugada, esclavizada, un pueblo que, a pesar de los afanes de algunos misioneros, todavía resistía la seductora invitación del Evangelio . . .!: ¡Guadalupe es un encuentro de periferias!
2) En las laderas del Tepeyac encontramos la exégesis más acabada de 1 Corintios 1: 27-28: «Dios ha escogido a los locos del mundo para humillar a los sabios. Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes. Dios ha elegido a los plebeyos y despreciables de este mundo, lo que no es, para reducir a la nada lo que es». Así resuena en Lucas: Jesús, lleno del Espíritu Santo, exclama «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla» (Lucas 10: 21-22).
3) María le dice a Juan Diego lo que ella oyó, allá en las encrucijadas de la Historia de la Salvación, del mensajero de Dios: «No temas, María». ¡No temas! ¡No dejes que se angustie tu corazón! ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¡No temas!: ¡la expresión más frecuentemente usada en las Escrituras, 366 veces!
4) Nadie más sencillo, nadie más humilde que Juan Diego. ¡Y nadie más sabio! En su corazón lleno del fuego del Señor, libre de toda auto-suficiencia y arrogancia que definía a la raza conquistadora, de todo prejuicio, el hijo de su tierra puede oír lo que otros no oyen, ¡que el amor pascual de Jesús, revelando, en el Espíritu Santo, la justicia y la compasión del Evangelio, ha abrazado preferencialmente a los pobres, hambrientos, despreciados y descartados de esta tierra!: María habla desde las periferias.
5) La gloria de Dios, en verdad -como dijo el mártir arzobispo de El Salvador, San Oscar Romero-, son los pobres plenamente vivos, y la exégesis más lograda de las palabras de Romero nos la otorga el jesuita Jon Sobrino: «Fuera de los pobres no hay salvación». Ellos gozan de forma privilegiada de la ternura de su mirada; ¡ellos son los embajadores de confianza de María!
6) María de Guadalupe, Patrona de México, Patrona de las Américas, ¡lleva a todos tus hijos, en especial a los más afligidos, oprimidos y despreciados, en el pliego de tu manto, en el cruce de tus brazos, siempre adentrándonos en las intimidades de tu corazón! ¡Tú eres, Señora Nuestra de Guadalupe, madre y maestra de periferias!
Dr. Sixto García
Doctor en Teología Sistemática y Nuevo Testamento. Al presente, es profesor jubilado de St. Vincent de Paul Regional Seminary, donde permanece como Senior Lecturer, y profesor de la Escuela Diocesana de Formación de la Diócesis de Palm Beach. Editor Emérito y asiduo colaborador de El Ignaciano, recibió el pasado junio el «Virgilio Elizondo Award» 2023.
