El Ignaciano / Marzo 2025
Reflexiones sobre el Jubileo
Sixto García
A: Fundamentos bíblicos
Jubileo es el nombre con el que se conocen las leyes enunciadas en el libro del Levítico, 25: 8-17, 29-31. El vocablo es la forma griega del hebreo yohel, cuyo significado literal es cuerno. El comienzo del período jubilar se anunciaba con el toque del shefar; la trompeta litúrgica usada en festivales judíos, como el Succot (Fiesta de las Tiendas o Tabernáculos) y el Shavout (la Fiesta del don de la Ley a Moisés).
El texto citado arriba lee:
Levítico 25: 8-17:
Contarás siete semanas de años, siete veces siete años, de modo que las siete semanas de años sumen un total de cuarenta y nueve. Entonces el día diez del séptimo año harás sonar el estruendo de la trompeta. El día de la expiación harás sonar la trompeta por todo el país. Declararán santo el año cincuenta, y en todo el país proclamarán la liberación de sus habitantes. El toque de trompeta indicará para ustedes que cada uno volverá a su propiedad familiar y cada uno regresará con su propia familia. Este será para ustedes el año del toque de trompeta, es decir, del jubileo: en el año cincuenta no sembrarás, no recogerán el trigo que brota por sí mismo ni vendimiarán los racimos que no cultivaron. Porque el jubileo ha de ser algo santo para ustedes, solo comerán lo que el campo produzca por sí mismo. En el año jubilar, cada uno recuperará su propiedad. Si venden algo a su prójimo o si le compran algo, que nadie perjudique a su hermano. Harás la compra a tu hermano teniendo en cuenta el número de años desde el último jubileo, y él te fijará el precio de la venta según el número de cosechas hasta el próximo. Conforme a la mayor cantidad de años aumentará el precio de la venta, pero disminuirá si es menor el número de años, porque lo que él te venda es el número de cosechas. Que ninguno de ustedes perjudique a su prójimo. Teme a tu Dios, porque yo soy el Señor, tu Dios,
Levítico 25: 29-31:
Si uno vende la casa donde vive y esta se encuentra en ciudad amurallada, su derecho a rescatarla se extiende hasta que se cumpla el año de la venta: su derecho de rescate dura un año completo. Si la casa no ha sido rescatada cuando se cumpla el año, esa casa que está dentro de una ciudad amurallada se considerará como propiedad del comprador y de sus descendientes por todas las generaciones; no la perderá en el año jubilar. Pero las casas de los pueblos que no tienen muralla a su alrededor se considerarán como los campos: están sujetos a rescate y volverán a su dueño en el año jubilar.
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Existía una fuerte convicción en la tradición israelita de que poseer vastas propiedades de tierra era contrario a la ley del Señor. La posesión de latifundios es uno de los males sociales condenados por los profetas. Así, en Isaías 5: 8-10 se lee:
¡Ay de ustedes, los que acumulan casas y más casas y juntan campos con campos hasta no dejar más sitio, para habitar ustedes solos en el país! El Señor todopoderoso lo juró y me lo hizo oír. Sus muchas casas quedarán arrasadas, amplias y hermosas como son, quedarán deshabitadas. Dos hectáreas y media de viña darán un cántaro de vino, diez medidas de semilla producirán una sola.
B: Sinopsis histórica
Las leyes del Año Jubilar del judaísmo antiguo adquirieron expresión cristiana a partir del año 1300, en el cual el papa Benedicto VIII declaró el primer Jubileo. Bonifacio estableció la frecuencia de los años jubilares cada 100 años.
Respondiendo a una petición del pueblo de Roma, el papa Clemente VI redujo la frecuencia a cada 50 años, fiel a las leyes del Jubileo en el Antiguo Testamento. En 1389, recordando el (presunto) número de años de la vida de Cristo, Urbano VI promulgó el ciclo jubilar cada 33 años, y convocó un Jubileo en el año 1390.
