P. Martin Lenk, S.J.
En este breve artículo quisiera preguntar primero cómo la sinodalidad está presente en la obra de San Ignacio y cómo interactúa con la espiritualidad ignaciana, para después trazar solo algunas líneas sobre la importancia de la sinodalidad en la vida de la recientemente creada provincia jesuítica del Caribe.
San Ignacio de Loyola termina su librito de los Ejercicios Espirituales con las conocidas reglas para «Sentir en la Iglesia» (EE 352-370). Ignacio escribe que «para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener» hace falta en primer lugar tener un «ánimo aparejado para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo nuestro Señor, que es nuestra santa madre Iglesia jerárquica» (EE 352s). A continuación, Ignacio declara que debemos alabar lo que la Iglesia recomienda y da algunas reglas especiales para precaver contra los errores de su tiempo y culminar en la alabanza del temor de Dios que tiene como fin a llevarnos al amor divino.
¿Cuáles reglas para Sentir con la Iglesia nos recomendaría Ignacio hoy?
En el tiempo de San Ignacio, la Iglesia se dividió en diferentes denominaciones y podemos ver estas divisiones entrelazadas con la vida de San Ignacio: el 20 de mayo de 1521 Ignacio fue gravemente herido en la batalla de Pamplona, cinco días después, -el 25 de mayo de 1521- el edicto de la Dieta de Worms, encabezado por el emperador Carlos V, declaró a Martin Lutero hereje y prófugo. El mismo Martin Lutero había abandonado la Dieta unos días antes. En 1534, recibieron San Ignacio y sus primeros compañeros la ordenación sacerdotal; el mismo año el rey de Inglaterra, Enrique VIII, publicó su acta de supremacía, declarándose supremo jefe de la Iglesia en Inglaterra. En 1541, pronuncian San Ignacio y sus compañeros sus votos en la Iglesia de San Pablo Extramuros en Roma y nace la Compañía de Jesús; el mismo año, Juan Calvin, que había estudiado en Paris en el mismo Colegio de Montaigu que Ignacio, proclama en Ginebra una nueva orden eclesiástica cimentando otra división más de la Iglesia.
El sentido más profundo de las reglas para sentir con la Iglesia es la unión de la Iglesia, siguiendo el deseo de Cristo que ora al Padre antes de morir: «Te pido que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti» (Jn 17,21). El signo visible y palpable de esta unión de la Iglesia en la historia es la comunión con el Romano Pontífice. Queda claro para Ignacio que quiere que su Compañía «milite para Dios bajo la bandera de la Cruz, y sirva al solo Señor y la Iglesia, su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra» (Fórmula de la Compañía de Jesús n. 1).
Parece que «sinodalidad», por un lado, y «jerarquía», por el otro lado, son dos principios opuestos dentro de la lógica de la Iglesia. Y, sin embargo, también parece que hoy, si escuchamos a la jerarquía de la Iglesia y, sobre todo, al papa Francisco, tenemos que alabar, defender y promover la sinodalidad de la Iglesia, porque, más que nadie el papa Francisco está promoviendo una renovación y transformación sinodal de la Iglesia católica. Entonces, la reglas para sentir con la Iglesia deberían ser, sobre todo, un «sentir con la Iglesia sinodal». Posiblemente, ha sido precisamente la falta de un sentir más sinodal que ha llevado a tantas divisiones en la Iglesia. Por otro lado, será fundamental tener el verdadero sentido sinodal, porque de otra forma podría ser fruto de nuevas divisiones. En sus palabras de inauguración del Sínodo sobre la Sinodalidad, el papa Francisco dijo: «Reitero que el sínodo no es un parlamento, que el Sínodo no es un sondeo de las opiniones; el Sínodo es un momento eclesial, y el protagonista del Sínodo es el Espíritu Santo. Si no está el Espíritu, no habrá Sínodo». Un sínodo en analogía a nuestros parlamentos sería sin duda fuente de formación de fracciones, grupos y partidos, y por ende más fácil un instrumento de división que de unión.
