El Ignaciano / Diciembre 2025

Vivencias de mi primer viaje a Cuba

Carlos Azcoitia

Antecedentes: las raíces de un éxodo

Mis padres tomaron la difícil decisión de salir de Cuba a finales de 1960, poco después de que el gobierno declarara su intención de seguir un modelo Marxistaleninista. Aquella decisión, que cambiaría el rumbo de nuestras vidas para siempre, fue promovida por mi tío Florentino Azcoitia S.J., un Jesuita de profunda fe que comprendía que nuestra libertad religiosa como católicos practicantes estaba en peligro inminente.

En aquel entonces, yo era apenas un niño de nueve años, estudiante del cuarto grado en el Colegio Belén. Mis padres no eran personas adineradas, pero vivíamos en un apartamento alquilado en Miramar. Mi madre dedicaba su vida al cuidado de nuestro hogar, mientras mi padre trabajaba como gerente general del Cubaneleco Yacht Club, muy cerca de nuestra vivienda. Con sacrificio, había dado un pago inicial para comprar un apartamento en construcción en Miramar, dinero que se perdería para siempre en el torbellino de los cambios políticos.

La partida fue escalonada.  Mi padre salió primero, enfrentando solo la incertidumbre del exilio. Luego le seguimos mi hermano mayor y yo, dejando atrás nuestra infancia. Finalmente, mi madre partió con mi hermano menor, cerrando el último capítulo de nuestra vida cubana. Aunque mi madre nunca estuvo de acuerdo con la dictadura de Batista, el advenimiento del comunismo aceleró nuestra partida.

Nuestro destino inicial fue Nueva York, donde teníamos familiares dispuestos a recibirnos. Durante un año y medio vivimos en Brooklyn enfrentando necesidades económicas que nunca habíamos conocido en Cuba. Mi madre, con su fortaleza inquebrantable, cuidaba niños en nuestro propio apartamento, mientras mi padre trabajaba en una tienda. Ninguno de los dos hablaba inglés, pero su determinación superaba cualquier barrera del idioma. Mi hermano y yo asistíamos a una escuela pública, adaptándonos a un nuevo mundo. Recuerdo cómo jugaba racketball en un parque del vecindario, donde les ganaba a todos los contrincantes mayores que yo gracias a las habilidades que había desarrollado jugando squash infantil en Cuba.

Después de un año, nos trasladamos a Puerto Rico, la Isla del Encanto, donde se encontraba mi tío Florentino en un seminario. Nuestro tío era más que una familia: era el eje espiritual y emocional de nuestra familia. Él nos animó a establecernos en Puerto Rico, donde viviríamos muchos años hasta que llegó el momento de partir a empezar estudios graduados en Chicago, abriendo otro capítulo en mi vida de inmigrante.

1

Reflexiones: el llamado del regreso

Durante toda su vida, mi madre me pidió con insistencia que no visitara Cuba mientras ella estuviera viva. «Me voy a preocupar mucho por tu seguridad», me repetía con voz firme. Sin embargo, me autorizaba a hacerlo después de su partida al cielo. Cuando mi querida madre cumplió cien años y partió en 2024, sentí que había llegado el momento de regresar a la tierra que me vio nacer habiendo honrado sus deseos.

En septiembre de 2025 decidí visitar la patria donde viví los primeros nueve años de mi vida. No sería un simple viaje turístico; sería una peregrinación semi-religiosa y humanitaria, un encuentro con mis raíces y una oportunidad para servir.

El primer día: enfrentando la realidad

El primer día de mi llegada no fue fácil. La Cuba que encontré me recibió con un apagón eléctrico que duró varias horas. Mi esposa y yo nos hospedamos en un Hotel-Convento administrado por las monjas Brigidinas, donde permanecimos cuatro días inmersos en un ambiente religioso profundamente conmovedor. Compartimos este espacio con otras personas que, como nosotros, venían a ayudar al pueblo trayendo bienes materiales que tanto se necesitan: medicinas, alimentos… y esperanza.

Encuentros con la fe en acción

Mi primera visita fue al Centro Varela, donde me reuní con el Padre Yosvany, un hombre extraordinario que mantiene viva una obra impresionante. Desde una escuela preescolar hasta talleres para emprendedores cubanos que luchan por abrir pequeños negocios en un contexto de oportunidades limitadas; el Centro Varela es un faro de esperanza. Le entregué al padre una contribución monetaria significativa proveniente de la organización Puente de Amistad, presidida por Manela Diez en Washington DC.

Otra visita memorable fue a la parroquia Jesuita de «Reina», donde me reuní con el padre Roque, quien dirige los Centros Loyola con una dedicación admirable. Estos centros ayudan al pueblo cubano con numerosas colaboraciones sociales y ayuda material, manteniendo viva la llama de la dignidad humana en tiempos difíciles.

Caminando por la memoria y el presente

Mi esposa y yo caminamos por toda la Habana Vieja y sus plazas emblemáticas. La arquitectura colonial seguía siendo hermosa, pero nuestros ojos no podían ignorar la pobreza que se desbordaba en las calles laterales: el deterioro de las construcciones centenarias, la acumulación de basura y desperdicios. Cada esquina contaba una historia de grandeza pasada y necesidad presente.

Un día decidí recorrer los lugares de mi niñez, esos espacios donde se forjó mi identidad. Visité la zona y el lugar donde vivía, la playa de la Concha y el parque de Coney Island, que ya no existe. Entré a la iglesia Jesús de Miramar, donde mi madre me llevaba todos los domingos. Pasé por el lugar donde mi padre trabajaba como gerente general, el Cubaneleco Yacht Club, ahora clausurado, un testigo de otros tiempos.

