El Ignaciano / Diciembre 2024

Un jesuita entre el Padre Arrupe y la Congregación General 32

Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

    1. En primer lugar, El Ignaciano me pregunta: ¿Cuál cree usted que fue el mayor impacto en la Compañía de Jesús del pensamiento del Padre Arrupe desarrollado hace 50 años en la Congregación General No. 32?

Creo que el Padre Arrupe impactó la Congregación General 32 (CG 32) primero, con sus actitudes vitales y también con su esfuerzo por ayudar a la Compañía a encontrar un objetivo que enfocara, diera animación, orientación y sentido a sus múltiples proyectos apostólicos. Arrupe ayudó a rechazar el conformismo y junto con el Concilio Vaticano II y Juan XXXIII inspiró el tomar en serio los nuevos retos de aquel momento. Como en el caso del papa Juan XXIII, con su carisma y calidez humana, Arrupe generó a su alrededor un ambiente de propicio al diálogo sincero, el abrir ventanas y el aggiornamento.

La apertura de Juan XXIII (1958 – 1963) hizo posible que los documentos del Concilio Vaticano II no fueran papeles momificados, precocinados en la curia romana, sino que surgieran del encuentro, el diálogo y el intercambio de las convicciones vitales de los obispos del mundo entero bajo la inspiración del papa bueno que quería: «venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas».

La actitud de apertura de Juan XXIII no era una moda, sino la expresión de una veta central a su persona fraguada a lo largo de años de su ejercicio diplomático en países donde el catolicismo era minoría. El mismo Ángelo G. Roncalli no provenía de los engranajes de la maquinaria vaticana. Durante años (1925 – 1944) fue diplomático en posiciones de tercera categoría: Bulgaria, Turquía, Grecia. En 1944, fue enviado a París por sus dotes diplomáticas y bonhomía ante la situación de emergencia creada por la petición de Charles De Gaulle a Pío XII: deponer a decenas de obispos acusados de colaborar con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial recién finalizada.

Como se estilaba, los nuncios en París al concluir su gestión eran nombrados a una sede episcopal relevante y se les confería el capello cardenalicio. Así llegó Juan XXIII a ser patriarca de Venecia y cardenal. Nadie pensó que sería papa luego de la muerte de Pío XII (9 octubre, 1958).  Ninguna de las sotanas blancas disponibles en la curia vaticana para el posible papa le quedaba bien. Hubo que arreglar una sujetándola con alfileres.

Pedro Arrupe fue electo mientras ejercía su liderazgo en una remota provincia de la periferia asiática. Si consideramos a los 5 prepósitos generales que precedieron a Arrupe, desde Anderledy hasta Janssens, nos daremos cuenta de que, a diferencia de sus predecesores, Arrupe venía de «afuera», él fue «the general that came from the cold».

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Anton Anderledy, el vigésimo tercer general de la orden (1887 – 1892), había sido asistente del padre general Jan Beckx desde1870 y le acompañó en su exilio en Fiésole (1873).  Anderledy gozaba de la confianza de la universal Compañía, por eso fue nombrado vicario (1883–1887) con derecho a sucesión, y general. Su sucesor, el P. Luis Martín, había ayudado a Anderledy en el gobierno de la Compañía y organizó en Loyola, España, la CG 24 que lo eligió general en 1892. Gobernó hasta 1906.

Francisco Javier Werns, general entre1906 y1914, había sido Rector de la Gregoriana y distinguido Profesor de Derecho Canónico. Plasmó sus investigaciones en una obra de seis volúmenes. Sin fundamento,san Pío X sospechaba que era modernista. Murieron el mismo día, 20 de agosto de 1914, con horas de diferencia.

Wlodimir Ledochowski, general para los años 1915–1942, ya había tenido 16 votos de 72 para ser general en la Congregación General 25ª, que eligió a Werns. Entonces Ledochowski contaba apenas con 40 años y era el delegado más joven en esa CG.