El intervalo entre años jubilares fluctuó durante un tiempo, hasta 1450. A partir de esta fecha, comenzando con el papa Pablo II, los años jubilares ordinarios empezaron a celebrarse cada 25 años. Algunos papas: Pío XI (1933: el 1900 aniversario de la presunta fecha de la Pascua de Jesús); S. Juan Pablo II (1983: 1950 aniversario de la Pascua;) más recientemente el Papa Francisco (2015: Año Jubilar de la Misericordia), han declarado años jubilares extraordinarios.
C: Reflexiones teológicas: el Jubileo de Israel y la Doctrina Social de la Iglesia
Juan Pablo II ha sugerido, directa e indirectamente (Sollicitudo Rei Socialis, Centesimus Annus), que el espíritu de las leyes del Jubileo define los fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia.
El texto de Isaías 5: 8-10 puede verse como un prolegómeno de la enseñanza posterior de la Iglesia sobre la justa distribución y el justo uso de los bienes de la tierra, con algunos ejemplos. Por lo tanto, siguiendo la pista de S. Juan Pablo II, es lícito leer en los textos jubilares del pueblo de Israel (arriba citados), los principios fundamentales de la Doctrina Social Católica – Algunos ejemplos:
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San Ambrosio de Milán (330-397)
Ustedes, los ricos, ¿hasta dónde van a llevar su loca avaricia? . . . Cuando le dan al pobre, no le están dando lo que es de ustedes; más bien, Uds. le están pagando lo que le pertenece al pobre. En verdad, lo que es común a todos, y ha sido a todos para usar, Uds. han usurpado para Uds. solamente. La tierra les pertenece a todos, y no solamente a los ricos . . . Uds., por lo tanto, le están pagando (al pobre), lo que Uds. le deben; Uds. no dan gratuitamente lo que Uds. no poseen (Sermón sobre Naboth).
San Basilio de Cesarea (30- 379)
¿Cuáles son, díganme Uds., los bienes que Uds. pretenden poseer? ¿Hasta qué punto son parte esencial de vuestras vidas? El problema con los ricos es que son como el hombre que toma asiento en el teatro, y entonces le niega la entrada a otros, usurpando de ese modo, y apropiándose para sí mismo lo que ha sido destinado para el uso común. Los ricos consideran como posesión exclusiva aquellos bienes que han adquirido antes que los demás, por la única razón de haber sido los primeros en adquirirlos. Si cada uno de nosotros tomara solamente lo que es necesario para subsistir, dejando lo que es superfluo para el indigente, entonces no habría distinción entre ricos y pobres. Te has convertido en un explotador al apropiarte para ti mismo los bienes que fuiste llamado a administrar. El pan que guardas para ti le pertenece al hambriento; al desnudo le pertenecen las ropas que acumulas en tu ropero; al descalzo le pertenecen los zapatos que acumulan polilla en tu casa; el indigente tiene derecho al dinero que escondes en tus cofres . . . (Homilía «Sobre la avaricia, sobre el texto de Lucas: “Destruiré esta casa y construiré una más grande”»).
San Juan Crisóstomo (349-407)
De su segunda homilía sobre la parábola de Lázaro y el hombre rico:
Les ofrezco testimonio de las Escrituras divinas, que dicen que no solamente el hurto de los bienes de otros, sino también el rehusar compartir los bienes propios con otros es robo y estafa y fraude. ¿Cuál es este testimonio? Dios, acusando a sus enemigos por medio del profeta, dice: “La tierra ha producido sus frutos, pero tú no has pagado tus diezmos; pero el robo cometido contra el pobre está en tus hogares . . . Privar a otros es arrebatar lo que pertenece a otros; se le da el nombre de desposesión cuanto tomamos y nos quedamos con lo que pertenece a otros. Porque nuestro dinero es del Señor, no importa cómo lo hayamos adquirido”.
Pablo alaba a Abrahán con admiración, diciendo: “No te olvides de ofrecer hospitalidad al forastero, porque de esa forma algunos han albergado, sin saberlo, a ángeles” (citando el texto de Hebreos 13: 2).
