Vivir es cambiar:

Comentarios sobre el cambio en las enseñanzas de la Iglesia

Por Raúl Arderí, S.J.*

Introducción

Hay una idea que se repitió en muchas publicaciones católicas sobre el documental Francesco de Evgeny Afineevsky, que fue estrenado en octubre del 2020 y abordaba la cuestión de la conveniencia de una ley civil que regule las uniones entre personas del mismo sexo. Estos comentarios tendían a subrayar que nada ha cambiado, la doctrina católica sigue igual y cualquier confusión al respecto es responsabilidad de algunos medios que sacan de contexto las palabras del papa, etc. Tal parecería que la palabra “cambio” se ha convertido en un tabú para ciertos círculos católicos, como si fuera automáticamente sinónimo de herejía. Una carta de la Secretaría de Estado vaticana que explica el contexto de las palabras de Francisco reafirma esta idea de una doctrina que permanece inalterada. Esto también podría interpretarse, aunque no necesariamente como veremos al final, de la respuesta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la no posibilidad de bendecir parejas homosexuales.

Un análisis sosegado de la historia nos muestra que no todo cambio ha significado una traición al Evangelio, sino que muchas transformaciones en la Iglesia han sido signos de vitalidad y fuentes de renovación, mientras que otras han terminado en conflictos y rupturas. La cuestión es discernir qué cambios son oportunos o en ocasiones imprescindibles y cuáles nos alejan del seguimiento de Jesús. El Concilio Vaticano II, por ejemplo, efectuó un auténtico cambio o renovación de la comprensión de la Iglesia y su misión en el mundo, gracias a un esfuerzo por volver a las fuentes (ressourcement) de la Tradición y prestar atención a los desafíos del mundo contemporáneo.

1 Una versión más reducida de este artículo fue publicada en noviembre del 2020 en: https://www.religiondigital.org/opinion/Raul-Arderi-tradicion-deposito-inmutable_0_2280971895.html
2 Una versión más reducida de este artículo fue publicada en noviembre del 2020 en: https://www.religiondigital.org/opinion/Raul-Arderi-tradicion-deposito-inmutable_0_2280971895.html
3 https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2021/03/15/res.html
4 Entendemos por Evangelio como sinónimo de toda la persona y del acontecimiento de Cristo, su buena noticia de salvación que incluye los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento, como testimonios privilegiados, pero es más abarcador.

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El presente artículo no está escrito desde la perspectiva de la teología moral y por lo tanto no aborda la cuestión de si la doctrina católica sobre las parejas del mismo sexo o la valoración de las personas con tendencias homosexuales debe cambiar. Desde la teología sistemática simplemente pretendo señalar cómo es posible entender el cambio en las enseñanzas de la Iglesia y constatar hasta qué punto este ha ocurrido en la comprensión del fenómeno de la homosexualidad.

¿Qué dijo el papa y qué consecuencias tiene?

Aunque no he visto el documental de Afineevsky, es público un fragmento de este en que el Papa dice en español: “Las personas homosexuales tienen derecho a estar en la familia, son hijos de Dios, tienen derecho a una familia y no se puede echar de la familia a nadie. Lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil, tienen derecho a estar cubiertos legalmente. Yo defendí eso.” Las dos últimas frases parecen señalar con muy poco margen de duda que Francisco apoya la unión civil entre personas del mismo sexo, aunque sin llamar a esta realidad un matrimonio. Un colaborador cercano al Papa en Argentina ha explicado que allí convivencia civil equivale a unión civil. Esta postura del Papa se remontaría incluso a sus años como Arzobispo de Buenos Aires. Las palabras de Francisco se desmarcan de un documento precedente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) en el 2003, que se opone claramente a tales proyectos. Se podría alegar que el Papa apela a las autoridades civiles para establecer mecanismos legales que salvaguarden los derechos de parejas del mismo sexo y por lo tanto esto no afecta la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio. Este razonamiento olvida que la CDF respaldó la actuación de los parlamentarios católicos contra tales iniciativas y por lo tanto las declaraciones del Papa implican un cambio que no puede ser ignorado. Evidentemente un documental o una entrevista no es el modo adecuado para que el papa explicite un cambio en la enseñanza de la Iglesia, pero al menos este muestra que la postura vaticana del 2003 no es la única posible y de hecho hoy Francisco piensa diferente.

