El Ignaciano / Marzo 2025
Pedro Arrupe: la justicia en acción
Sudzer Charélus, SJ
Introducción
El P. Arrupe fue, sin lugar a dudas, una de las figuras más carismáticas del siglo XX. Sus propios escritos y los testimonios de las personas que lo conocieron personalmente nos pintan un cuadro de hombre que vivía la exigencia de la fe cristiana con una gran radicalidad. Elegido 28º Superior General de la Compañía de Jesús en 1965, el P. Arrupe dirigió la orden de los jesuitas por 18 años. Su biógrafo, español, Pedro Miguel Lamet, lo describe como «un líder religioso con fama de santidad e importante influjo en la iglesia».¹ El 14 de noviembre del 2018, en una carta destinada a toda la Compañía de Jesús, el Padre General, Arturo Sosa, anunció oficialmente el inicio del proceso de beatificación del Padre Pedro Arrupe, presentándolo como un apasionado «hombre de Dios» y «hombre de iglesia» fuera de lo ordinario.² Al P. Arrupe le tocó tomar el timón de la Compañía de Jesús durante las convulsiones del Concilio Ecuménico Vaticano II; participó en la última sesión del concilio y fue una de las personalidades más importantes y conocidas del postconcilio. ³ El Padre Peter-Hans Kolvenbach lo calificó como «profeta de la renovación conciliar»⁴ porque supo captar el espíritu del concilio para transmitir a la Compañía, la iglesia y el mundo.
El P. Arrupe se destacó admirablemente en el ámbito de la justicia social. Tenía sus ojos abiertos sobre los dramas sociales de su tiempo, tales como la pobreza de las masas, los horrores de la segunda guerra mundial, la cuestión de las migraciones, entre otros. Convencido de que tendría toda la eternidad para descansar,⁵ trabajó sin descanso para la construcción de un mundo justo. La gran inspiración ignaciana plasmada en los Ejercicios Espirituales, según la cual el hombre fue creado «para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor», se tradujo en la persona del P. Arrupe en un compromiso por la fe y justicia. Su vida fue una perfecta ejemplificación de las palabras del apóstol Santiago en el Nuevo Testamento: «la fe sin obras está muerta» (Santiago 2, 20). Veía los problemas del desarrollo humano desde una perspectiva universal, haciendo suyo el lema de San Ignacio: «mientras más universal, más divino».⁶ Arrupe se consideraba como un ciudadano del mundo y un hombre para los demás sin distinción de razas o culturas. Fue el primero en utilizar la palabra «inculturación» en su intento de fomentar un diálogo respetuoso entre el mensaje cristiano y las culturas del mundo.⁷ Miró a cada ser humano como un/a hijo/a de Dios digno/a de ser amado/a. El título del libro Arrupe, un corazón más grande que el mundo, del padre Brian Grogan, es una buena descripción de este hombre tan entregado a la causa de la justicia en su dimensión más englobante.⁸
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Ahora, al cumplirse 34 años de su muerte, su talante misionero no cesa de ser una inagotable fuente de inspiración para los que quieren comprometerse al servicio de la fe y justicia. El objetivo de este artículo es invitarles a reconocer la riqueza de la figura del P. Arrupe para nuestro tiempo. Mi convicción es que su visión del mundo y su manera de abordar los problemas que acechaban al hombre de su tiempo nos dan pautas para lidiar con los nuestros. En otros términos, el P. Arrupe nos ofrece una manera renovada de situarnos frente a las realidades de nuestro tiempo. Mi impresión al escribir estas líneas sobre el P. Arrupe es que, en el fundo, el mundo no ha cambiado mucho y que nos toca lidiar con una realidad parecida a la suya. Por eso, primero, trataré de resaltar las similitudes entre los dramas del tiempo del P. Arrupe y los del nuestro. Posteriormente, presentaré la propuesta del P. Arrupe, o sea, su convicción de que la salvación del mundo requiere hacer una opción preferencial por los pobres. Concluiré este artículo afirmando que Arrupe nos ofrece la clave para cambiar el rumbo que el mundo de hoy ha tomado.
¡No hay nada nuevo bajo el sol!