Juan Bautista Janssens (1946-1964), elegido general ya en la primera votación de la CG 29ª, era una figura conocida y respetada en el viejo continente, pues había formado varias hornadas de tercerones provenientes de las provincias de Europa.[1]

En el caso de Arrupe, se pudiera decirse que durante sus años de formación (1927–1938) quiso ser «un jesuita en salida», por emplear un término de Francisco, es decir, todo su empeño era dejar atrás Occidente para salir a misionar en Japón.

Arrupe experimentó en carne propia la violencia de la exclusión y la vida a la intemperie: sufrió la expulsión de la Compañía de Jesús de España en 1931, fue preso y maltratado en Japón desde el 8 de noviembre de 1941 hasta el 12 de enero de 1942 por ser considerado espía y vivió la bomba atómica de Hiroshima acogiendo en su casa a sobrevivientes sin comprender el fuego que les quemaba y que ni él ni sus novicios lograban extinguir. Siendo Maestro de novicios, se esforzó por renunciar al estilo occidental de ser jesuita para inculturarse, valorando las riquezas espirituales de la cultura japonesa.

Sin preverlo, en su alocución (22 mayo, 1965) a los padres congregados, Maurice Giuliani, al ofrecer el perfil del padre general que la Compañía necesitaba en ese momento, dibujaba rasgos de Arrupe:

Una persona enteramente abierta al mundo que mantenga a la CJ en contacto permanente con él para hacerse cargo de sus procesos de cambio, sus aspiraciones y sus necesidades; que le presente continuamente las necesidades universales de la Iglesia, sintiendo con ella y aceptando con entusiasmo su impulso renovador, incorporándose  a él, a la vez que se empeña en la renovación de la CJ para servir mejor a Cristo en ella; que ame de tal modo la CJ que sea capaz de discernir rectamente en ella los impulsos vivos con los que puede responder a su vocación; que la lleve a fundar su apostolado en la pasión y resurrección de Cristo, mediante una sincera conversión y liberación del corazón, sin las cuales no hay verdadera eficacia.[2]

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No todo el mundo aprobaba el estilo de gobierno de Arrupe. Fue electo general mientras su gestión como provincial en Japón era evaluada por el gobierno central de la Compañía. El padre general Janssens había enviado a un visitador, el Padre George Kester, ex provincial de Indonesia. Durante dos años Kester investigó la gestión de Arrupe, que aceptó la engorrosa pesquisa de manera «humilde y bondadosa». Sus amigos más cercanos sabían cuánto le había afectado. Jamás se le cruzó por la menta al jesuita holandés que al concluir su informe sobre el gobierno de Arrupe como provincial de Japón, le tocaría entregar la investigación ¡al mismísimo Pedro Arrupe, ahora su superior general! El flamante general comentaba el hecho sonriendo y con estas palabras: «¡Pobre padre Kester…!»[3].

En sus dos intervenciones en el Concilio Vaticano II, Arrupe no defraudará a sus electores. Hablará desde una profunda actitud existencial crítica del modo en que la Iglesia llevaba adelante la evangelización. A la hora de responder al ateísmo (27 de septiembre, 1965) la Iglesia no se debe quedar solo a nivel intelectual de los «principios y los argumentos», sino que ha de descender a la dimensión «vital». La Iglesia tiene que preguntarse con honradez, ¿transmite lo que cree al mundo «de manera eficaz?».

