Se va…, se van… ¡se fueron!

Una mirada dolida y esperanzada sobre la emigración de los cubanos

Jesús Fernando Marcoleta Ruiz

«Zarpa otra vez, airosa, la nave de los locos,
a bordo, amotinada, la espléndida tristeza».
Luis Lorente

Según se afirma, poco después de que se levantaran las restricciones por la pandemia de Covid-19, salieron de Cuba en el periodo de un año y con múltiples destinos más de 495 mil cubanos, de ellos, 334 mil hacia los Estados Unidos de América.

La mayor parte de los que emprendieron su viaje hacia «el Norte» emplearon una vía llena de riesgos y peligros. Para pagar los cuantiosos gastos por concepto de pasaportes, servicios consulares, pasajes y coyotes hasta alcanzar la frontera entre México y EE. UU., vendieron en la isla todo cuanto pudieron, casas, automóviles, artículos del hogar, ropas. En ocasiones, se movilizaron familias completas con sus niños pequeños y, al no encontrar como solventar todos los egresos necesarios para completar la aventura, se endeudaron antes de llegar a su destino. 

No es la primera vez que los habitantes de este paraje, llamado «la llave del Golfo» y «antemural de las Antillas», se van. En los albores del proceso de conquista y colonización de las Américas, una vez se dio la voz del oro en Norte, Centro y Sur América, muchos alistaron sus alijos y despoblaron la ínsula. Más tarde, cuando fraguaban en las guerras por la independencia de España sus ansias de libertad, otro tanto se vio forzado por la penuria económica o por la persecución anti sediciosa a tomar brújula hacia arriba. Pruebas irrefutables, huellas imprescindibles se rastrean con facilidad en ciudades de la Florida como Ybor City, Tampa y Cayo Hueso.

Pero una vez instaurada la República el 20 de mayo de 1902, la parábola se invirtió, no sólo regresaron muchos cubanos, sino que se estableció un puente inmigratorio, de manera que viajaron y se asentaron aquí miles de hombres y mujeres provenientes de todas las regiones de España, y se hizo más fuerte la presencia de norteamericanos, ingleses, alemanes, sirios, libaneses, judíos. Un ajiaco de españoles, africanos, chinos y de tantos lugares para conformar una nación de alma buena, a veces indiscernible. 

Sin embargo, luego del triunfo revolucionario de 1959, con su posterior declaración de afiliación comunista, el río de entradas prácticamente se secó para dar origen a un desangramiento que por más de sesenta años ha puesto, según las cábalas más conservadoras, a más de dos millones de los hijos de esta patria allende sus mares. 

Ha habido estampidas muy célebres, como la de Boca de Camarioca en 1965, la del Mariel en 1980 y la de 1994, conocida como «el maleconazo», por la turbulencia social que la precedió y que se desarrolló fundamentalmente en el emblemático Malecón de La Habana. Sin embargo, la fuga de 2022 ha roto todos los records, de manera que, ni sumando los emigrados de los eventos anteriores se supera la cifra de este último año.

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Voy a cumplir mi sexta década de vida, crecí y he vivido en este ambiente de amigos que se marchan, de familiares que salen, de casas que eran inventariadas y al partir sus propietarios selladas y confiscadas con todo lo que tenían dentro. De pérdida del centro de trabajo o de estudio, de personas que se veían obligadas a laborar en el campo o en talleres de artesanía, sin importar su ocupación o calificación, hasta que le llegara la salida.

Las despedidas, entonces, no eran lo que son hoy. En aquellos años, los que decidían alzar vuelo quedaban «marcados y señalados» políticamente. Los padres abrazaban a sus hijos sin la esperanza de volverlos a ver y los hijos sabiendo que era la última visión de sus padres. Y se perdía prácticamente todo: casa, alhajas, recuerdos familiares, bóvedas en los cementerios, dinero en el banco, amigos, comunidad cristiana de referencia.

Hoy resulta curioso observar cómo vuelven muchos, luego de meses de ahorro, a gastar con la familia y amigos. Llama la atención que regresen los que lograron entrar en los EE. UU. probando su miedo creíble. Todo ha cambiado. El cubano ha cambiado, alguno lo considera antropológicamente dañado. 

Las condiciones de vida, salud, de emprendimiento económico, de libertad de expresión son harto difíciles en Cuba. La mayoría opina que antes que oponerse o buscar vías y soluciones y pagar con la propia libertad, es mejor salir del país. Generaciones se esperanzaron con cambios que fueran más allá de la cosmética, y decepcionados de no verlos y sabedores de que existe una sola vida se van, sobre todo los más jóvenes, los mejor cualificados, los que no han permitido que le apaguen la calidez de sus sueños.