En abril 1966, el P. Arrupe, acompañado de su asistente el padre O’Keefe, realizó su primera visita a Estados Unidos después de su elección como Superior General de la Compañía. Su homilía pronunciada en la iglesia de San Ignacio de New York, lo convirtió en el primer general jesuita en predicar en Estados Unidos. ⁹ Mientras sobrevolaba el país en una avioneta que una compañía puso a su disposición para su visita, el P. Arrupe exclamó: “¡Que bárbaro! ¡Si Javier que tuvo que ir al Oriente a vela, viera este artilugio!” ¹⁰ Esta exclamación del P. Arrupe es la reacción del ser humano ante las grandes transformaciones que las sociedades modernas habían experimentado gracias a la ciencia y los avances tecnológicos. El mundo había cambiado de manera exponencial durante los cuatro siglos que separaron a Francisco Javier y Pedro Arrupe.
Este impulso inventivo del ser humano no se ha disminuido a lo largo de los 34 años que han transcurrido después de la muerte del P. Arrupe. El mundo sigue cambiando de manera alucinante, dando lugar a formas nuevas de acomodar la vida en nuestras sociedades. La velocidad con la cual los avances tecnológicos, ya sean medicinales, de información, audiovisuales, energéticos, entre otros, logrados en el primer cuarto del siglo XXI no tiene parangón en la historia de la humanidad. En este sentido, podemos hacer nuestra la exclamación del P. Arrupe: ¡Qué bárbaro! ¡Si el P. Arrupe viera los múltiples usos que hacemos de un celular, no creería a sus ojos!
Sin embargo, las interminables crisis que ha vivido la humanidad nos han mostrado que estos avances tecnológicos no siempre van de la mano con una consciencia de la justicia social. Si bien, por un lado, es verdad que nuestras sociedades se han vuelto más sofisticadas en cuanto a las diversas facilidades que nos proporcionan, por otro lado, la afinada capacidad de autodestrucción que el mundo ha alcanzado es alarmante. Por debajo de estas transformaciones, hay un elemento que se mantiene constante: una crisis del sentido del bien común o una falta de conciencia solidaria. Esta falta es la causa de la mayoría de los males que la humanidad ha sufrido o sigue sufriendo. Y puesto que las mismas causas siempre producen los mismos efectos, hoy en día, estamos lidiando con problemas parecidos a los del tiempo del P. Arrupe. Por ejemplo:
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La pobreza y la desigualdad entre los pueblos
La pobreza es, sin lugar a duda, uno de los males más deshumanizantes que acechan al ser humano. Pedro Arrupe tuvo su primer contacto con la injusticia a los 17 años cuando llegó a Madrid para empezar sus estudios de medicina. Allí, se hizo socio de las Conferencias de San Vicente de Paúl y acompañaba a sus miembros asiduamente durante sus labores sociales en los suburbios de la ciudad. ¹¹ Día tras día, Arrupe, junto con su amigo Enrique y otros compañeros, visitaban a los pobres. El P. Arrupe describió la pobreza lacerante que tenía ante sus ojos en estos términos:
Me encontré con el dolor terrible de la miseria y el abandono. Viudas cargadas de hijos, que pedían pan sin que nadie pudiera dárselo. Enfermos que mendigaban la caridad de una medicina… Y sobre todo, niños, muchos niños, medio abandonados unos, maltratados otros, insuficientemente vestidos la mayor parte, y habitualmente hambrientos todos.¹²
En una descripción parecida, el Decreto Cuarto de la Congregación General 32 de la Compañía de Jesús muestra que la técnica no ha podido evitar el empobrecimiento de las masas:
Millones de entre ellos, que tienen nombre y rostro sufren pobreza y hambre, el desigual e injusto reparto de los bienes y recursos, las consecuencias de la discriminación social, racial y política. En todas partes la vida del hombre y su calidad propia se ven cada día amenazadas. A pesar de las posibilidades abiertas por la técnica, se hace más claro que el hombre no está dispuesto a pagar el precio de una sociedad más justa y más humana. ¹³
Estas descripciones reflejan la realidad de nuestro tiempo. La creciente hendidura entre los ricos y los pobres sigue siendo un desafío para la fe cristiana. Nuestro mundo se ha vuelto más desigualitario. De acuerdo a OXFAM Internacional, durante la última década, el 1 % más rico ha capturado alrededor del 50 % de la nueva riqueza. ¹⁴