5 Distinguimos entre Tradición en singular y tradiciones en plural. La segunda acepción corresponde a los usos o costumbres que han surgido a lo largo de la historia y que pueden ser modificadas en cada contexto. La Tradición en singular crea identidad entre la Iglesia apostólica y la actual y por ello tiene un carácter vinculante, aunque no puede ser reducida a un conjunto fijo de verdades.
6 Me refiero al Arzobispo de la Plata, Mons. Víctor Manuel Fernández.
7http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20030731_homosexual-unions_sp.html

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El cambio doctrinal

Actualmente las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo son consideradas ilegales en más de 70 países e incluso castigadas con la muerte en 5. En muchos otros estados no existe ningún marco jurídico para proteger los derechos de parejas del mismo sexo que pueden llevar muchos años de relación estable, pero que ante la muerte o enfermedad de uno de ellos no podrían siquiera ser testigos de la voluntad de su pareja ni disfrutar los bienes que poseen en común. El comentario del Papa nos invita a iniciar un diálogo en la Iglesia sobre las condiciones antes descritas y preguntarnos si corresponden a la dignidad inviolable de todo ser humano. Un católico puede estar en desacuerdo respetuoso con el Papa dando razones para ello, pero deberíamos superar una comprensión ingenua de la fe que sueña con el siempre se ha hecho así o imagina una doctrina inmutable a lo largo de 2000 años. El cambio en la Iglesia no debería sumirnos en el escepticismo radical de quien pone en duda todo de todos. Podríamos considerar la analogía del propio desarrollo de la conciencia personal y cómo las experiencias vividas nos van transformando sin que ello nos convierta en sujetos completamente distintos. Pablo usó esta comparación en el famoso himno a la caridad: “cuando era niño hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; al hacerme adulto abandoné las cosas de niño” (1 Corintios 13,11). No sería descabellado aplicar esta imagen no solo al creyente individual como lo hace el apóstol, sino a la entera comunidad cristiana (cf. 1 Corintios 3,1-3).

El Vaticano II describe la Tradición no como un depósito inmutable sino una realidad viva que progresa gracias a la experiencia de los fieles, la investigación de los teólogos y las enseñanzas del magisterio. Cada uno de ellos bajo la acción del Espíritu, quien es el verdadero impulso vital de la Iglesia (Dei verbum 8). Cada uno de estos tres actores: fieles, teólogos y obispos tiene un aporte específico que ofrecer para hacer progresar la comprensión del Evangelio. Ninguno de ellos es superfluo y a ninguno de ellos debería ser ignorado en este diálogo sinodal, con el riesgo de empobrecer todo el proceso. Los laicos poseen una “síntesis viva” del evangelio gracias a la vivencia de la fe en medio de la vida cotidiana. Esto no significa, ni es a menudo posible, que ellos lleguen siempre a una opinión unánime sobre las implicaciones de la fe en el ámbito secular, dando lugar a un legítimo espacio de pluralidad en la Iglesia (Gaudium et spes 43). Lo propio de la reflexión teológica es la capacidad de explicar la fe de manera plausible y con ello contribuir al anuncio evangélico. A menudo el sentido de la fe (sensus fidei) de un determinado grupo de fieles permanece a nivel implícito y por lo tanto el teólogo debe articularlo a la luz de la Escritura, la Tradición, los aportes de otras ciencias humanas y en diálogo con la comunidad académica. Por su parte, los obispos como pastores y maestros del Pueblo de Dios tienen la misión de guiar este proceso de diálogo y decir la última palabra al respecto. La ordenación episcopal no borra la condición bautismal ni la necesidad de conversión personal para ser testigos creíbles del mensaje que anuncian. El oficio episcopal no implica necesariamente el carisma de la reflexión teológica sino del liderazgo pastoral, por lo que para ejercer adecuadamente el oficio de enseñar se deben tener en cuenta los aportes de los teólogos y escuchar las necesidades de los fieles y sus intuiciones. Hasta este punto parecería que el progreso de la Tradición es simplemente un proceso intraeclesial, como si el Espíritu solo trabajase al interno de la Iglesia o ella fue su propietaria exclusiva. El Concilio también enseñó que la misma Iglesia se enriquece en el diálogo con el mundo contemporáneo. El diálogo entre la Iglesia y el mundo exige que ella no solo enseñe y corrija, sino que también aprenda e incluso enmiende algunas de sus posturas anteriores (Gaudium et spes 44).