Por esto, me parece importante que debemos ver los dos principios, sinodalidad y jerarquía, no como dos posibles opciones que piden sacrificar una a favor de la otra, sino como dos principios necesarios e imprescindibles para la Iglesia. Entre las dos debe haber un equilibrio. Este equilibrio implica una tensión, pero -para utilizar una imagen conocida- hay que tensar las cuerdas para tocar la guitarra y para que salga una melodía. O, con otra imagen, el trapecista tiene que tensar la cuerda entre las dos torres para poder caminar sobre ella, si se suelta de algún lado y pierde la tensión, se va a caer. La Iglesia verdadera necesita las dos, la sinodalidad y la jerarquía, necesita el principio pneumatológico y el principio encarnatorio. Y, naturalmente, tenemos que aplicar el principio pneumatológico también a la Iglesia como jerarquía y el principio encarnatorio a la Iglesia como sinodal. Lo cierto es que el ministerio ordenado y jerárquico es un don del Espíritu, pero naturalmente los dones carismáticos para la edificación de la Iglesia no se agotan ahí, y por supuesto la Iglesia en cada uno de sus miembros es presencia del Cuerpo de Cristo en la historia.
El papa Benedicto XVI en sus publicaciones teológicas sobre la Iglesia ha advertido una y otra vez la importancia de una eclesiología que no parte únicamente desde la encarnación, sino que sea también pneumatológica. En este sentido, lamenta el desarrollo medieval: «…la Iglesia ya no se concibió pneumática-carismáticamente, sino exclusivamente a partir de la encarnación y, en consecuencia, como cerrada terrenalmente y, por fin, se explicó partiendo de las categorías del poder del pensamiento profano» (Introducción al cristianismo, parte III, cap. 10). Una eclesiología sinodal parte de los dones del Espíritu Santo que son derramados sobre todo el cuerpo de la Iglesia (cf. por ejemplo 1 Cor 12). El Espíritu Santo está activo en la historia de la salvación y especialmente en la Iglesia, comenzando por las celebraciones, los sacramentos, en todo bautizado y confirmado, en el anuncio profético de la verdad y en la acción de amor hacia los más necesitados. En este sentido, el sentir con la Iglesia sinodal es un sentir con la presencia activa del Espíritu Santo en la Iglesia.
Quizás no es por casualidad que sea un papa jesuita quien insiste tanto en la sinodalidad de la Iglesia. El sentido de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio es «buscar y hallar la voluntad divina» (EE 1), y para esto ofrece meditaciones, oraciones y reglas, para discernir y conocer la voluntad de Dios y para hacer «buena elección» (cf. EE 169ss). En esto, Ignacio está convencido de que Dios se puede comunicar directamente con el ejercitante, lo que este necesita es discernir esta comunicación de Dios (cf. EE 15). Entre otros ejercicios, San Ignacio ofrece para conocer la voluntad de Dios dos series de reglas para el discernimiento (cf. EE 313-336). De ahí se conoce a San Ignacio como maestro del discernimiento. Podemos decir que su convicción de que Dios se puede comunicar directamente al ejercitante tiene una dimensión pneumatológica o, dicho en lenguaje moderno, es una idea «existencialista» e «individualista», a la cual se añade como necesario correctivo la dimensión histórica salvífica de la vida de Jesús y la comunitaria del Sentir con la Iglesia.
En cada tiempo, la Iglesia tiene que preguntarse por la voluntad de Dios, hay que discernir y tomar decisiones. La sinodalidad de la Iglesia es un elemento importante para buscar y hallar la voluntad de Dios para hoy. Es evidente que para la toma de decisiones a todos los niveles se deben tomar en cuenta diferentes dimensiones eclesiales: la dimensión sinodal, la dimensión jerárquica, y la dimensión histórica-salvífica. No se podrá encontrar la voluntad de Dios sin tomar en cuenta la historia y la revelación de Dios en Cristo, en la Escritura y la Tradición. Al mismo tiempo, hay que tomar en cuenta que Dios sigue hablando hoy y no solo habla a través de la jerarquía, sino a través de todo miembro del pueblo de Dios. El Vaticano II nos recuerda en Lumen Gentium, la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, que no solo el papa cuando proclama ex catedra anuncia infaliblemente la verdad, sino que también el pueblo de Dios participa «de la función profética de Cristo… La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo, no puede equivocarse cuando cree…» (Lumen Gentium 12). El concilio continúa explicando este sentido de la fe: lo comunica el Espíritu Santo a todo el pueblo de Dios.