Un mundo en fuego
Al P. Arrupe le tocó experimentar los efectos inhumanos de la segunda guerra mundial. El 6 de agosto de 1945, estaba en Japón al estallar la bomba atómica, esta «fuerza aterradora» que devastó la ciudad de Hiroshima¹⁵. Arrupe describió el horroroso cuadro de la ciudad con las siguientes palabras:
Teníamos delante una ciudad completamente destruida, por la que íbamos avanzando sobre los escombros cuya parte inferior estaba aún llena de rescoldos…Mucho más terrible era la visión trágica de aquellos miles personas heridas, quemadas, pidiendo socorro. Como aquel niño con quien me tropecé, que tenía un cristal clavado en la pupila del ojo izquierdo.¹⁶
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Este macabro cuadro de la ciudad de Hiroshima es muy parecido al espantoso espectáculo de muchas partes asoladas por diversos conflictos en el mundo de hoy. Las imágenes que nos llegan de Ucrania, Palestina, Siria, entre otros países, son manifestaciones de un mundo donde el sentido de la hermandad se está desvaneciendo cada vez más. ¿Cuántos niños están sufriendo de igual manera que los que Arrupe tenía ante sus ojos en Hiroshima? De acuerdo a un informe de UNICEF del 28 de diciembre del 2024, en el año recién terminado, la repercusión de los conflictos armados sobre los niños y niñas de todo el mundo ha alcanzado niveles devastadores -y, probablemente sin precedentes. Con más de 473 millones de niños y niñas que viven actualmente en zonas afectadas por conflictos, hemos registrado el número más alto desde la Segunda Guerra Mundial. ¹⁷
No estamos viviendo la tercera guerra mundial, pero los múltiples conflictos armados alrededor del mundo provocan en nosotros el sentimiento de que vivimos en mundo tan inestable que cualquier chispa de incomprensión puede causar lo irreparable. Como en tiempo del P. Arrupe, vivimos hoy en un mundo en llamas. Hemos alcanzado una capacidad de autodestrucción que los científicos del Proyecto Manhattan[i] no habían sospechado. El Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nuclear (TNP) no ha podido impedir el aumento de los países detentores de este poder de destrucción. La decisión del presidente ruso, Vladimir Putin, del 19 de noviembre del 2024, de aprobar cambios en la doctrina nuclear de Rusia evidencia el hecho de que la chispa de incomprensión que pueda incendiar nuestra casa común puede surgir en cualquier momento.
La crisis migratoria
Una de las consecuencias de los conflictos armados es el desplazamiento de personas. Las largas secuelas que dejaron los treinta años que duró la guerra en Vietnam provocaron el desplazamiento de cientos de miles de personas, dando lugar al mayor éxodo de personas en la historia moderna. Para Arrupe, esta tragedia fue como otro Hiroshima. Mas de tres décadas después de la muerte del P. Arrupe, los conflictos armados alrededor del mundo no dejan de jugar su papel determinante en la crisis migratoria. Un informe publicado por las Naciones Unidas el 30 diciembre del 2024 destaca que el año 2024 fue un año de conflictos, crisis humanitarias y desplazamientos sin precedentes:
El número de personas obligadas a huir de sus hogares por conflictos y persecuciones alcanzó casi los 123 millones a finales de junio. Una cifra que, sin duda, ha aumentado aún más con la escalada del conflicto en Oriente Próximo y los cientos de miles de personas que siguen huyendo de la violencia en Sudán, Ucrania, la República Democrática del Congo y otros lugares del mundo. ¹⁸
Sin ser exhaustiva, esta lista nos permite ver cómo los problemas de hoy nos recuerdan los del tiempo del P. Arrupe. La pobreza de las masas, las guerras entre las naciones y los desplazamientos forzados que siguen acechando al ser humano de hoy son una prueba de que, en el fondo, el mundo no ha cambiado mucho después de 34 años de la muerte del P. Arrupe. En este sentido, podemos decir con el Eclesiastés: «¡no hay nada nuevo debajo del sol!» (Ecl 1, 9). Estamos viviendo los mismos efectos de la falta de consciencia del bien común en el mundo.
