El Ignaciano / Diciembre 2024
Pedro Arrupe: un «hombre para los demás»
Alfredo Romagosa
Profeta del Siglo XXI.
En su importante biografía[1], el padre Pedro Miguel Lamet titula a Pedro Arrupe «Profeta del Siglo XXI». Como es común con los profetas, Arrupe fue fuente de conflictos. Es, a menudo, a través de los conflictos que los profetas pueden lograr cambios sustanciales. A Arrupe le tocó vivir su misión en los años inmediatamente después del Concilio Vaticano II, y vió claramente las implicaciones de los documentos del concilio. Se dice que el papa Francisco es el que de verdad está implementando las enseñanzas del concilio, con los conocidos conflictos. De cierta manera, Arrupe vivió una anticipación de estos conflictos. Pero antes de entrar en estos temas, veamos algunas posibles raíces.
Raíces
Pedro Arrupe y Gondra nació en Bilbao el 14 de noviembre de 1907, de una familia distinguida y muy católica. Hizo sus primeros estudios en una escuela de los Padres Escolapios, a los cuales siempre recordó con gratitud. En 1922, comenzó sus estudios de Medicina en la Facultad San Carlos de Madrid, donde se destacó por su brillantez, pero varias circunstancias influyeron en un cambio de camino. En 1926, muere su padre. Poco después, durante un viaje a Lourdes, sus conocimientos médicos le sirvieron para apreciar las evidencias de los milagros documentados allí. Muy importante también fue la experiencia que tuvo durante un verano cuando con varios compañeros participó en el apostolado social de la sociedad San Vicente de Paul. Fue en un barrio llamado Vallecas en las afueras de Madrid. Él nos comparte:
Aquello, lo confieso ingenuamente, fue un mundo nuevo para mí. Me encontré con el dolor terrible de la miseria y del abandono. Viudas cargadas de hijos, que pedían pan sin que nadie pudiera dárselo. Enfermos que mendigaban la caridad de una medicina… Y, sobre todo, niños, muchos niños, medio abandonados unos, maltratados otros, insuficientemente vestidos la mayor parte, y habitualmente hambrientos todos[2].
Más adelante, él reflexiona sobre todas estas experiencias que precipitaron su nueva vocación:
Sentí a Dios tan cerca en sus milagros que me arrastró violentamente tras de sí. Y lo vi tan cerca de los que sufren, de los que lloran, de los que naufragan en esta vida de desamparo, que se encendió en mí el deseo ardiente de imitarle en esta voluntaria proximidad a los desechos del mundo, que la sociedad desprecia porque ni siquiera sospecha que hay un alma vibrando bajo tanto dolor. Mis inquietudes de antaño, aquellas que nacieron cuando los golfillos de Vallecas me dijeron con su miseria que había en el mundo muchas tristezas que consolar, encontraron el cauce de una vocación mucho más sublime que la hasta entonces soñada[3].
En 1927, dejando sus estudios de Medicina después de tres exitosos años, se decide a entrar en la Compañía de Jesús, y empieza sus estudios en el noviciado de Loyola. En 1933, los jesuitas son expulsados de España durante la Guerra Civil, y Arrupe sigue sus estudios en Bélgica y Holanda, siendo ordenado sacerdote en 1936. Hace su teologado en Kansas, Estados Unidos, y durante el verano trabaja como capellán de los prisioneros hispanos en Nueva York. Esta fue una segunda oportunidad de conocer los sufrimientos de los marginados que siempre recordará. Cuando llega el momento de discernir sobre sus posibles trabajos como jesuita, la vida de San Francisco Javier lo inspira hacia las misiones y sus superiores lo destinan a seguir a Javier en el Japón, a donde parte en 1938.
