El Ignaciano / Septiembre 2024
San Francisco de Asís y la pobreza como estilo de vida
Helio J. González
El siglo XII fue un tiempo de cambios históricos, comenzaron las Cruzadas, la población crecía y con ello el comercio y las ciudades. Aunque el campo seguía siendo el elemento fundamental de la economía, con base todavía en un modo de producción feudal, y no podemos decir que hubiese una transición clara del feudalismo al capitalismo, ya se vislumbraba éste, a través del desarrollo impetuoso del comercio en comparación con los siglos anteriores. La nobleza y el clero seguían siendo los elementos dominantes de la sociedad en esta Europa todavía feudal, pero los hombres de negocio, los artesanos, los profesionales liberales y los artesanos, comenzaban un ascenso social imparable. La Iglesia Católica, como centro religioso del cristianismo en el continente, no pasó por alto este movimiento, por su influencia sobre la misma. Muchos de sus ministros fueron blanco de la crítica, pues se preocupaban más por su economía y sus relaciones políticas que por vivir el ejemplo de Jesucristo.
Giovanni di Pietro Bernardone nació en Asís, Italia, alrededor de 1181/1182, a finales del siglo XII. Hijo de un próspero comerciante de telas que viajaba constantemente a Francia por su negocio, Giovanni di Pietro no conoció la pobreza, todo lo contrario. Su padre lo apodó Francesco, por lo que se cree era su gusto por Francia, aunque también se dice que su apodo se debió a la afición de Francisco por el francés, idioma que le gustaba hablar, aunque nunca pudo hacerlo a la perfección. Educado de acuerdo con su posición social, aprendió también latín, lengua que leía y escribía. Vivía una vida de correrías con sus amigos, no reparaba en gastos en su compañía y daba muy buenas limosnas a los pobres. En su juventud, no se interesó ni por los negocios de su padre ni por los estudios. Le gustaban las tradiciones caballerescas. En otras palabras, quería ser un hombre de éxito, como correspondía a su estatus social.
¿Y qué pasó? ¿Cómo ocurrió el cambio en su vida que lo llevó a vivir en la más estricta pobreza? Cuando Francisco tenía alrededor de veinte años, las ciudades de Asís y Perugia eran rivales. Hubo guerra entre ellas y en noviembre de 1201 Francisco fue hecho prisionero, estuvo preso por todo un año y, al recobrar la libertad, cayó enfermo de gravedad. La enfermedad fortaleció su espíritu. Al recuperarse, se alistó en el ejército para combatir.
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Terminada su etapa como militar, al volver a su antigua vida, sintió que la misma había cambiado. Identificó el momento de su conversión con el encuentro con un leproso cerca de Asís. En aquel día de gracia, de repente se dio cuenta de que un leproso era un ser humano como él, creado por Dios por amor, y por Dios, amado incondicionalmente; además de la limosna, le dio un beso. Entonces comprendió que la batalla espiritual comienza con la mortificación y la lucha por vencer a los instintos. Comenzó a orar fervientemente, vendió sus bienes y empezó a vivir en la pobreza, de acuerdo a los valores evangélicos. Hasta ese momento, él mismo no creía haber sabido exactamente el camino que tomaría su vida en lo adelante, por lo que seguía reflexionando y orando cada vez más y más, al punto de que un día cuando sus amigos le preguntaron si iba a casarse, él respondió que sí, sólo que la novia era tan noble, rica y buena, que no había otra como ella, era algo muy especial, se refería a la pobreza.
Visitaba hospitales, atendía a los enfermos, regalaba a los pobres ropa y dinero. Un día, la imagen de Jesucristo le habló desde un crucifijo: Francisco sintió que Cristo le pedía que reparara a su Iglesia, que estaba en ruinas. Él pensó que se refería a la iglesia de San Damián; vendió su caballo y unas ropas de la tienda de su padre, y fue decidido a repararla. Ya en la misma, le ofreció al sacerdote su dinero y le pidió que le permitiera quedarse a vivir en la iglesia; éste le dijo que podía quedarse a vivir allí, pero que no podía aceptar su dinero.