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La propuesta del P. Arrupe
La convicción del P. Arrupe era que no hay salvación para el mundo sin una conciencia de la justica social. Para el P. Arrupe, si queremos construir un mundo justo, tenemos que abrir nuestros ojos a los sufrimientos de los pobres. Esto requiere nuestra capacidad de abrir nuestros corazones para escuchar los clamores de los más necesitados. En esto, el pensamiento del P. Arrupe se encuentra en perfecta armonía con las grandes líneas de la Doctrina Social de la Iglesia, más precisamente con el espíritu de renovación del Concilio Vaticano II. Al anunciar su deseo de iniciar el concilio el 25 de enero del 1959, a tan solo tres meses de su elección, el papa Juan XXIII resumía su intención con las siguientes palabras: «Abramos las ventanas de la Iglesia. Quiero abrir ampliamente las ventanas de la Iglesia, con la finalidad de que podamos ver lo que pasa al exterior, y que el mundo pueda ver lo que pasa al interior de la Iglesia». ¹⁹
El papa Juan XXIII quería hacer un «aggiornamento» o «puesta al día» de la Iglesia mediante un diálogo con el mundo moderno. Este diálogo, si había de ser sincero, no podía dejar de tomar en cuenta la miseria y las grandes injusticias existentes en el mundo. La encíclica Populorum Progressio del papa Pablo VI, el sucesor de Juan XXIII, fue un grito en el corazón de la iglesia acerca de la urgencia de la cuestión social: «los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos. La Iglesia sufre ante esta crisis de angustia, y llama a todos, para que respondan con amor al llamamiento de sus hermanos». ²⁰
Estas semillas de renovación encontraron el terreno fértil del corazón del P. Arrupe. Todo su generalato fue un esfuerzo continuo para materializar las ideas que se estaban fraguando en la Iglesia. La Congregación General 32 apareció como un acto de presencia renovada de la Compañía de Jesús en medio de la Iglesia y del mundo. Su Decreto Cuarto, Nuestra misión hoy: el Servicio de la fe y la promoción de la justicia, muestra toda la importancia que el P. Arrupe otorgaba a la cuestión social en la misión evangelizadora. Con el Decreto Cuarto, el P. Arrupe y toda la Compañía de Jesús proclamaron que la fe en Dios tiene que ir siempre de la mano con la lucha contra las injusticias que deshumanizan a las personas. Esto suponía hacer una opción preferencial por los pobres.
En Arrupe, esta opción se apoyaba sobre dos pilares.²¹ El primero fue histórico, y tenía que ver con su conocimiento o contacto con el sufrimiento y miseria de los pobres. En efecto, la necesidad de una opción por los pobres no fue una idea que le surgió a Arrupe desde su escritorio mediante una cogitación vacía sin ninguna relación con la realidad. Fue parte de su experiencia personal con los pobres. La miseria que vio en los suburbios de Madrid durante su tiempo universitario en medicina, el hambre de la postguerra en Japón y las grandes injusticas en América Latina marcaron su vida para siempre, dándole un conocimiento real de las grandes desigualdades existentes en el mundo. Estas experiencias de la periferia fueron determinantes en formar su conciencia de la justicia social y se convirtieron en la energía que alimentaba toda su vida. El P. Arrupe entendía su misión desde la periferia y quería que la preocupación por la justicia social estuviera al centro de toda la misión de la Compañía de Jesús. Quería y buscaba seres humanos dispuestos a hacer este cambio radical para luchar por los pobres. La opción por los pobres fue la reacción de un hombre que se había dejado tocar por la miseria que vio en el mundo y quiso dar respuestas.