Si no puedes recordarlo todo, te suplico, en vez de recordarlo todo, recuerda esto sin falta: no compartir nuestra fortuna con los pobres es robarle al pobre y privarlo de sus medios de subsistencia: lo que poseemos no es nuestra fortuna, sino la de ellos (Citado por el papa Francisco en «La Alegría del Evangelio», 57).
De su homilía 50 sobre el evangelio de san Mateo (Segunda Lectura del Oficio de Lecturas, Sábado, 21 Semana del Tiempo Ordinario).
¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples, desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: “Esto es mi cuerpo”, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: “Tuve hambre, y no me disteis de comer”, y más adelante: “Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer” . El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma . . . Pues Dios no tiene ciertamente necesidad de vasos de oro, pero sí en cambio, desea almas semejantes al oro . . . ¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo . . . ¿Quieres hacer ofrendas de vasos de oro y no eres capaz de dar un vaso de agua? Y, ¿de qué serviría recubrir el altar con lienzos bordados de oro, cuando niegas al mismo Señor el vestido necesario para cubrir su desnudez?
Piensa, pues, qué es lo que haces con Cristo, cuando lo contemples errante, peregrino y sin techo, y, sin recibirlo, te dedicas a adornar el pavimento, las paredes y las columnas del templo. Con cadenas de plata sujetas las lámparas, y te niegas a visitarlo cuando él está encadenado en la cárcel . . . Nadie, en efecto, resultará condenado por omitir esto segundo, en cambio, los castigos del infierno, el fuego inextinguible y la compañía de los demonios para quienes descuiden lo prime ro. Por tanto, al adornar el templo, procurad no despreciar al hermano necesitado, porque este templo es mucho más precioso que aquel otro.”
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Un dato esencial de la doctrina social de los Padres es que no exhortan a dar limosna principalmente, sino a devolverle al pobre lo que le pertenece, lo que los ricos le han robado, porque los bienes de la tierra le pertenecen a todos, y unos pocos los han tomado para sí – Hay ya aquí, en la doctrina social patrística, un claro e indiscutible sentido de que no basta con dar limosna, sino que hay que cambiar las estructuras sociales que crean pobreza – es decir, el robarle al pobre lo que por derecho divino le pertenece: una participación justa en las riquezas de la Creación. Esta doctrina tiene ecos y fundamentos teológicos profundos en la teología de Sto. Tomás de Aquino, como vemos a continuación:
Santo Tomás de Aquino (1224/25-1274)
Prenotandos
Sto. Tomás vive en el siglo XIII, el siglo más revolucionario en la historia de Occidente hasta el siglo XX. Nacen en este siglo: las universidades, con células pontificias o imperiales; la economía de mercado; las ciudades, partiendo de las villas feudales. Se empieza a desmoronar el sistema feudal. Las exploraciones de Marco Polo y otros en Oriente (1271-1275) revelan que los europeos no están solos.
Ocurren revoluciones en la Iglesia; comienza aquí una nueva evangelización: surgen las órdenes mendicantes -Dominicos (1216), Franciscanos (1221-23)- formadas para evangelizar en el polvo y el lodo de las nuevas ciudades; aunque de perenne importancia, las órdenes contemplativas -Cistercienses, Cartujos, otro-) no bastan para enfrentar las nuevas situaciones sociopolíticas.
Los textos que siguen están tomados directamente de las obras de santo Tomás de Aquino, principalmente de su Summa Theologiae, la edición crítica en latín de la Biblioteca de Autores Cristianos, y traducidos por mí.
Todos los componentes de la naturaleza (la Creación), que no sean personas, son recursos que se pueden debidamente usar para el bien de la persona (ST II-II q. 6 a. 1c ad. 3).
El propósito de la propiedad privada es el bien común. Por lo tanto, podemos hacer nuestro lo que desde el principio era de posesión común, es decir, a disposición de todos, precisamente para que el dueño que se ha apropiado estas cosas las pueda disponer mejor para, y compartir con, otras personas (aliis communicat) (ST II-II q. 66 a. 2 obj. 2 y ad. 2).
La única justificación de la propiedad privada es la “justicia general,” es decir las ventajas que dicha propiedad privada pueda aportar al bien común (cf. ST II-II q. 66 a. 2c).