Su padre fue a buscarlo, pero no lo encontró, pues Francisco se había escondido. Comenzó a orar y a ayunar durante unos días, y al regresar al pueblo, estaba tan mal vestido y desfigurado que las gentes comenzaron a burlarse de él, no podían comprender que ese fuese Francisco. Ya en su casa, su padre lo castigó, lo golpeó, le puso grilletes en los pies y lo encerró en una habitación, de la que fue liberado por su madre; él escapó y fue a refugiarse a San Damián. Su padre fue a buscarlo para que volviera a su casa, o de lo contrario lo desheredaría, y además tenía que pagarle todos los vestidos que había tomado de su tienda para darlos a los pobres. Eso no era un problema para él, pues como dijo a su padre, su vida era de Dios y de los pobres. Fue obligado por su padre a ir con el obispo de Asís, quien le dijo: devuelve el dinero y ten confianza en Dios. Francisco, entonces, devolvió la ropa que llevaba puesta, a su padre, y tomó un viejo vestido que le regaló el obispo, le pintó una cruz con un trozo de tiza y se lo puso.
Vivió ejemplarmente una vida religiosa simple y austera, pedía lo mismo a sus seguidores de la orden religiosa fundada por él, bajo la autoridad de la Iglesia, cimentada en el voto de pobreza, cuyos miembros, conocidos con el nombre de «monjes mendicantes», renunciaban a poseer bienes de su propiedad. Sufrió los estigmas de la cruz de Cristo, visibles y externos, primer caso reconocido por la historia. Su ejemplo y el de los monjes de su orden fueron decisivos para que el pueblo católico se apartara de la opulencia.
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Participó en la reconstrucción de iglesias y capillas. En la capilla de la Porciúncula, a la que amaba, recibió la revelación definitiva de cómo debía ser su obra. Las palabras del Evangelio de San Lucas: «No lleven bolsa, ni saco, ni sandalias. Y no traten de hospedarse donde algún conocido» (Cap. 10 – Ver. 4) fueron la fuente que le hizo cambiar su afán de reconstruir iglesias y capillas por la de la austeridad y la predicación del Evangelio. Predicaba la penitencia, sus palabras llegaban al corazón de todos, les saludaba con amor, «La paz del Señor sea contigo». Ya la Gracia de Dios actuaba sobre él, concediéndole los dones de profecía y de hacer milagros.
En 1209, ya con 12 discípulos, Francisco quiso presentarse ante el papa Inocencio III, para tratar de lograr la aprobación de la primera regla de la orden; logró tener la audiencia y, a pesar de que varios cardenales estaban en contra de crear la orden, el cardenal Juan de San Pablo lo apoyó, logrando, en una segunda audiencia que se considerara la aprobación de su hermandad de pobres. El papa, intuyendo que con la ayuda del ejemplo de Francisco la imagen de la Iglesia se reforzaría después de varios años, aprobó la regla verbalmente.
La predicación de Francisco dio lugar a que Clara de Asís lo siguiera. Cuando Clara tenía 18 años, Francisco acudió a la iglesia de San Giorgio de Asís para predicar durante la cuaresma. Clara, después de escucharlo, sintió en su interior una llama que encendió su corazón y pronto le suplicó a Francisco que la ayudara a vivir también «según el Evangelio», logrando él que ella y su grupo pudieran establecerse en San Damián, fundándose así la segunda orden franciscana, su rama femenina, conocida como Segunda Orden, u orden de las Clarisas.
San Francisco murió el 3 de octubre de 1226, a la edad de 44 años, en Asís, y fue canonizado el 16 de julio de 1228, apenas dos años después de su muerte, por el papa Gregorio IX. Santa Clara murió en Asís el 11 de agosto de 1253 y fue canonizada el 26 de septiembre de 1255 por el papa Alejandro IV.
La biografía de San Francisco de Asís es muy rica, y este trabajo trata solamente de hacer una mínima introducción que nos permita comenzar a conocer los frutos de su legado. San Francisco de Asís ni siquiera se hizo sacerdote. Qué nivel de espiritualidad tan elevado la de este hombre santo y humilde, que sólo se hizo diácono; decía que se sentía indigno de llegar a ser sacerdote. En cambio, inició un movimiento espiritual significativamente importante dentro de la estructura canónica de la Iglesia, el de la Orden de los Frailes Menores (OFM).
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Oración de San Francisco de Asís
Hazme, Señor, un instrumento de tu paz:
donde haya odio, ponga yo amor,
donde haya ofensa, ponga yo perdón,
donde haya discordia, ponga yo unión,
donde haya error, ponga yo verdad,
donde haya duda, ponga yo la fe,
donde haya desesperación, ponga yo esperanza,
donde haya tinieblas, ponga yo tu luz,
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
Oh, Maestro, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar,
ser comprendido como comprender,
ser amado como amar.
Porque dando se recibe,
olvidando se encuentra,
perdonando se es perdonado,
y muriendo se resucita a la vida eterna.
Helio J. González es Ingeniero en Telecomunicaciones, miembro de la Organización de Caballeros Católicos, Unión #4 de san Juan Apóstol, Florida.