El segundo pilar fue trascendente, y se refería a su convicción de que Dios es un Dios de vida y no de muerte. Este Dios fue el Dios que acompañaba al P. Arrupe durante toda su vida y quien estaba en el trasfondo de toda su obra. Para el P. Arrupe, la relación con Dios tenía primacía sobre los demás aspectos de su vida. Su intimidad con Dios fue el pilar fundamental y determinó el desarrollo de su vida. Arrupe afirmaba que todo en su vida «transcurrió de acuerdo al designo de Dios». ²² Supo reconocer la mano de Dios en los acontecimientos de su vida. Arrupe decía: «los momentos cruciales en mi vida fueron siempre inesperados. Pero, tarde o temprano, he descubierto la mano de Dios que daba un giro al timón». ²³
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Como en todo jesuita, los Ejercicios Espirituales jugaron un papel fundamental en la vida de Pedro Arrupe. San Ignacio, en la Contemplación de la Encarnación invita al ejercitante a imaginarse a las Tres Personas Divinas contemplando la humanidad y su necesidad de salvación. De esta mirada compasiva surgió la decisión de hacer la redención del ser humano. Mediante este acto de desbordada creatividad, San Ignacio invita a aquellos que vivan la experiencia de los ejercicios espirituales a mirar el mundo con los ojos de Dios, es decir con compasión, y a tomar medidas para cambiarlo. Transformado por los Ejercicios Espirituales, el P. Arrupe no podía cerrar sus ojos ante los sufrimientos de los pobres, y se esforzaba por crear un mundo más solidario.
De este modo, la fe en un Dios que escucha el clamor de los pobres y su contacto personal con la miseria de los más necesitados constituyeron los dos pilares que soportaban toda la esperanza del P. Arrupe. Para él y los demás jesuitas reunidos en la Congregación General 32, estos dos pilares fueron como las dos caras de una misma moneda. Entendieron la promoción de la justicia como parte integrante del servicio de la fe.[i] La fe en Dios se manifiesta mediante la justica; su credibilidad pasa por «una vida en la que resplandece la perfecta justicia del Evangelio, que dispone no sólo a reconocer y respetar los derechos y la dignidad de todos, especialmente de los más pequeños y débiles, sino, aún más, a promoverlos». ²⁴
Para ello, la cercanía con los más necesitados es imprescindible. Sin esta cercanía, nuestra predicación se convertiría en pura abstracción sin ningún valor para los pobres del mundo; sin este contacto, nuestros corazones serían insensibles ante el sufrimiento del otro. El P. Arrupe confesó cómo había quedado impactado por la miseria que había visto en las barriadas pobres de Madrid como estudiante. Esto explica la insistencia del Decreto Cuarto sobre la importancia de nuestra inserción en el mundo:
Muy frecuentemente nos encontramos aislados, sin contacto real con la increencia y con las consecuencias concretas y cotidianas de la injusticia y la opresión. Corremos el riesgo de no poder entender la interpelación evangélica, que nos es dirigida por los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Una inserción más resuelta entre ellos será un “test” decisivo de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad apostólica. ²⁵
Esta inserción debe permitirnos descubrir la presencia de Dios que nos ha precedido en medio de las tragedias humanas, y que nos invita a movilizar nuestras competencias hacia la acción compasiva y creativa. Después de la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, el P. Arrupe, utilizando sus conocimientos medicinales, convirtió el noviciado en un hospital improvisado para ayudar a la «cantidad de personas heridas, quemadas, pidiendo socorro». ²⁶ El P. Arrupe escribe que lo primero que había que hacer era «limpiar las heridas». ²⁷ ¿Cuántos hospitales improvisados necesitamos abrir para socorrer y limpiar las heridas de tantas víctimas de conflictos armados en el mundo de hoy? En 1980, ante la tragedia de los miles de personas tratando de huir de las secuelas de la guerra de Vietnam, el P. Arrupe creó el Servicio Jesuita para los Refugiados (SJR) con el objetivo de promover, servir y promover los derechos de los refugiados y los migrantes. ²⁸ La creación del SJR revela la gran compasión y creatividad del P. Arrupe ante la miseria del ser humano. Para Arrupe, las personas forzadas a dejar sus hogares en busca de una vida mejor son los forasteros que hay acoger en nombre de Cristo: «Yo fui forastero y me acogiste» (Mt 25, 43). Esto requiere una disposición interna para ver a Cristo no sólo en los miembros de nuestra familia y compatriotas, sino también en cada ser humano. La creación de SJR aparece como una condenación radical de toda narrativa que quiera hacer una asociación inmediata entre un inmigrante indocumentado y un criminal.