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Testigo del Siglo XX
Lamet también califica a Arrupe como testigo del Siglo XX, y la segunda guerra mundial le da la oportunidad de experimentar uno de los eventos más horribles del siglo, la bomba atómica en Hiroshima. Arrupe es entonces rector del noviciado jesuita cerca de esta ciudad. Aprovechando sus conocimientos médicos, Arrupe inmediatamente convierte el noviciado en un hospital y dedica a los novicios a ayudar con los heridos. Terminada la guerra, compartiendo su experiencia en Hiroshima, Arrupe se convierte en viajero y recorre el mundo solicitando ayuda para la misión de Japón. En 1954, es nombrado superior de la viceprovincia jesuita del Japón.
En 1965, Arrupe se encuentra en Roma participando en la elección de un nuevo superior jesuita, el Prepósito General (llamado comúnmente «general»), tras el fallecimiento del padre Jean-Baptiste Janssens. Sus viajes mundiales han hecho a Arrupe una figura conocida y es electo como el nuevo general en la tercera votación. En varias ruedas de prensa, Arrupe sorprende con su candidez y deja claro su estilo y filosofía. Sobre todo, establece su actitud progresista:
Si por progresista se entiende aquel que combate las grandes injusticias sociales existentes en todas las partes del mundo, pero sobre todo en los países en vías de desarrollo, nosotros estamos con ellos en línea de la doctrina social contenida en las grandes encíclicas. No podemos ignorar las desigualdades existentes en las ciudades y en los campos, donde los trabajadores que dan de comer a las gentes mueren después por falta de solidaridad.[4]
Uno de los temas candentes del siglo XX fue la relación entre la ciencia y la fe, sobre todo en el contexto de la evolución biológica. Arrupe se hace partícipe y testigo de esta controversia cuando apoya al pensador jesuita Pierre Teilhard de Chardin quien estaba siendo criticado por su visión de un evolucionismo cristiano. Arrupe afirma que «su visión del mundo ejerce una influencia muy beneficiosa en los medios científicos cristianos y no cristianos»[5].
Poco tiempo después de su elección, Arrupe muestra su carácter de profeta en relación con dos segmentos importantes para la Compañía. Arrupe advierte a los jesuitas latinoamericanos que es necesario revisar la actitud social de sus colegios, ya que la Compañía «ha estado siempre más enfocada, conforme a una estrategia justificada fundamentalmente por condiciones históricas, a ejercer un impacto sobre las clases sociales dirigentes y la formación de sus líderes; y no precisamente sobre los factores de evolución, que hoy fuerzan la transformación social». Y continúa: «es pensable que determinados colegios –sea por el tipo exclusivo de sus alumnos o por su sistema de financiación– susciten dudas serias acerca de su razón de ser…»[6]. Espera que los colegios desarrollen la conciencia social de sus alumnos. Similarmente amonesta a los superiores jesuitas en Estados Unidos sobre la justicia racial: «sigue siendo verdad que la Compañía de Jesús no ha comprometido sus efectivos humanos y sus recursos en este apostolado en la medida en que los negros necesitan de nuestro servicio»[7].
El Diálogo
Los jesuitas han sido encomendados tradicionalmente a combatir el ateísmo, y el papa Pablo VI se lo recuerda a Arrupe en 1965 con motivo de su elección como general, pero Arrupe le da a esto un diferente matiz, con apertura al diálogo más que a la confrontación: «El diálogo consiste también en saber escuchar. El diálogo solo puede producirse en un clima de mutuo respeto y cuando se habla el mismo lenguaje… Y en relación con el ateísmo, nuestra posición no es de lucha, sino de diálogo para ayudar a los ateos a superar los obstáculos que les mantienen alejados del descubrimiento y conocimiento de Dios»[8]. No hay mejor punto inicial de diálogo con individuos de buena voluntad que el reconocer los sufrimientos de los pobres y sus derechos.