El uso definitivo de los recursos (de la tierra) debe siempre permanecer “común” (sin apropiar), y cualquier apropiación (es decir, posesión) de recursos debe estar siempre subordinada a esta verdad (ST II_II q. 66 a. 2c).
Cada persona tiene el derecho natural a una justa participación en el uso de recursos naturales, y nada le pertenece, por naturaleza, a una persona o grupo más que a otro (ST II-II q. 66 a. 2c).
Lo que uno posee, lo posee en común (ST II-II q. 6 a. 2c).
Para cualquiera en necesidad extrema, nada le pertenece en justicia a nadie en particular, para una persona en tal condición (de extrema necesidad), todos los recursos se convierten en recursos comunes (Comentario a las Sentencias, IV d. 15 q. 2 a. 1 sol. 4c: ST II-II q. 32 a. 7 ad. 3; q, 187 a. 4c).
El exceso (de bienes: superflua) se poseen en común (ST II_II q. 87 a. 1 ad. 4: omnia superflua).
Los bienes poseídos en exceso (superflua) deben estar siempre disponibles a los pobres, quienes, aun cuando no estén en necesidad extrema o situaciones de peligro, están privadas de los recursos para satisfacer sus necesidades (ST II-II q. 87 a. 1).
La razón práctica (phronesis, prudentia) determina la medida verdadera de necesidad (de bienes materiales) en una situación dada (Quodlibetales VI q. 7 1c ad. 1).
Los gobernantes tienen la responsabilidad de proveer a cada uno de sus sujetos (ciudadanos) de todo aquello que necesitan para su sustento en sus propias condiciones y situaciones en la vida, y que de otro modo carecerían (ST II_II q. // a. 4c).
Siguiendo a Aristóteles, es apropiado que los gobernantes y las leyes dispongan de la justa distribución de los bienes, para que su uso sea verdaderamente común (ST I-I q. 104 a.1 ad.1; q. 105 a. 2c ad 3).1.
El exceso (superflua) pertenece en verdad a los demás; cualquier persona que se guarda el exceso (de bienes) le está robando a aquellos a quienes, por razón de su necesidad, le pertenecen realmente estos viene (ST II-II q. 67 a. 7c).
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Papa Pablo VI (1963-1978)
Cambio paradigmático en la Doctrina Social Católica sobre la propiedad privada: el desarrollo integral.
Con gran exactitud ha subrayado un eminente experto: ¨Nosotros no aceptamos la separación de la economía de lo humano, el desarrollo de las civilizaciones en que está inscrito. Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera” (Populorum Progressio 14 – cf. Louis-Joseph Lebret, 1897-1966, La Dinámica Concreta del Desarrollo, pp. 45-50).
Si para llevar a cabo el desarrollo se necesitan técnicos, cada vez en mayor número, para este mismo desarrollo se exige más todavía pensadores de reflexión profunda, que busquen un humanismo nuevo, el cual le permita al hombre moderno hallarse a sí mismo, asumiendo los valores superiores del amor, de la amistad, de la oración y de la contemplación (PP 20).
El bien común exige, pues, algunas veces la expropiación si, por el hecho de su extensión, de su explotación deficiente o nula, de la miseria que de ello resulta a la población, del daño considerable producido a los intereses del país, algunas posesiones sirven de obstáculo a la prosperidad colectiva (PP 24; cf. Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el Mundo de Hoy,” 71).
Es un humanismo pleno el que hay que promover. ¿Qué quiere decir esto sino el desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres? Un humanismo cerrado, impenetrable a los valores del espíritu y a Dios, que es la fuente de ellos, podría aparentemente triunfar. Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero, “al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano” (citando a Henri de Lubac, S.J., El Drama del Humanismo Ateo (PP 42).
Papa Juan Pablo II (1978-2005)
Es necesario recordar una vez más aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca social, es decir, posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes (Encíclica Sollicitudo Rei Socialis 42).
Papa Benedicto XVI (2005-2013)
Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar estos golpes a su puerta, debido a una conciencia incapaz de reconocer lo humano (Encíclia Caritas in Veritate, 75).