Días más tarde, el 20 de octubre, disertando sobre «Cultura y misiones» en la asamblea de periodistas acreditados ante el Concilio, Arrupe expresaba una de sus actitudes que, a mi manera de ver, marcaría profundamente la Congregación General 32: «La evangelización ha de tomar al hombre como es, con sus culturas y valores humanos. No se debe llevar al Japón, o a otras regiones misionadas, la civilización y la cultura occidental, sino solamente la fe cristiana [...]. La Iglesia no sólo enseña, sino que también aprende de las diferentes culturas. Algunos pueblos orientales tienen valores de que, acaso, carecemos los occidentales. La Iglesia ha de respetarlos y conservarlos [...]. La Iglesia está abierta a todos los valores; ha de hacer la simbiosis de las culturas occidental y oriental. Jesucristo es el gran integrador de todo el mundo”. [4]  

En un clima de cordial apertura creado por el P. Arrupe, en los documentos de la Congregación General 32 cristalizaron experiencias y convicciones profundas de la universal Compañía de Jesús. Como lo recordaba el P. Román Espadas, S.J., años después, Arrupe consideraba la Congregación General 32 como «la decisión más importante de mi generalato». En una entrevista de prensa le adjudicó esta finalidad orientadora: la Congregación General 32 va a «investigar, determinar con precisión y fijar concretamente qué tipo de servicio ha de ofertar en el presente la Compañía a la Iglesia, frente a las violentas transformaciones del mundo».[5]

Como se sabe, esa misma congregación determinó para toda la Compañía este objetivo en el cual se plasmó la identidad del jesuita hoy: «Comprometerse bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige (y) elige la participación en esa lucha como el punto focal que identifica en la actualidad lo que los jesuitas hacen y son» (Decreto Jesuitas Hoy, 2-3).

Quisiera mostrar cómo los decretos de la Congregación General 32, cuyo estilo de franco intercambio estuvo marcado por el carisma del P. Arrupe, no fueron el invento de un afiebrado grupito de jesuitas «toreros» espontáneos, sino la profundización y cristalización de experiencias y convicciones fundamentadas de la universal Compañía nacidas al calor de la oración y el discernimiento durante años. Tomo como ejemplo dos reuniones cruciales: las Jornadas de Brasil de los jesuitas (mayo de 1968) y el Sínodo de la Iglesia católica del año 1971.

Ya en 1968 un grupo de superiores jesuitas reunidos en Río de Janeiro y presididos por Pedro Arrupe, determinaba para todos los jesuitas de América Latina una trayectoria sustentada en estas experiencias y principios nacidos de un sincero examen de conciencia de la labor de la Compañía. Es fácil ver, cómo la reunión de Río de Janeiro fue, en lo que respecta a la importancia de la relación fe-justicia, como un ensayo en pequeño de la futura CG 32. De ese examen de conciencia y principios para la acción florecerían más tarde en las grandes convicciones de los decretos de la CG 32. Resumo en nueve puntos las convicciones de este grupo de jesuitas reunidos junto al Padre Arrupe.[6]

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1. Dar al problema social prioridad absoluta.

“El problema social de América Latina (A.L.) es el problema del hombre mismo. La época que vivimos en A.L. es un momento de la historia de la salvación. Por eso nos proponemos dar a este problema una prioridad absoluta en nuestra estrategia apostólica” (No. 3).

2. La paz social se fundamenta en la justicia y ésta exige la transformación de las estructuras.

Hay un único medio para promover la paz social. Convencidos del clamor a la paz que surge de la humanidad entera, en medio de sus conflictos fratricidas, y fieles al espíritu evangélico que se expresa en la encíclica de Juan XXIII, cuyo título es significativo, Pacem in terris, nos comprometemos con todas nuestras fuerzas a promover «las transformaciones audaces que renuevan radicalmente las estructuras» (Populorum progressio, 32), como único medio de promover la paz social (No. 4).

3. Hemos de trabajar por unir la fe privada y la vida pública.

Los jesuitas reunidos en Rio buscaban «evitar la disociación que insinúa en la existencia de muchos cristianos: disociación religiosa entre la vida privada y la vida profesional o pública» (No. 5).

4. Esto exigirá cambios en las prioridades apostólicas. Concretamente, destinar más jesuitas al trabajo directo con las masas.

Será necesario «primero, desplazar una parte de nuestras fuerzas apostólicas hacia la masa innumerable y creciente de los abandonados» (No. 6).