Tenemos que discernir y purificar las verdaderas motivaciones para modificar o reafirmar una enseñanza eclesial. Ningún cambio debería estar animado por el deseo inmaduro de oponerse a todo cuanto existe o por el espíritu complaciente de “quedar bien” ante una generación dejando de anunciarle los valores del Evangelio que muchas veces resultan incómodos. Se podría aplicar a esta idea la famosa sentencia: una Iglesia que se casa con la mentalidad de una época está condenada a quedarse viuda en la siguiente. Análogamente la permanencia de una doctrina no debería obedecer al empecinamiento de un grupo eclesial o al miedo de enfrentar nuevas preguntas optando por permanecer en la seguridad del terreno conocido. Tales posturas crean una iglesia con complejo de víctima, encerrada en una torre de marfil y ajenas a las necesidades del mundo que percibe como enemigo. La Tradición (del latín traditio) de la Iglesia solo es tal cuando es posible entregarla o transmitirla (tradere) efectivamente de una generación a otra. Como expresa el teólogo norteamericano Jared Wicks, guardar el depósito (cf. 2 Timoteo 1:14) “no es mantenerlo inalterado, sino aplicarlo fructuosamente a la vida de cada época. La transmisión de la revelación implica adaptación a nuevas necesidades y lleva a nuevas percepciones del don original.” Una vez purificadas las falsas motivaciones de la rebeldía adolescente, el afán de complacencia, la obstinación en los propios criterios y el miedo a enfrentar nuevos desafíos, nos queda como auténtico motor del desarrollo doctrinal el deseo de comprender mejor el Evangelio de Jesús para ofrecerlo a nuestros contemporáneos.

8 Jared Wicks, “Depósito de La Fe,” ed. René Latourelle, Rino Fisichella, and Salvador Pié-Ninot, Diccionario de Teología Fundamental (Madrid: San Pablo, 1992), 302.

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Un ejemplo, hoy evidente, de una profundización en el mensaje evangélico que motivó el cambio en las enseñanzas de la Iglesia se encuentra en la valoración de la dignidad humana y el rechazo a toda forma de esclavitud. Estas ideas tienen como precursor al apóstol Pablo para quien Cristo supera las barreras que dividen la humanidad. “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos son uno en Cristo Jesús.” (Gálatas 3:28) Sin embargo, en la carta a Filemón, el mismo Pablo se abstiene de pedir la libertad de Onésimo, probablemente un esclavo fugitivo, junto a los demás esclavos de la familia. Que el cristianismo abogara por una abolición general de la esclavitud podría resultar impensable en una sociedad como la romana. Onésimo es un hermano para Pablo y así lo recomienda a Filemón. Usando un juego de pronunciación en griego, el antiguo fugitivo pasa de ser descrito como inútil (achrēston) o sin-Cristo (posible sonido de la palabra) a ser considerado como útil (euchrēston) o un buen-Cristo (cf. Filemón 11). El Apóstol, no obstante, es incapaz de desarrollar todas las consecuencias en el plano legal de esta nueva condición. Todavía en el siglo XIII el gran teólogo Tomás de Aquino justificaba la imposibilidad para los esclavos y las mujeres de acceder al ministerio ordenado porque ambos se encontraban en una condición subordinada y por lo tanto no podían representar a Cristo como cabeza de la Iglesia. Análogamente durante el periodo colonial los jesuitas cubanos poseíamos ingenios azucareros y esclavos para financiar nuestros colegios. A pesar de la autoridad teológica de Tomás y una práctica de siglos, sería escandaloso hoy apoyar la esclavitud y no estar a favor de su eliminación en todas partes por constatar en ello un grave pecado. El reconocimiento práctico de la plena dignidad de las mujeres ha requerido un camino mucho más largo y no menos doloroso. Solamente en 1934 las mujeres cubanas tuvieron derecho a votar y solo en 1963 el papa Juan XXIII reconoció en la encíclica Pacem in terris como uno de los signos de nuestro tiempo la participación de ellas en la vida pública con iguales derechos y deberes que los varones.