Podemos decir que la Iglesia tiene que ser sinodal básicamente por dos razones:
1.- Para encontrar la voluntad de Dios.
2.- Para ponerla por obra
La Iglesia tiene que obrar y actuar como Iglesia sinodal porque en su esencia es sinodal como la comunidad de los bautizados en la fe. En esta comunidad no debe haber espectadores mudos y pasivos, sino cada uno forma parte de la comunión y participa en la misión.
Esto no es nada nuevo, ya que desde siempre ha sido así, pero en nuestro tiempo supone esto un nuevo énfasis en la presencia del Espíritu Santo en la vida y la acción de la Iglesia, que naturalmente vale para sus diferentes instancias y niveles.
Lo que tiene que quedar claro es que un proceso de discernimiento sinodal no es un juntarse para votar sobre un tema, incluye a todo el pueblo, pero no es un proceso de una democracia parlamentaria. El proceso de discernimiento es más bien algo que se asemeja mucho a los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y lo podemos comparar con la lógica de sus cuatro semanas:
- Lo primero -en analogía con la primera semana de los Ejercicios Espirituales de Ignacio-, es la purificación y la búsqueda de la indiferencia. Para buscar la voluntad de Dios tenemos que hacernos libres de nuestros prejuicios, inclinaciones y decisiones ya tomadas. Si entramos a un proceso de discernimiento con la decisión ya tomada, no habrá discernimiento. Lo mismo puede suceder en un proceso sinodal. Puede ser que ya tenemos claro de antemano lo que queremos y -más o menos inconscientemente identificamos nuestra opción con la voluntad de Dios. Entonces, vamos a entrar al proceso sinodal solo para defender o imponer nuestra opinión. El sínodo se degrada como un instrumento para que se logre lo que yo quiero. Para poder escuchar tengo que ser libre, sobre todo libre de mis afectos desordenados.
- Lo segundo, será la escucha. Solo después de «purificarnos» y hacernos «indiferentes», tenemos la libertad y disposición necesarias para la escucha. Tenemos que escuchar al Espíritu Santo y, para esto, tenemos que escuchar a los otros, a los que a lo mejor habitualmente no se escucha, hay que escuchar a los que tantas veces no tienen voz en nuestra sociedad y a veces tampoco en la Iglesia. Es un momento de oración individual y en común. De conversación espiritual y de diálogo. Leemos la escritura, conocemos los documentos y experiencias. Tenemos que estar abiertos a escuchar también aquello que no queremos escuchar. Sería normal que se expresen opiniones diferentes, a veces contradictorias. ¿Qué es lo que Dios nos quiere decir? Ignacio habla de tres tiempos para hacer elección, es decir tres maneras de cómo discernir lo que Dios nos quiere decir (cf. EE 175-178).
- El primer tiempo es cuando Dios habla con toda la claridad. Hay cosas que no se pueden ni deben dudar. Ahí no cabe discusión. Son evidentes. No cabe discutir todo, las verdades de la fe tenemos que aceptarlas, si estamos en la Iglesia.
- El segundo tiempo es cuando experimentamos consolación y desolación, entendiendo que consolación es todo lo que nos «inflama en amor a Dios, todo aumento de esperanza, fe y caridad», lo que nos ayuda a servir a Dios y a los demás, a hacer el bien (cf. EE 316), y desolación, naturalmente, es lo contrario. Es decir, consolación es mucho más que un «sentirse bien», es algo que nos lleva a un magis a un grado mayor de entrega y de servicio a Dios y a los demás.
- El tercer tiempo es la aplicación de la razón a los diferentes argumentos a favor y en contra. Vemos que el Espíritu Santo obra en todas las dimensiones del ser humano. Lo que es contrario a la razón, difícilmente podría ser del Espíritu de Dios, pero más allá de la razón está el corazón y está la palabra que el mismo Señor nos dirige.