Hay otro aspecto de la actitud dialogante de Arrupe que puede causar problemas. En su relación con sus subalternos, sin negar el voto de obediencia, él siempre está dispuesto a conversar sobre las opciones de trabajo y las preferencias personales. Esta actitud, en manos de algunos provinciales menos competentes, pudo resultar en una falta de disciplina. Arrupe reconoce que su énfasis en las personas le llegó a el de los japoneses, los cuales, según él, valoran más las personas que las teorías[9]. Su trato personal lo hace muy querido: «Todos advertían, por encima de un superior, la cercanía entrañable de un hermano, de un amigo. Y cada jesuita que empezaba a tratarle en cualquier parte del mundo ya podía decir con una extraña certeza interior: «A mí me quiere el padre Arrupe»[10]. Otro comentador acentúa la importancia que Arrupe le da al contacto físico:
Una de las características más innovadoras del gobierno de Arrupe, Prepósito General de la Compañía, fue la de orientar y acompañar a los jesuitas repartidos por todo el mundo, no sólo con sus directrices y apoyo desde Roma, sino con su misma presencia física… En sus visitas, Arrupe da conferencias o tiene reuniones con grupos de jesuitas e incluso con seglares colaboradores de las instituciones jesuíticas, pero también realiza encuentros más particulares con pequeños grupos de jesuitas[11].
Un factor relacionado que también le crea problemas a Arrupe es su apertura y deseo de informar. En su alocución como parte del Sínodo de Obispos de 1974, Arrupe reconoce que la Iglesia a menudo opta por la reserva, pero añade que es preferible evitar el secretismo: «No comunicar sino lo bueno hace que la credibilidad se pierda rápidamente. Es siempre nocivo el temor a la crítica, que lleva a ocultar públicamente los errores posibles o las limitaciones criticables. La autenticidad sincera es la mejor base de la credibilidad»[12]. Bien sabemos cómo se critica la candidez del papa Francisco.
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Segundo Fundador de la Compañía
Arrupe encierra en sí dos elementos esenciales para ser un buen agente de cambio. Primero, conoce las tradiciones, ya que nació y se educó en el centro de la Compañía en Europa. Pero su tiempo en Japón, alejado de ese centro, le da una perspectiva más amplia para poder observar críticamente. Su momento fue también clave, en medio de los cambios eclesiales motivados el Concilio Vaticano II. Todos estos factores animan a Arrupe a sentirse inspirado para empezar una reorientación de su orden religiosa, tan transcendente, que haga que se le considere frecuentemente como un «segundo fundador» de la Compañía. Un paso decisivo fue su discurso al X Congreso de la Confederación Europea de Antiguos Alumnos de Jesuitas, en 1973. La misión educativa ha sido en la práctica el corazón de la Compañía. Por lo tanto, es aquí donde él lanza el primer gran desafío, ya sugerido en la carta a los jesuitas latinoamericanos. Este desafío ha sido adoptado como parte de su declaración de misión en muchas universidades y colegios jesuitas:
Nuestra meta y objetivo educativo es formar hombres que no vivan para sí, sino para Dios y para su Cristo, para Aquel que por nosotros murió y resucitó; hombres para los demás, es decir, personas que no conciban el amor a Dios sin el amor al hombre, un amor eficaz que tiene como primer postulado la justicia y que es la única garantía de que nuestro amor a Dios no es una farsa, o incluso un ropaje farisaico que oculte nuestro egoísmo[13].
Pero este documento tiene una segunda parte, que no se le ha dado mucha importancia. Esta parte incluye sugerencias socioeconómicas, incluyendo buscar «un decidido propósito de darle un tono de mucha mayor sencillez a nuestra vida individual, familiar, social y colectiva, frenando así la espiral del lujo y la de la competitividad social». Y «un decidido propósito no sólo de no participar en ningún lucro de origen claramente injusto, sino incluso de ir disminuyendo la propia participación en los beneficios de una estructura económica y social, injustamente organizada a favor de los más poderosos»[14].