Otro día memorable visité la casa de mi abuela en Santo Suárez, ese lugar donde mi madre me llevaba semanalmente y donde yo jugaba sin preocupaciones en el parque de enfrente, ahora tristemente abandonado. El día siguiente me reuní con dos primas hermanas de mi madre, ya de avanzada edad, quienes nos deleitaron con historias entrañables de mi niñez. Sus rostros se iluminaban al recordar, y yo pude corresponder su amor llevándoles algunos recursos. Me impactó saber que estaban sin agua, dependiendo únicamente del agua almacenada en tanques en la azotea. En ese momento comprendí que lo que para nosotros es cotidiano, para ellos es un lujo escaso.

2

Varadero: belleza en medio de la adversidad

Siempre había oído hablar, aunque no recordaba personalmente, de la legendaria belleza de la playa de Varadero. Decidimos visitarla por una noche, hospedándonos con Loly Márquez, una anfitriona extraordinariamente amable que nos recibió en su hermosa propiedad frente al mar. Loly es integrante del grupo de música Nuestra América y está profundamente conectada con la iglesia católica. Su historia personal es un testimonio de resiliencia: a su familia le expropiaron su vivienda durante los primeros años de la revolución, pero ella logró mantener un pequeño domicilio frente al mar donde ahora recibe visitantes con los brazos abiertos.

Durante toda nuestra estancia, decidimos comer exclusivamente en restaurantes privados, una forma consciente de ayudar a los emprendedores y al pueblo, pagando siempre con dólares para contribuir directamente a su economía. Nuestra transportación fue facilitada por un taxista local increíblemente amable, un hombre con valores cristianos y de familia.  En cada conversación con él, descubría la dignidad del pueblo cubano que persiste a pesar de las circunstancias.

Despedidas que dejan huella

Durante nuestro último día, visitamos el imponente Capitolio, el Museo de Arte y el histórico Hotel Nacional. Pero lo más significativo no fueron estos monumentos, sino las despedidas personales que fueron emotivas. Nos despedimos de nuestro amigo Giancarlo, quien nos había ayudado a conocer los secretos de la Habana Vieja con entusiasmo y conocimiento. Le entregamos ropa y medicinas para su familia, sabiendo que estos recursos simples significarían un mundo de diferencia para ellos.

También dejamos parte de nuestros bienes a un anciano sin zapatos que siempre nos recibía con su amabilidad radiante en la entrada del Hotel-Convento. Su sonrisa desdentada pero genuina era un recordatorio diario de que la dignidad humana no depende de las posesiones materiales.

Epílogo: lecciones del corazón

Nuestra visita me trajo vívidos recuerdos de los primeros nueve años de mi vida. En ese aspecto, fue profundamente emotiva, una reconexión con las raíces que me formaron. Pero lo más conmovedor fue ser testigo directo de la lucha cotidiana de un pueblo noble que sufre y permanece estancado, sin acceso a los servicios básicos necesarios para tener una calidad de vida digna. Las personas enfrentan allí innumerables necesidades sin tener la esperanza tangible de un futuro mejor, viviendo día a día con una resiliencia que inspira y duele al mismo tiempo.

La interrogante que me inquieta es: ¿regresaré de nuevo? La respuesta no es simple. Quizás sea posible, pero solamente si puedo contribuir de manera significativa a mejorar la calidad de vida de un pueblo que sufre con dignidad. No quiero ser un mero turista de la nostalgia; quiero ser un instrumento de esperanza y cambio concreto.

Esta experiencia me ha enseñado que el verdadero regreso a casa no es solo físico, sino también espiritual. Es un compromiso con la justicia, la solidaridad y el amor práctico. Mi madre, que me protegió toda su vida, ahora me guía desde el cielo a vivir mi fe con acciones concretas.

Reflexión final: fe y acción

Concluyo con estas palabras que resumen mi sentir:

«¿De qué sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podría salvarlo esa fe? Supongamos que otros no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y les decimos solo de palabra: “Que te vaya bien; abrígense y coman”, pero no se les da lo necesario para su cuerpo. ¿De qué sirve eso? La fe, por sí sola, si no tiene obras, está muerta» (Santiago 2:14-17).

Este pasaje bíblico cobró vida durante mi viaje. Vi con mis propios ojos lo que significa tener fe sin obras: palabras vacías ante las necesidades reales. Pero también vi lo contrario: hombres y mujeres como el Padre Yosvany y el Padre Roque, como Loly Márquez y nuestro taxista amable, como Manela Diez y su Puente de Amistad que viven su fe transformándola en acción concreta y esperanza tangible.

Cuba me recordó que no basta con sentir nostalgia por el pasado o indignación por el presente. El verdadero homenaje a mis raíces, el verdadero honor a la memoria de mi madre centenaria es vivir con una fe que no solo siente, sino que actúa. Un corazón que no solo recuerda, sino que sirve. Un corazón que no solo lamenta, sino que ayuda.

Mi primer viaje de regreso a Cuba no fue el último capítulo de mi historia con la isla, sino el primero de un nuevo compromiso: ser puente entre dos mundos, ser instrumento de esperanza, ser fe viva en acción.

Carlos Azcoitia received his Doctorate in Education from the School of Leadership and Educational Policy with a major in Educational Administration from Northern Illinois University in DeKalb, Illinois. He was the Founding Principal of a new “Comprehensive Community School” concept on Chicago’s Little Village Neighborhood, tiene una larga trayectoria al frente de la reforma educativa:  served as Principal of John Spry Community School for 10 years, and was also the Deputy of Education for the Chicago Public Schools for several years". He has served or continues serving on the Boards of several organizations related to education. He has also been a keynote speaker and presenter in several countries and is the author of many published articles about school reform and has also previously collaborated with “El Ignaciano”. Currently, Dr. Azcoitia serves as Professor Emeritus in Educational Leadership at National Louis University.