- Después de tomar una decisión hay que llevarla a la experiencia pascual. San Ignacio nos invita a contemplar en la tercera semana de los Ejercicios la pasión y la muerte de Cristo y, en la cuarta semana, la alegría de la resurrección. Tenemos que llevar las decisiones a la prueba de la cruz y de la resurrección. La voluntad de Dios no será simplemente lo que más nos gusta o lo que sea más fácil o más cómodo, lo que consigue más likes. La voluntad de Dios siempre tendrá una dinámica hacia lo mejor, lo que más conduce a su servicio y alabanza, lo que nos lleva a un amor más grande a Cristo, a los pobres, a su creación y esto podrá ser muchas veces lo más difícil. El mayor amor incluye la dimensión de la cruz. Si la cruz y el amor por la cruz están ausentes, abandonaremos nuestras opciones rápidamente en las dificultades. El papa Francisco, una y otra vez, nos ha advertido de los peligros de la mundanidad espiritual. Las opciones no pueden nacer de deseos de prestigio, de poder, o de aplauso. El grano de trigo tiene que morir para dar fruto, pero después dará fruto en abundancia. Si la decisión realmente es de Dios, se verá después -no necesariamente en lo inmediato- en el fruto en abundancia, fruto de resurrección, tema de la cuarta semana de San Ignacio. Y esto fruto, en última instancia, será otra vez un más de amor, de acción de gracias y de alabanza.
Una última reflexión: ¿Qué importancia puede tener para nosotros, la Provincia del Caribe de la Compañía de Jesús, la sinodalidad? Lo Congregación General 36 que se celebró en 2016 insiste en tres características de la manera de actuar y de proceder de los jesuitas en nuestro tiempo: Discernimiento, Colaboración y Trabajo en Redes (CG 36, d2, 3-8). Son tres características con sabor a sinodalidad o más bien que pueden y deben ser frutos de una vivencia más sinodal.
La nueva provincia del Caribe se encuentra en este momento trabajando en Miami, Cuba, Guyana, Jamaica y República Dominicana y desde el nuevo Centro Caribeño de Espiritualidad en Trinidad se tiene una incidencia en las diferentes islas del Caribe Oriental. Frente a esta «dispersión» necesitamos algo que nos una y el trabajo en redes se impone. La misma división en diferentes países e islas del Caribe nos invita a una estructura sinodal. Esta estructura se materializa en las cuatro secciones de la provincia. Cada sección tiene un superior y un consejo apostólico que agrupa a los responsables de las diferentes áreas de pastoral de la sección. Se busca establecer diferentes redes pastorales en los cuales pueden y deben estar presentes laicos y laicas. La toma de decisiones debe nacer de un proceso más sinodal, es decir, en un proceso de discernimiento en el cual, naturalmente, el superior o director al final tiene la última palabra y la responsabilidad, pero no puede ni debe confiar solo en su discernimiento personal, tiene que involucrar a los demás en el proceso de discernimiento.
Un elemento imprescindible de la acción es la colaboración. Solos no podemos, junto con otros podemos llegar donde debemos llegar. Necesitamos la colaboración entre las diferentes obras de la Compañía en una sección y más allá de las secciones. Necesitamos colaborar y ser colaboradores con laicos y laicas, con religiosos y religiosas de otras congregaciones. Es imposible responder a la misión de Cristo sin la colaboración de muchos. La misión no es nuestra, es de Dios que envía a su Hijo y al Espíritu Sant, y Cristo nos envía en este Espíritu al mundo. Todos participamos y colaboramos en esta misión. Esta misión de los jesuitas en el Caribe es un camino, pero sobre este camino no caminamos solos, caminamos juntos, con tantas personas; esto es el significado de «sínodalidad» –hacer camino juntos.
Martin Lenk, S. J.
El P. Lenk nació en Alemania donde estudió teología, fue ordenado sacerdote en 1985 y ha trabajado en el ministerio pastoral y a nivel diocesano con el cardenal Lehmann. Después de su doctorado en teología en Frankfurt, fue a la República Dominicana y allí entró en el noviciado jesuita en 1999. Fue profesor, rector del juniorado-filosofado y luego rector del Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó. También ha sido socio del Provincial y, desde 2019, es director de Fe y Alegría Dominicana.