La reorientación principal queda documentada en el decreto II de la Congregación 32:
¿Qué significa hoy ser compañero de Jesús? Comprometerse bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige… Pero sólo a la luz del Evangelio puede el hombre ver claramente que la injusticia brota del pecado, así personal como colectivo, y que se hace tanto más opresora al encarnarse en omnipotentes instituciones económicas, sociales, políticas y culturales de ámbito mundial y de fuerza aplastante… Más aún, el servicio de la fe y de la promoción de la justicia no puede ser para nosotros un simple ministerio más entre otros muchos. Debe ser el factor integrador de todos nuestros ministerios, y no sólo de éstos, sino de nuestra vida interior, como individuos, como comunidades, como fraternidad extendida por todo el mundo. Esto es lo que la Congregación quiere significar por una «opción decisiva». Es la opción que subyace y determina todas las demás opciones incorporadas en sus declaraciones y directrices[15].
El decreto también hace suyo el estilo y práctica de Arrupe en cuanto al aspecto comunitario y de apertura:
La comunidad local, a la que un jesuita puede pertenecer en un momento dado, es para él simplemente la expresión concreta — si bien privilegiada — de esa fraternidad extendida por el mundo que es la Compañía. De esta forma, la comunidad local jesuítica es una comunidad apostólica, orientada hacia fuera, no hacia dentro, y cuyo empeño se centra en el servicio, que está llamada a prestar a los hombres[16].
El papa Pablo VI tiene en sus hombros la tremenda responsabilidad de implementar en la Iglesia los trascendentales acuerdos del Vaticano II, tratando de apaciguar las resultantes divisiones. Es, por lo tanto, un agobio adicional el tener que lidiar con las diferencias internas de los jesuitas. Por ser la orden jesuita el borde cortante de la Iglesia, los conflictos resultantes del Concilio se acentúan en ella. Le llegan a la Santa Sede quejas constantes de «inseguridades doctrinales», «clima marxista y revolucionario» y otras acusaciones que vemos a menudo hoy en día dirigidas al papa Francisco. Al comienzo de la Congregación 32, el Papa amonesta a la congregación a evitar «El fenómeno de la novedad por sí misma» y los exhorta a recordar los «elementos esenciales» de la vocación jesuita[17]. Y al recibir los decretos de la Congregación, el secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Villot, expresando probablemente los sentimientos del papa sobre el Decreto II, declara: «En el orden de las cosas temporales no se debe exaltar más de lo justo la promoción del hombre y el progreso social, con daño del significado esencial que la Iglesia da a la evangelización o anuncio de todo el evangelio»[18]. Pero en alocuciones públicas, estas diferencias son suavizadas. Pablo VI muere en 1978.
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Redes con Migrantes
Durante sus viajes, Arrupe se encuentra con grupos de refugiados vietnamitas que huyen de la tragedia en su patria. Acercándose las Navidades del año 1979, se siente inspirado a comunicarse con provinciales alrededor del mundo compartiendo su angustia sobre esta trágica situación. En noviembre del siguiente año, Arrupe establece formalmente el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS por sus siglas del inglés, Jesuit Refugee Service), ofreciendo estas palabras alentadoras: «Yo considero esto como un nuevo apostolado moderno de la Compañía entera, de gran importancia para hoy y para el futuro, y también de gran beneficio espiritual para la Compañía»[19].
Desde el principio, reconoce que este trabajo, debido a su complejidad, tiene que hacerse en cooperación con muchas entidades, tanto privadas como gubernamentales y más allá de las fronteras nacionales. El trabajo tiene tres enfoques, acompañar, servir y defender. El servir es el aspecto más tradicional y técnico de ofrecer asistencia médica, educación especializada, orientación social y protección. Pero es importante que este servicio se haga en forma de acompañamiento, aún físico, para experimentar las necesidades reales de los refugiados y así responder más efectivamente[20]. El trabajo de defender o de incidencia es fundamental:
Incidencia significa garantizar que los refugiados reciban un trato legal y humano. Esto implica apoyar a los refugiados en sus esfuerzos por reclamar y ejercer sus derechos, y presionar a los gobiernos e instituciones para obtener respuestas mejores y más justas para los refugiados y las situaciones de desplazamiento forzado. Las actividades de incidencia del JRS también tienen como objetivo mejorar la percepción pública de los refugiados, contrarrestar la xenofobia y la indiferencia, y promover la integración y la cohesión social.[21]
Calvario
Era de esperarse que la actitud de Arrupe sobre el diálogo no encajara con las experiencias de confrontación vividas por el nuevo papa Juan Pablo II en su lucha con el comunismo en Polonia. El 22 de septiembre de 1979 el papa recibe a un grupo de provinciales con estas palabras: «Sed fieles a las leyes de vuestro instituto, especialmente en lo que se refiere a la austeridad de la vida religiosa y comunitaria, sin ceder a las tentaciones secularizantes; un sentido profundo de disciplina interior y exterior, la ortodoxia en la doctrina. Plena fidelidad al magisterio supremo de la Iglesia y del Romano Pontífice»[22]. Aunque estas palabras no son necesariamente un regaño, Arrupe las interpreta así, y pronto empieza a dialogar con el papa su posible renuncia. Éste no se apresura en considerarlo. Se especula que teme que los jesuitas elijan un sucesor todavía más conflictivo que Arrupe.
