El Ignaciano / Diciembre 2024

San Francisco de Asís, hombre de fe extraordinaria y alma de niño

Helio J. González

Cuando terminé de escribir mi primer artículo sobre la vida de San Francisco, se me pidió continuarlo, pues la vida de este santo es tan extraordinaria que en unas pocas páginas era imposible describir todas sus facetas. Decíamos que la pobreza fue su estilo de vida, estilo que ha contagiado, por siglos, no sólo a aquellos integrantes de los movimientos franciscanos, sino a todos los cristianos, no importa el tipo de espiritualidad que cada uno tenga en la vida de la Iglesia. ¡Qué fe la de Francisco! Hijo de un próspero comerciante de telas, y, por consiguiente, formando parte de una familia acomodada, cambió su vida para vivir en la más estricta pobreza. Pero hay una faceta especial en San Francisco que puede hacer que además de esa fe extraordinaria que lo caracterizaba, podamos ver en él, su alma de niño, y es el amor que tenía por los animales.

Hay muchas anécdotas de la relación especial que Francisco tenía con los animales. El grabado nos muestra la interrelación entre Francisco y un ruiseñor, que resume el amor entre el Santo y todos los animales, no importa si se trata de un pajarillo, o de un lobo, animal caracterizado por su fiereza.  Repasemos este rasgo fundamental de su vida.

Decía él: «Los animales son mis hermanos y yo no me como a mis hermanos». Esta frase se ha hecho famosa a través de los siglos, y resume la relación y el cariño que Francisco tenía hacia los animales. Y estos lo reciprocaban. Se dice que él hablaba con los animales y que ellos le entendían, y se considera que es la primera persona en promover a todos los seres vivos como criaturas de Dios. Es por ello que la Iglesia celebra a San Francisco de Asís, como patrono de los animales, de los veterinarios y de los ambientalistas, condición que le dio el papa San Juan Pablo II en el año 1980.

Evidentemente, su nombramiento como patrono de los animales se debía a su devoción por las criaturas. Los registros históricos indican que cuando decidió dejar su vida de riqueza, se dejaba ver acompañado por animales a quienes llamaba «hermanos pequeños». También, durante sus días de oración y meditación, se rodeaba de animales. Se cuenta de él, que todas las especies le escuchaban y obedecían sus órdenes, entre ellas las golondrinas, que lo seguían en bandadas y formaban una cruz por encima del lugar donde él predicaba.

Cada 4 de octubre, día de la conmemoración de la muerte de San Francisco de Asís, cientos de personas católicas acuden a la iglesia con la finalidad de que bendigan a sus mascotas.

Quizás la historia más famosa de San Francisco es la de cuando domó al lobo que aterrorizaba a la gente de Gubbio, ciudad italiana, situada en Umbría, en la actual provincia de Perugia. Mientras Francisco se encontraba en esa ciudad, se enteró de un lobo tan voraz, que no solo mataba y se comía a los animales, sino también a las personas. Según la historia, en la oscuridad húmeda y solitaria del bosque, el enorme lobo se abalanzó sobre Francisco en cuanto vio que el santo se acercaba a su guarida. Al estar frente al lobo, Francisco le dice: «Ven aquí, ¡hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie». El lobo se acercó a él mansamente. Entonces, Francisco le promete que los pobladores de Gubbio lo cuidarán y alimentarán hasta sus últimos días a cambio de que él nunca más los ataque ni a ellos ni a sus rebaños.

Otra faceta de San Francisco a través de las leyendas populares es la que cuenta que cuando el diablo venía a hacerle daño, el santo se deshacía de él azotando el aire con la cuerda que llevaba atada a la cintura. Al hacer ese gesto, se organizaba en el cielo una enorme tormenta de rayos y truenos que hacía huir al demonio. A este suceso se le conoce como «El cordonazo de San Francisco» y ese término es el nombre tradicional que se le da a un fenómeno meteorológico relacionado con fuertes lluvias, vientos y tormentas eléctricas que ocurre entre los meses de septiembre y octubre en algunos países, como Colombia, Costa Rica, Ecuador, España,​ México, Nicaragua, Panamá y Venezuela. ​Entre marineros, el cordonazo de San Francisco también indica un período de tormentas marítimas.

San Francisco acostumbraba a predicar a las aves que se reunían a su alrededor. Su amor por la naturaleza era tan grande que llegó a componer un cántico para agradecer y alabar a Dios por toda la creación:

El cántico de las criaturas de San Francisco de Asís

Altísimo y omnipotente buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, especialmente en el Señor hermano sol, por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor, de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo, por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor por la hermana agua, la cual es muy humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche, y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sostiene y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y sufren enfermedad y tribulación; bienaventurados los que las sufran en paz,

porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.

Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor y denle gracias y sírvanle con gran humildad.

No quiero terminar esta semblanza, sin referirme a lo realizado por San Francisco en la Navidad de 1223, tres años antes de su muerte, en Greccio, un pequeño pueblo junto a un acantilado en el Lacio italiano. Un hombre, para el que lo más importante era la nobleza de espíritu, de nombre Juan, amigo de Francisco, es llamado por éste, quien le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno».  Inmediatamente, Juan corrió y preparó en el lugar señalado por Francisco, lo que éste le había indicado.

Al llegar el día, y ver Francisco todo lo que se había preparado, se sintió muy feliz: pesebre, con buey y asno incluidos, y el heno correspondiente. Se percibía pues la pobreza del nacimiento de Nuestro Salvador, y su extraordinaria humildad, convirtiéndose el lugar en un nuevo Belén. Francisco, de pie ante el pesebre, reboza de alegría, igualmente toda la gente que llegaba al lugar para contemplarlo. Himnos y cantos resuenan en esa noche resplandeciente. ¡Qué alegría! Se celebra entonces la misa, en medio de un júbilo extraordinario. Francisco viste los ornamentos de diácono (pues nunca llegó a ser sacerdote) y predica. Cada vez que iba a nombrar a Jesús, le dice «el Niño de Belén». Se suceden las curaciones de enfermos.

Este lugar fue posteriormente consagrado como templo del Señor, construyéndose un altar sobre el pesebre, y se dedicó una iglesia. A partir de este momento, comenzó la hermosa tradición de lo que se han llamado, los nacimientos, los pesebres, o los Belenes, en todas partes del mundo cristiano.

 Podríamos escribir muchas más páginas sobre este santo excepcional, pero considero que con estos dos artículos podemos formarnos una idea de su vida excepcional, que nos entusiasme para leer su biografía completa.

Sólo me queda mostrar una frase de San Francisco que podríamos hacer nuestra, ofreciéndosela al Señor día a día:

 ¡Señor mío, Jesucristo! Te doy gracias por tanto honor y caridad como muestras hacia mí.

Helio J. González es Ingeniero en Telecomunicaciones, miembro de la Organización de Caballeros Católicos, Unión #4 de san Juan Apóstol, Florida.