5. Respecto de la educación, esto implica ofrecer oportunidades educativas a los marginados.

«En consecuencia, debemos trabajar vigorosamente para ofrecer las oportunidades educativas que permitan a los marginados, por medio de su igual acceso a la cultura, aportar a la vida nacional el valor de su talento» (No. 6).

6. El apostolado social nos servirá de meta orientadora.

«No basta desplazar una parte de nuestras fuerzas hacia las masas populares; deseamos que todas las formas de apostolado de la Compañía, sin perder su fin específico, se integren en el apostolado social» (No. 7).

7. Reconozcamos humildemente que hemos contribuido a una formación individualista.

«Hasta el presente, la mayor parte de nuestros alumnos han venido y vienen a nosotros en busca de una formación individual que asegure su porvenir dentro del presente orden social. Nosotros, de ordinario, hemos contribuido implícitamente a ese objetivo individualista y a sus prejuicios de clase (Carta P. General sobre Apostolado Social en América Latina). La situación de A.L. nos exige un cambio radical: infundir en nuestros alumnos primariamente una actitud de servicio a la sociedad, en cuya transformación deben colaborar, y una eficaz preocupación por los marginados, en cuya promoción deben trabajar” (No 7).

8. Hemos descuidado la formación de la conciencia de los adultos.

«En muchas regiones de A.L., la Compañía, absorbida por su apostolado con adolescentes y jóvenes, tal vez no se ha dedicado suficientemente a la formación de la conciencia de los adultos, que deben ser también los promotores del cambio social: intelectuales, empresarios, dirigentes sindicales, artistas, hombres de negocios, profesionales, hombres políticos. Debemos ayudarles a ser auténticos cristianos en su vida profesional y pública, o auténticos profesionales al servicio de la sociedad” (No. 8).

9. Buscamos una renovación profunda.

Deseamos «una renovación profunda de nuestro apostolado y de nuestra vida personal. No ignoramos que suponen de parte de los mismos Padres Provinciales una revisión en sus criterios de decisión» (No. 11).

Hasta aquí, he destacado intuiciones y vivencias de la reunión de Río (1968) que luego quedarían plasmadas en la Congregación General 32. Para mostrar que aquella Congregación y una de las preocupaciones centrales del P. Arrupe fueron fieles al magisterio de la Iglesia paso a citar el Sínodo de 1971 en su documento «La justicia en el mundo» del 24 de noviembre; allí leemos: «La acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva». [7]

El Padre José María Castillo recoge un aporte del Cardenal Tarancón en el Sínodo del 1971 acerca del sentido de justicia en el Antiguo Testamento: «La justicia no se plantea (en la Biblia) en términos de posesión o propiedad, ni se limita a dar a cada uno lo suyo (concepto romano-occidental), sino que se caracteriza por su empeño en la defensa eficaz del débil y del oprimido». Es fácil ver aquí el fundamento bíblico de la preocupación del P. Arrupe sobre los refugiados, servicio que institucionalizó en 1980. [8]

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2. En segundo lugar, El Ignaciano me pregunta: «¿Siente usted que eso [el pensamiento de Arrupe que marcó la Congregación General 32] ha influido en su vocación, en qué sentido y cómo se manifiesta en su actividad como sacerdote jesuita?».

La Congregación General 32 fue marcada por actitudes básicas y el pensamiento del P. Arrupe; Igual me sucedió a mí.

Entre las principales actitudes existenciales y pensamientos del P.  Arrupe que han marcado mi vida escojo seis que presento con mis propias palabras:

1. Es necesario conocer la realidad personalmente.

Al inicio de su generalato, el P. Arrupe viajó a aquellas áreas del mundo que conocía menos, así lo había hecho Paulo VI (1963 – 1978), el primer papa viajero. Entre 1977–1981 y 1982–1984 residí y serví en una parroquia pobre en Los Guandules, junto al Ozama en santo domingo, República Dominicana con un grupo de compañeros jesuitas, mujeres de vida consagrada y laicos extraordinarios; menciono los nombre de seis, ya difuntos: Luis Oráa , Alberto Morales, Jorge Cela, Carlos García Carreras, Tomás Marrero, José Fernández Olmo. Es necesario mencionar también a un grupo de laicos profesionales, asesorados por el entonces Hno. de la Salle Marcos Villamán, a varias religiosas Hermanas Apostolinas, Hermanas Carmelitas de Santa Joaquina de Vedruna y laicas consagradas Teresianas de Poveda.   