La Iglesia ha cambiado, cambia y puede seguir haciéndolo en su comprensión del mensaje evangélico. Ello no significa relativizar la buena noticia para estar a la moda o rechazar arbitrariamente todo lo que nos legaron las pasadas generaciones cristianas. La Iglesia cambia precisamente por fidelidad a Jesús que no es un cadáver del cual se puede disponer, guardar y conservar bajo siete llaves, sino el eterno viviente que viene a nuestro encuentro en cada persona y cada acontecimiento. El mismo Señor prometió a sus discípulos el Espíritu Santo que les recordaría sus palabras y les guiaría hasta la verdad plena que ahora no podían entender (cf. Juan 14,26; 16,13). Vida y cambio están unidos inseparablemente, negarse a lo segundo implica necesariamente rechazar lo primero. Uno de los grandes teólogos del siglo XIX, san John Henry Newman, lo expresó en su obra Essay on the Development of Christian Doctrine porque brotaba de su propia experiencia de converso del anglicanismo al catolicismo: “En un mundo superior puede ser de otra manera, pero aquí abajo, vivir es cambiar y ser perfecto es haber cambiado muchas veces.”

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Cambios en la comprensión eclesial del fenómeno de la homosexualidad

Es siempre más fácil y menos comprometedor para el teólogo reflexionar en abstracto sobre el desarrollo de la comprensión del evangelio o citar ejemplos de siglos pasados donde se hayan verificado tales cambios, que evaluar críticamente el momento presente. En este apartado queremos mostrar, sin entrar en el ámbito de la teología moral, como se ha modificado en los últimos tres decenios la comprensión eclesial de la homosexualidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) aprobado en 1992 define como “depravaciones graves” y actos “intrínsecamente desordenados” a las relaciones entre personas del mismo sexo, aunque reconoce su ignorancia sobre el origen psíquico de este fenómeno (n. 2357). Para emitir este juicio moral el documento se remite a las enseñanzas de la escritura en el pasaje de Sodoma y Gomorra (Génesis 19, 1-29) y a tres textos en las cartas paulinas (Romanos 1, 24-27; 1 Corintios 6, 10; 1 Timoteo 1, 10). También se apela a una postura constante de la Tradición de la Iglesia que condena tales actos por ser contrarios a la ley natural, estar cerrados al don de la vida y no proceder de una verdadera complementariedad efectiva y sexual. Estas relaciones no pueden gozar, según el Catecismo, de una aprobación en ningún caso, por lo que las numerosas personas con tendencia homosexual estarían llamadas exclusivamente a una vida casta (que en este caso significa célibe) abrazando la cruz de Cristo (Cf. nn. 2358 – 2359). Aunque las inclinaciones homosexuales son “objetivamente desordenadas” el Catecismo aboga por la acogida, el respeto y condena “todo signo de discriminación injusta” hacia estas personas (n. 2358). 

Los estudios exegéticos actuales muestran cómo la lectura del Catecismo de los textos bíblicos puede evolucionar. Una obra importante en este sentido es el itinerario de antropología publicado del 2019 por la Pontificia Comisión Bíblica, un organismo dependiente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En la misma se concluye que el pecado de Sodoma y Gomorra, a pesar de una lectura superficial y común, no reside en prácticas homosexuales sino en la falta de hospitalidad y el ejercicio de la violencia contra el forastero. No existen en las tradiciones narrativas de la Biblia, incluyendo los cuatro evangelios, indicaciones concernientes a la homosexualidad como un comportamiento prohibido, tolerado o fomentado. Solo en la literatura legislativa del Antiguo Testamento (Levítico 18, 22) y en las cartas paulinas que hemos mencionado podemos encontrar tal referencia, siempre bajo la etiqueta de pecado. En las conclusiones de este apartado del documento se propone una exégesis inteligente que evite simplemente repetir literalmente las formulaciones de los autores bíblicos (e implícitamente los rasgos culturales de su contexto) y busque más bien salvaguardar los valores que estos textos promueven.