La repercusión en la vida de la Iglesia católica y, hasta donde conozco, en el quehacer de otras denominaciones cristianas podría ser ya devastadora. Las comunidades se nos vacían, se han ido los jóvenes, familias enteras, catequistas, misioneros, personal altamente instruido que servía en proyectos de Cáritas o en el entramado burocrático de las curias diocesanas.

Se nota sobremanera en las comunidades más pequeñas. Se nos viene el mundo abajo cuando la mujer de confianza que llevaba la sacristía y la economía nos dice: me voy. Cuando el carpintero del pueblo que nos hacía los mantenimientos, o el mecánico automotriz, o el plomero o fontanero se van.

Se nos une el cielo con la tierra cuando el intensivista de confianza que atendía a los sacerdotes y religiosas y a  cuanto anciano le remitíamos emprende el itinerario norteño o de cualquier otro punto donde pueda ganar mejor, comer mejor, vestir mejor, viajar sus sueños, procurar un futuro para los hijos y no temer ser detenido, interrogado, enjuiciado y condenado a años de cárcel por expresar su pensamiento discordante.

Sostener un consejo parroquial de pastoral, calificar a un catequista, o a un misionero, o a un animador de comunidad puede llegar a ser un proceso largo y arduo que en días se deshace, construir -hasta fundar- una comunidad, y de la noche a la mañana, los fantasmas de la ausencia.

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Pero quizás lo que más duela -a mí me lacera- es la salida de los pastores y de los diáconos permanentes.  Cuando un sacerdote cubano hace la maleta, queda un pozo de pesar. Se toca, palpa la ausencia, se extrañan sus carismas, sus posibilidades, su hechura de bien y bondad en medio de una sociedad que por años proclamó el odio y la lucha de clases como un motor impulsor de su desarrollo.

Una vocación sacerdotal en Cuba es un milagro de la misericordia divina que quiere vencer todo el carácter de la muerte con los que están llamados a portar, como ninguno otro, el carácter de la vida.

Comunidades, varias, muchas sin sacerdotes, sin eucaristía, sin bautizos, sin confesiones, sin confidente, sin consejero, sagrarios abandonados, edificios vacíos todo el año con algún anuncio: «Misas los terceros jueves de mes». El lobo llega. Como dijo Bernanos, «donde falta un sacerdote florecen cien brujos». 

Las emigraciones masivas y tan extendidas en el tiempo también retan a las estructuras pastorales de ambas orillas. En la otra costa se vive la ausencia, el desarraigo, la incertidumbre, el ser un extraño para siempre, el deseo de volver algún día, la sed de experimentar a Dios en tierra propia. Me gustaría llegar a ver mejor dibujada la opción misionera.

De la diáspora cubana hacia los Estados Unidos y hacia otros países, casi siempre se cuenta sus éxitos y realizaciones. Existe un gen cubano que lo impulsa desde una lontananza secreta a levantarse de la nada, empuñar las herramientas y soñar horizontes. Allí donde se dan las oportunidades trabajan duro, sin descanso, se ayudan y reconocen mutuamente. ¿Qué fue la ciudad de Miami en los años cincuenta del siglo pasado, a donde se podía volar por veinticinco pesos cubanos desde el aeropuerto de Varadero, y qué es hoy sino el emporio de un exilio que se vio obligado a quemar las naves y echar pie en tierra? La opción era diáfana: la vida o la vida. 

Pero poco a poco ha ido emergiendo la historia del sufrimiento de centenares de presos y presas políticos que en más de sesenta años han encontrado en los Estados Unidos de América un refugio seguro. Quizás el emigrante cubano no ha tenido los grandes ecos mediáticos que otros como, por ejemplo, los naufragios cerca de la isla de Lampedusa en el Mediterráneo; pero miles de los nuestros, en una cifra quizás para siempre incalculable, han perdido la vida intentando cruzar el estrecho de la Florida en embarcaciones de una precariedad espeluznante. 

Enciendo la luz de la esperanza y sé que un día esta realidad y las causas que la engendraron tendrá que acabar y que la misma comunión de intereses de tanta cubanidad habrá de tender puentes a situaciones nuevas, distintas, sorprendentes. 

Jesús Fernando Marcoleta Ruiz es sacerdote desde 1997, nació en 1963 en Cárdenas, Cuba, donde hizo sus estudios de primaria, secundaria y preuniversitaria. Estudió Agronomía y Derecho en las universidades de Matanzas y de La Habana, respectivamente. Realizó su formación sacerdotal en los seminarios de Santiago de Cuba, de La Habana y de Sto. Domingo, en la República Dominicana. Ha sido párroco de Varadero y de Camarioca, y actualmente es Canciller del Obispado de Matanzas.