En el 7 de agosto de 1981, finalizando un viaje de regreso a Roma, Arrupe sufre una trombosis cerebral y es hospitalizado. Arrupe se recupera muy lentamente, y debido a la aparente irreversibilidad de su enfermedad, se empiezan a hacer planes para la elección de un nuevo superior. Pero, en octubre de ese mismo año, el papa Juan Pablo II nombra al padre Paolo Dezza como delegado personal para atender al gobierno de la Compañía. En esto, interrumpe el proceso normal de sucesión, dando muestra de una falta de confianza. Arrupe estaba limitado en sus poderes de comunicación por su enfermedad, pero está claro que recibió el mensaje.
Durante los años de convalecencia, el padre Lamet empieza a trabajar en su monumental biografía de Arrupe, con la generosa colaboración de éste. Entre sus comentarios a Lamet, Arrupe dice que se siente más que nunca en las manos de Dios: «Eso es lo que he deseado toda mi vida, desde joven. Y eso es también lo único que sigo queriendo ahora. Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Les aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus manos es una profunda experiencia»[23].
Por fin, el 3 de septiembre de 1983, el padre Peter-Hans Kolvenbach fue elegido general de la Compañía por los jesuitas en su Congregación 33, volviendo la Compañía a su funcionamiento normal. Arrupe fallece el 5 de febrero de 1991 en Roma. Días antes, ya en agonía, lo había visitado Juan Pablo II.
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Hombre de Oración
Sus años finales de padecimientos nos sirven para resaltar una característica esencial de Arrupe que es evidente a todo lo largo de su vida. Es un hombre de oración, y su espiritualidad tiene claramente una base Ignaciana:
Me encerré con Cristo en un ambiente, que el profano ignora, equidistante del mundo y de la eternidad. Eso son los Ejercicios. Un cerrar los ojos a lo que viene de fuera, para seguir en la tierra sin contemplarla y un abrirlos a los valores eternos para posesionarnos de ellos, a pesar de la doble barrera del tiempo y del espacio… se trata de una experiencia íntima, que ninguna palabra puede describir y que sólo se comprende por su despliegue en el tiempo.[24].
Antes la trágica experiencia de Hiroshima, encuentra consuelo en la oración y la inspiración a actuar:
Recuerdo que antes de tomar ninguna medida vital, me fui a la capilla, una de cuyas paredes había saltado hecha añicos, para pedirle al Señor luz en aquella oscuridad terrible que nos abrumaba. Por todas partes muertes, destrucción. Nosotros aniquilados a la impotencia. Y Él allí, en el Sagrario, conociéndolo todo, contemplando todo, y esperando nuestra invitación para que tomase parte en la obra de reconstruirlo todo[25].