Papa Francisco (2013-presente)
Los pobres son el evangelio (Reunión con los dirigentes de la CLAR, la Confederación Latinoamericana de Religiosos, junio 10, 2013).
No puede ser que no sea noticia que muera de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” que, además, se promueve, Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son “explotados” sino desechos, “sobrantes” (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 53).
La Iglesia ha reconocido que la exigencia de escuchar este clamor brota de la misma obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros, por lo cual no se trata de una misión reservada sólo a algunos: “La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas”(Cita de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis Nuntius, XI, 1. Agosto 6, 1984). En este marco se comprende el pedido de Jesús a sus discípulos: “¡Dadles vosotros de comer!”(Mc 6: 37), lo cual implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza” (Evangelii Gaudium, 188).
La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde (Evangelii Gaudium, 189).
Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga “su primera misericordia”. Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener “los mismos sentimientos que Jesucristo” (Filipenses 2: 5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una “forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia”. Esta opción – enseñaba Benedicto XVI – está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. “Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen muchos que enseñarnos . . . Es necesario dejarnos evangelizar por ellos” (Evangelii Gaudium, 198).
El principio de subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por lo tanto, el derecho universal a su uso es una “regla de oro” del comportamiento social y el “primer principio de todo el ordenamiento ético-social” (Cita de Juan Pablo II, Laborem Exercens, 19). “La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada” (Cita de Juan Pablo II, Centesimus Annus, 31) – Laudato Si, 93.
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Los migrantes: testimonio escriturístico
No oprimirás ni maltratarás al emigrante, porque ustedes fueron emigrantes en Egipto (Éxodo 22: 20).
Cuando un emigrante se establezca entre ustedes en su país, no lo opriman. Será para ustedes como uno de sus compatriotas: lo amarás como a ti mismo, porque ustedes fueron emigrantes en Egipto. Yo soy el Señor, tu Dios (Levítico 19: 33-34).
No defraudarás el derecho del inmigrante . . . (Deuteronomio 24: 17).
¡Maldito el que cometa injusticia contra el emigrante, el huérfano o la viuda! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén!
D: Reflexiones teológicas sobre el Año Jubilar como peregrinación de la esperanza
El pueblo de Israel peregrinó asiduamente a Jerusalén durante siglos. La ciudad de Jerusalén está situada sobre dos montes: hacia el sureste, el Monte Sion, unos 770 metros de altura; hacia el noreste, el Monte Moria, uno 730 metros, sitio del Templo de Jerusalén. De cualquier parte de Palestina de donde procedieran los peregrinos, el viaje a Jerusalén presuponía un ascenso, una subida.
Durante siglos, las vertientes de las montañas resonaron con los Salmos de Ascenso (Salmos 120-134), cantados por los peregrinos que ascendían las difíciles laderas que rodeaban a Jerusalén. Son salmos que hablan, entre otras cosas, de esperanza y confianza filial:
Clamé al Señor en mi aflicción
y él me respondió (Salmo 120)
Levanto la vista hacia las montañas:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
Mi auxilio viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra (Salmo 121)
Me alegré cuando me dijeron:
“vamos a la casa del Señor”
Ya están nuestros pies
a tus puertas, Jerusalén (Salmo 122)
Nuestro auxilio está en el nombre del Señor
que hizo el cielo y la tierra (Salmo 124: 8).
Los que siembran entre lágrimas Cosecharán entre cantos de alegría (Salmo 126: 5).
Desde lo más profundo te invoco, Señor.¡Señor mío, escucha mi voz! (Salmo 130: 1-2).
Señor, mi corazón no es orgulloso,
ni mis labios altaneros:
no me preocupo de cosas grandes
ni maravillosas que me superan.
Al contrario, tranquilizo y acallo mis deseos,
como un niño destetado en brazos de su madre,
como un niño destetado, así está mi alma ante el Señor (Salmo 131: 1-3).