La Exhortación Apostólica Amoris Laetitia (AL) publicada el 2016 por el Papa Francisco puede ser considerada una nueva etapa en la relación de la Iglesia con familias que poseen en su seno personas con tendencia homosexual (el documento no precisa en qué rol). El punto inicial ya no es como en el Catecismo el calificativo de grave depravación o acto intrínsecamente desordenado (categorías que nunca aparecen en el documento) o la ignorancia sobre el origen psíquico de tal fenómeno, sino el “amor ilimitado [de Jesús que] se ofrece a todas las personas sin excepción” y el respeto a la dignidad humana independientemente de la orientación sexual evitando cualquier discriminación o “forma de agresión y violencia” (n. 250). El análisis del modo en que se organiza un discurso, la selección de su punto de partida y las categorías que se utilizan o que se omiten no es irrelevante para su comprensión global. Amoris Laetitia asume parte de los contenidos del Catecismo sobre la homosexualidad y deja caer otros (sin rechazarlos explícitamente), mostrando una nueva jerarquía de valores en el análisis de este complejo fenómeno humano. Refiriéndose en general a las parejas que viven en situaciones llamadas “irregulares”, el Papa expone que “a causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado – que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno – se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia” (lo cual podría incluir los sacramentos e incluso la eucaristía, n. 350). Aunque esta última idea generó numerosas críticas, la distinción entre una situación objetiva de pecado y la responsabilidad subjetiva, así como los numerosos condicionamientos externos ya era reconocida en el propio Catecismo de 1992 para el fenómeno del autoerotismo (Cf. CIC, n. 2352).

9 Pontificia Commissione Biblica, “Che Cosa è l’uomo?” (Sal 8,5): Un Itinerario Di Antropologia Biblica, 2020, 161–170.

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Un último documento vaticano que puede iluminar este complejo itinerario de desarrollo doctrinal sobre la sexualidad humana es el Responsum (Respuesta) de la CDF a un dubium (duda) sobre las bendiciones
 de las uniones de personas del mismo sexo, publicado en marzo del 2021. Entre las críticas a la respuesta negativa del documento podría estar que ignora el camino abierto por Amoris Laetitia, aplicado a la ayuda eclesial a las parejas del mismo sexo que piden ser acompañadas y ayudadas en su camino. Sin embargo, creo que es relevante el reconocimiento por la Congregación de la Doctrina de la Fe, según mis conocimientos por primera vez, de “la presencia en tales relaciones de elementos positivos, que en sí mismos son de apreciar y de valorar”. En este caso se admitiría, ya no de forma general en parejas en situación “irregular” sino específicamente en uniones entre personas del mismo sexo, la capacidad de amar y crecer en la vida de la gracia y la caridad (AL, n. 350). Si esta conclusión es correcta se ha superado la posición inicial de 1992 que no enunciaba elementos positivos en las relaciones homosexuales.

La articulación de los cuatro documentos vaticanos que hemos expuesto nos muestran que no existe un desarrollo lineal de la enseñanza de la Iglesia, al estilo de una demostración donde cada argumento sucede lógicamente al anterior. Tampoco hay una repetición exacta de la misma doctrina como si nada hubiera cambiado, incluso en un periodo relativamente corto como es el intervalo entre 1992 y el 2021. No hay razones para dudar de que lo que ha evolucionado durante la historia no pueda seguir cambiando en el futuro.

  • P. Raúl Arderi, S.J.  Licenciado en Ciencias de la Computación, Universidad de la Habana (2007) y Licenciado en Teología, Boston College, School of Theology and Ministry (2020).