En sus tiempos como general, Arrupe disfruta del uso de una pequeña capilla que fue creada cuando muere el padre Janssens, adyacente a su habitación. En su oración de apreciación de esta capilla se ven ecos de la bien conocida «Misa sobre el Mundo»[26] del padre Teilhard, donde él une su ofertorio a todas las labores de la Humanidad. Arrupe une al suyo toda la Compañía que él representa:
Unido a Jesucristo, yo, sacerdote, llevo también conmigo a todo el cuerpo de la Compañía. Las paredes de esta capillita como que quieren resquebrajarse. El minúsculo altar parece convertirse en el «sublime altar» del cielo (Canon I), a donde llegan hasta el Padre, «por medio de tu Ángel», las oraciones de todos los miembros de la Compañía. Mi altar es como «el altar de oro colocado delante del trono»[27].
En una carta que escribió durante su enfermedad, con intención de despedida, nos dice:
Estoy lleno de esperanza viendo cómo la Compañía sirve a Cristo, único Señor, y a la Iglesia, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra. Para que siga así, y para que el Señor la bendiga con muchas y excelentes vocaciones de sacerdotes y hermanos, ofrezco al Señor, en lo que me quede de vida, mis oraciones y los padecimientos anejos a mi enfermedad. Personalmente, lo único que deseo es repetir desde el fondo del alma: «Tomad, Señor, y recibid…»[28].
Conclusión
Ni el padre Kolvenbach, ni ninguno de los superiores siguientes han retrocedido en ninguna de las iniciativas de Arrupe, y el trabajo con migrantes se ha convertido en una de las labores más importantes de la Compañía. La elección de Francisco, un jesuita, como el nuevo papa, mostró el respeto universal que goza la organización. El día 5 de febrero del año 2019, se inauguró el proceso de beatificación del Padre Arrupe. El 12 de septiembre de 2024, el Padre Antonio Spadaro SJ, subsecretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación, anunció que durante un encuentro privado con sacerdotes de la Compañía de Jesús en Singapur, el papa Francisco expresó su deseo de lograr la beatificación y canonización de Arrupe[29].
[1] Pedro Miguel Lamet, Arrupe, Testigo del siglo XX, Profeta del XXI, segunda edición, Ediciones Mensajero, 2017.
[2] Pedro Arrupe SJ, Memorias del P. Arrupe, segunda edición, Editorial Neptuno, La Habana, 1955. 11.
[3] Idem., 36.
[4] Lamet, Arrupe, 338.
[5] Idem, 340.
[6] Idem, 375.
[7] Idem, 381.
[8] Idem, 338-339.
[9] Idem, 593.
[10] Idem, 353-354.
[11] Josep M. Rambla Blanch, SJ. “Pedro Arrupe, ¿Segundo fundador de la compañía de jesús?” en Estudios Eclesiásticos, vol. 82 (2007), núm. 321, 412-413.
[12] Lamet, Arrupe, 452.
[13] Pedro Arrupe SJ, Discurso al X Congreso de la Confederación Europea de Antiguos Alumnos de Jesuitas, Valencia, 1973.
[14] Idem.
[15] Decreto 2 de la Congregación General XXXII, #2,6,9.
[16] Idem, #16-17,
[17] Lamet, Arrupe, 454.
[18] Carta del Secretario de Estado al Padre General, 1975.
[19] Jesuit Refugee Service, In the Footsteps of Pedro Arrupe, 2007.
[20] Idem.
[21] Jesuit Refugee Service website.
[22] Lamet, Arrupe, 540
[23] Idem, 610.
[24] Pedro Arrupe, Este Japón increíble, (3ª ed.), El Siglo de las Misiones, Bilbao, 1965, 20.
[25] Arrupe, Memorias, 279.
[26] Pierre Teilhard de Chardin SJ, “The Mass on the World” in The Heart of Matter, Trans. René Hague (New York: Harcourt Brace Jovanovich, 1978), 119-134.
[27]Lamet, Arrupe, 444.
[28] Idem, 611.
[29] Vatican News, 12 de septiembre, 2024.
Alfredo Romagosa
Director of the Pedro Arrupe Institute, he has degrees in Religious Studies and Engineering, and has taught at the Southeastern Pastoral Institute (SEPI) and at Florida International University.