2. Tomar en cuenta respetuosamente la opinión de los que viven en carne propia un problema.

En el centro de estudios teológicos, Institut St. Albert (Eegenhoven) donde me formaron en Bélgica (1969–1972) se vivía una tensión: de un lado, estaban los que deseaban una metodología tradicional para enseñar la teología; del otro, los que querían una teología más bíblica y abierta a las grandes cuestiones de la actualidad. En mayo de 1970, al final de primer año, gracias a las gestiones de mi amigo, el P. Emilio Rasco, S.J., durante seis semanas trabajé como empleado en Roma. Como es tradicional, el P.  Arrupe me invitó a almorzar en su mesa en la curia junto a un grupo de jesuitas que visitaba Roma por primera vez. Terminado el almuerzo, me pidió: «Maza, ¿tiene unos minutos que me regale?». Fuimos a su oficina y allá me abordó: «Usted conoce las diversas posturas de su centro teológico respecto de la enseñanza de la teología, ¿qué haría usted en este caso?». Me sorprendió tanto su pregunta, por todo lo que suponía de respeto y consideración y me emocioné, pues recordé que Ignacio de Loyola hacía lo mismo en ocasiones. Ya no recuerdo qué le respondí. Ciertamente, que le conté que me gustaba el nuevo método y también me beneficiaba de las sabias orientaciones más tradicionales estilo «Gregoriana» de mi amigo Emilio Rasco, S.J., durante décadas competente y querido profesor de esa universidad, de cuyas sabias orientaciones me beneficié durante un año entero. Le conté lo contento que estaba con mis estudios y la calidad de mis profesores jesuitas belgas.

3. La mayor equivocación es no atreverse a hacer nada por miedo a equivocarse.

Arrupe siempre fue un hombre valiente. Se atrevió a caminar caminos nuevos. La misma CG 23 fue un acto de audacia: invitar a la universal Compañía a través de los delegados a encontrar un punto focal fiel a la fe que tomara en cuenta la dramática necesidad de justicia de nuestro mundo.

4. Vale la pena intercambiar profundamente con jesuitas de otros países que viven trabajos apostólicos similares.

Cuando tenía unos 16 meses trabajando en aquella parroquia de República Dominicana, viviendo en un rancho, el P. Arrupe promovió y financió una reunión de todos los jesuitas de Ecuador, Colombia, Venezuela, Centro América, México y República Dominicana que vivían insertos entre los pobres. Aquellas conversaciones en el verano de 1978 se prolongaron por varios días y fueron iluminadoras para todos los que asistimos. Entonces, mientras disfrutamos de la gentil hospitalidad venezolana, los compañeros de México y Venezuela, que nos llevaban años de experiencia, nos compartieron sus errores y aciertos. Juntos criticamos y evaluamos el trabajo de todos y gracias a esos intercambios sinceros nuestro trabajo ganó en profundidad y dirección.

5. Es necesario investigar históricamente las raíces de las posturas de un pueblo ante la fe para poder comprenderlas.

La Congregación General 32, en su decreto IV, No. 19, confirmó su deseo de continuar asumiendo la llamada de Paulo VI a la Congregación General 31 de enfrentar el ateísmo contemporáneo. Su toma de posición iba en la línea de Juan XXIII, el Vaticano II y las intervenciones de Arrupe en ese concilio y se pudiera resumir así: «Esta es la razón de que haya que anunciar el Evangelio con un vigor nuevo, y vuelva a poder ser comprendido» (CG 32, Decreto 4, No. 21).