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Para el P. Arrupe, la misión de los cristianos en el mundo tiene que ser englobante en su forma de tomar en cuenta las necesitades y aspiraciones de los más vulnerables. Durante su generalato, se esforzaba en infundir este sentido del bien común al apostolado de la Compañía. Exhortaba a sus compañeros a emprender la lucha por la justicia desde una perspectiva universal. Puesto que la acción de Dios abarca el mundo entero, la misión de los cristianos no puede ser excluyente: «vayan y hagan discípulos en todas las naciones» (Mt 28, 19). Para el P. Arrupe, la dimensión universal de la misión debe superar todo nacionalismo cerrado que niega al otro. El 22 de julio del 1965, en una recepción celebrada en la embajada de España cerca de la Santa Sede, después de su elección como Superior General de la Compañía, el P. Arrupe dijo: «Sí, soy español y siento profundamente el impacto que mi elección ha determinado en nuestro país. Pero, como jesuita, soy un español metido en misiones universales, que es la única manera de ser español de veras» ²⁹
Esta apertura compasiva a la inmensidad de la miseria humana también tiene una dimensión política. En su encíclica Pacem in Terris, el papa Juan XXIII hizo de la búsqueda del bien común una condición necesaria para la paz en el mundo, y recordó a los gobernantes de la tierra que «su misión radica por completo en el bien común». ³⁰ Arrupe veía las grandes injusticias como una causa de la incesante inestabilidad del mundo. En un mundo donde la única ley prevaleciente es la del más fuerte, el P. Arrupe proponía el camino «del amor, el del triunfo del amor entre los hombres a través de la compasión». ³¹ Decía: «es entonces claro que debemos trabajar para que se instaure esta primera condición, la paz. Y para ello, que se instaure ese gran factor de la paz que es la justicia, no solo entre las clases, sino también entre los pueblos, eliminando las diferencias entre países ricos y países que mueren de hambre». ³²
Conclusión
Como hemos visto, las grandes crisis que enfrenta el mundo de hoy son muy parecidas a las del P. Arrupe. A los 34 años de su muerte, la miseria de las masas, las desigualdades sociales, las injusticias, las guerras entre los pueblos y la crisis migratoria siguen siendo desafíos enormes para la fe cristiana. La recurrencia de estos males da la impresión de que vivimos en un mundo condenado a repetir los errores del pasado, llenando así, con pesimismo, el corazón de los hombres y mujeres que quieren comprometerse para la construcción de un mundo justo. Sin embargo, lo que pasa en el mundo, lejos de ser una fatalidad, nos invita a repensar nuestra manera de proceder y, de allí, redoblar nuestros esfuerzos en la lucha contra la injusticia. Lo peor, como decía Arrupe,«no es lo que pasa en el mundo, sino el no tener nada que decir, o el no tener una respuesta para el mundo de hoy». ³³ La relectura de los grandes aspectos del pensamiento del P. Arrupe nos muestra claramente que hay un solo camino que habrá que emprender si queremos evitar la reproducción de los horrores del pasado: el del amor y la compasión.
En un mundo donde la idea de la compasión aparece como algo ajeno que los debates públicos quieren evitar, el P. Arrupe nos la presenta como una manera renovada de situarnos eficazmente frente a las realidades de nuestro tiempo. La situación del mundo de hoy pone en primer plano la necesidad de pensarnos como miembros de la gran familia humana que hay que salvar inclusivamente. Para ello, es necesario que huyamos de todo nacionalismo excluyente que nos impide escuchar los gritos de los pobres que tocan a nuestra puerta. La figura del P. Arrupe nos llena de fe y esperanza para el futuro. Al invitarnos a abrir nuestros ojos sobre la inmensidad de la miseria humana, el P. Arrupe nos ofrece la clave para llevarle algún remedio: la opción preferencial por los pobres. Esta propuesta no puede resumirse en discursos, sino que debe partir de un conocimiento real de la situación de los pobres. Tenemos que dejarnos tocar por la realidad de los pobres; en caso contrario, nuestras propuestas serán conceptos sin contenidos. El P. Arrupe, siguiendo los pasos de San Ignacio, nos invita a vernos como instrumentos de la Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad en el mundo hoy. Este es el precio que hay que pagar por la construcción de una sociedad más justa y humana. La figura del P. Arrupe nos remite a la profundad de lo humano y de lo cristiano con una insistencia especial. Como hombres y mujeres de fe, el P. Arrupe nos recuerda que la acción compasiva es siempre la epifanía de la fe.