Peregrinar es siempre, por naturaleza, un peregrinar en esperanza –de ahí se colige la lógica del nombre que Francisco ha querido dar a los peregrinos a Roma en este Año Jubilar de 2025: Peregrinantes en la esperanza. ¿Qué clase de esperanza? La esperanza que define el corazón de los peregrinos a la Ciudad Santa, al Templo, define por anticipación la esperanza de todos aquellos que han viajado, y viajan, a los sitios sagrados, bien sea Jerusalén, Santiago de Compostela, Maria Laach, Lourdes o Guadalupe, donde la presencia de Dios se les puede hacer manifiesta, profunda, íntima, de un modo especial.
Jesús fue peregrino –y no hablo aquí solamente del sentido trinitario: el Hijo abandona su sitio a la derecha del Padre para peregrinar entre nosotros, como uno de nosotros, plena y totalmente. Hablo de Jesús en su ministerio público, siempre de viaje «a los otros pueblos» (Marcos 1: 38), a tierra de extraños, de paganos (Marcos 7: 24-30), y en definitiva, según el relato de los Sinópticos, en jornada audaz y decisiva, de Galilea a Jerusalén (Lucas 9: 51), culminando su jornada en su «hora», «amando a los suyos hasta el final» (Juan: 13: 1), según el relato del Cuarto Evangelio.
La peregrinación de Jesús es un devenir hacia el Padre, por tanto, es un caminar pleno de la esperanza que el Padre le hará justicia, que el Padre le dará el poder sobre la muerte, y, sobre todo, confirmará su misión de hacer presente, en su propia persona, el Reino de justicia, compasión y amor.
Ya desde el temprano medioevo la ciudad de Roma se percibía como una nueva Jerusalén. Las invasiones de Palestina por las tribus árabes de filiación musulmana, y luego por los turcos otomanos, hicieron las peregrinaciones a Tierra Santa más riesgosas.
Francisco ha propuesto como dos de las metas a desear este Año Jubilar la eliminación de la pena de muerte y la eliminación de la deuda de los pueblos más vulnerables. Son dos temas firmemente enraizados en la Doctrina Social Católica. Esto nos define el propósito y la actitud de los peregrinos romanos como algo - ¡mucho! – más que una simple práctica de devociones prescritas – más bien, es una peregrinación que conlleva el compromiso con el Evangelio de Jesús – con el Evangelio que ES Jesús – con la justicia y la compasión . . .
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Al momento de escribir estas líneas, existe una creciente tensión entre el profetismo de Francisco, denunciando las deportaciones masivas, y la administración actual (es importante decir que, además del programa de deportación, el gobierno ha suspendido fondos de USAID, que proveía ayuda a muchos pobres y hambrientos, sobre todo en países extranjeros – medida que fue denunciada por un funcionario del Vaticano, que argumenta que este corte de ayuda resultará en «la muerte de millones de personas» – No pienso tratar este problema con extensión, otros contribuyentes de este número de El Ignaciano tendrán dicho análisis a su cargo.
Por lo tanto, este Año Jubilar tiene un cierto reto especial: al peregrino comprometido se le pide la audacia, el riesgo, la subversión de compromiso con la justicia, con la compasión y el amor del Evangelio – conlleva el riesgo del rechazo, de la persecución social y política, de la exclusión . . . Pero, es, al fin y al cabo, el Año Jubilar de la esperanza, y la esperanza cristiana se apoya en la confianza en el Dios de Jesucristo, el Dios cuyo amor deshace intrigas del odio y el rechazo . . .
Es el año donde se nos invita a esperar lo que solamente el cristiano comprometido puede esperar: el amor imposible, omnipotente en su impotencia, fuerte en su vulnerabilidad, triunfante en la derrota –allí donde el odio no puede prevalecer, donde solamente la compasión y el amor tienen la última palabra.
Sixto García es Doctor en Teología Sistemática y Nuevo Testamento. Al presente, es profesor jubilado de «St. Vincent de Paul Regional Seminary», donde permanece como Senior Lecturer, y profesor de la «Escuela Diocesana de Formación» de la diócesis de Palm Beach. Editor Emérito y asiduo colaborador de El Ignaciano, recibió en junio de 2023 el «Virgilio Elizondo Award» 2023.