Siempre me había intrigado descubrir los orígenes de una tendencia cubana de rechazo del catolicismo, especialmente durante la República (1902–1958 y ampliada, por diversos motivos durante la llamada «revolución» de1959 en adelante). Bajo la guía competente del Prof. José Manuel Hernández († 2017) de Georgetown University inicié en 1981 y he mantenido hasta el día de hoy, mis investigaciones y publicaciones sobre el catolicismo cubano en el siglo XIX, concretamente durante las guerras de independencia, en un intento de comprender e iluminar para otros esta importante veta del catolicismo cubano.

6. He tratado de presentar el Evangelio a adultos, jóvenes y niños adaptándome a sus situaciones.

A lo largo de los años, he divulgado de manera elemental y sencilla las intuiciones fundamentales de los Ejercicios Espirituales en cinco folletos. También he publicado folletos con orientaciones para momentos cruciales en las vidas de los jóvenes. En cada eucaristía, desde 1988, presento al final un cuento para los niños. Hacia el 2010, también empecé una breve reflexión para jóvenes.[9]

Agradezco a El Ignaciano haberme tenido en cuenta para esta encuesta; que pueda continuar su valiosa labor.

[1]Encargado de la etapa de formación llamada “la tercera probación” (1ª noviciado, 2ª magisterio, 3ª un período poco después de la ordenación sacerdotal y antes de los últimos votos).
[2] Urbano Valero, S.J., [Arrupe] “Al frente de la Compañía. La Congregación 31” en, Gianni La Bella (editor) 2007, Pedro Arrupe General de la Compañía de Jesús. Nuevas aportaciones a su biografía, 168
[3] Pedro Miguel Lamet, 2014, Arrupe. Testigo del siglo XX, profeta del XXI, 264 – 265. Para un resumen de las cualidades de Arrupe y sus principales limitaciones reconocidas por jesuitas cercanos a su persona, ver Urbano Valero, S.J., [Arrupe] “Al frente de la Compañía. La Congregación 31” en, Gianni La Bella (editor) 2007, Pedro Arrupe General de la Compañía de Jesús. Nuevas aportaciones a su biografía, 172 – 173.
[4] Pedro Miguel Lamet, 2014, Arrupe. Testigo del siglo XX, profeta del XXI, 264 – 265. Para un resumen de las cualidades de Arrupe y sus principales limitaciones reconocidas por jesuitas cercanos a su persona, ver Urbano Valero, S.J., [Arrupe] “Al frente de la Compañía. La Congregación 31” en, Gianni La Bella (editor) 2007, Pedro Arrupe General de la Compañía de Jesús. Nuevas aportaciones a su biografía, 172 – 173
[5]https://www.religiondigital.org/opinion/Congregacion-General-sacristia-foro-II_0_2398860115.html
[6] Para la llamada Carta de Río, ver:https://pedagogiaignaciana.com/biblioteca-digital/biblioteca-general?view=file&id=1012:reunion-de-los-provinciales-jesuitas-de-america-latina-con-el-p-general-pedro-arrupe-carta-de-rio&catid=8  Consultada 10 octubre, 2024.
[7] Cito según José María Castillo, Sínodo 1971, Cara y Cruz, Estudios Eclesiásticos 47 (1972) 23-38. Castillo se apoya en la versión cita en L’Osservatore Romano, edición semanal española del 12 de diciembre de 1971, p. 12-13.
[8] Cito según José María Castillo, Sínodo 1971, Cara y Cruz, Estudios Eclesiásticos 47 (1972) 23-38. Castillo se apoya en la versión cita en L’Osservatore Romano, edición semanal española del 12 de diciembre de 1971, p. 12-13.
[9] Algo de lo que he escrito está disponible en http: manuelmaza.net

Manuel Pablo Maza Miquel, S.J., PhD en Historia, Georgetown University, es profesor asociado de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, en Santiago de los Caballeros, República Dominicana.