1.- Pedro Miguel Lamet, Arrupe. Una explosión en la Iglesia. El perfil humano de un General de los jesuitas. De la bomba atómica a la crisis del postconcilio, (Madrid: Ediciones Temas de Hoy, 1990), 14.
2.https://www.religiondigital.org/terra_boa/Carta-General-beatificacion-Pedro-Arrupe_7_2067463239.html (Consultado el 5 de febrero del 2025)
3.- Martin Maier, “Pedro Arrupe. Testigo y profeta”, Ellacuria Fundazioa, 1, http://fundacionellacuria.org/wp-content/uploads/2013/10/pedro_arrupe_testigo_y_profeta.pdf (Consultado el 9 de enero del 2025)
4.https://www.religiondigital.org/terra_boa/Carta-General-beatificacion-Pedro-Arrupe_7_2067463239.html (Consultado el 2 de febrero del 2025)
5.- Lamet, Arrupe, 233.
6.- Lamet, Arrupe, 273.
7.- Maier, “Pedro Arrupe. Testigo y profeta”, 2
8.- Brian Grogan, Pedro Arrupe. A heart larger than the world, (Chicago: Loyola Press, 2022).
9.- Lamet, Arrupe, 286.
10.- Lamet, Arrupe, 287.
11.- Lamet, Arrupe, 40-41.
12.- Lamet, Arrupe, 41.
13.- Decreto Cuarto de la Congregación General XXXII, 20.
14.https://www.oxfam.org/es/notas-prensa/el-1-mas-rico-acumula-casi-el-doble-de-riqueza-que-el-resto-de-la-poblacion-mundial-en (Consultado el 2 de febrero del 2025)
15.- Lamet, Arrupe, 192.
16.- Lamet, Arrupe, 199.
17.https://www.unicef.org/es/comunicados-prensa/para-ninos-zonas-conflicto-2024-ha-sido-uno-de-los-peores-anos
(Consultado el 3 de febrero del 2025)
18.- El Proyecto Manhattan fue el proyecto encargado de llevar a cabo la producción de la primera bomba atómica durante la segunda guerra mundial.
19.https://news.un.org/es/story/2024/12/1535396
(Consultado el 3 de febrero del 2025)
20.- Francisco Javier Sánchez Hernández, “Abramos las ventanas de la Iglesia. Una reflexión 50 años después de Vaticano II”, https://franciscoxaviersanchez.wordpress.com/filosofia-y-religion/abramos-la-ventanas-de-la-iglesia-una-reflexion-50-anos-despues-de-vaticano-ii/ (Consultado el 3 de febrero del 2025)
21.- Pablo VI, Populorum Progressio, Roma, el 26 de marzo del 1967, 3.
22.- Jon Sobrino, “El P. Arrupe. Recuerdos y reflexiones sobre fe y justicia”, Centro de Reflexión Teológica, San Salvador, 234.
23.- Brian, Pedro Arrupe, 43.
24.- Brian, Pedro Arrupe, 43.
25.- Decreto Cuarto de la Congregación General XXXII, 18.
26.- Decreto Cuarto de la Congregación General XXXII, 18.
27.- Decreto Cuarto de la Congregación General XXXII, 35.
28.- Lamet, Arrupe, 200-221.
29.- Lamet, Arrupe, 196.
30.- Brian, Pedro Arrupe, 165.
31.- Lamet, Arrupe, 274-275.
32.- Juan XXIII, Pacem in Terris, Roma, el 11 de abril de 1963, 54.
33.- Lamet, Arrupe, 277.
34.- Lamet, Arrupe, 277.
35.- Lamet, Arrupe, 287.
Padre Sudzer Charélus, SJ
Nació en Verrettes, Haití. Hizo sus estudios filosóficos en la República Dominicana y su magisterio en Port-au-Prince, donde enseñó filosofía en Collège Saint Ignace y el Grand Séminaire Notre Dame. Estudió su primer ciclo de teología en el Institut de Théologie de la Compagnie de Jésus en Abidjan, Ivory Coast. Hizo una maestría en teología moral con un enfoque en la ética migratoria en la Escuela de Teología y Ministerio de Boston College. Está asignado a la Parroquia del Gesu en Miami, trabajando con inmigrantes.
