Católica venezolana: Una iglesia sin miedo

Si existe una identidad venezolana es mestiza y está asociada de modo inseparable a la Iglesia católica, apostólica y romana. Desde agosto de 1498, cuando el Almirante de la mar océano, Cristóbal Colón, avistó por primera vez lo que llamo Tierra de Gracia, hasta el sol de hoy, tal aserto es innegable.

Como en todo el Nuevo Mundo americano, la conquista europea tuvo de cruel y cruenta y, paradójicamente de civilizadora. En Venezuela la ferocidad de unos conquistadores codiciosos y unos indígenas belicosos, fue mitigada por la acción misionera de las órdenes religiosas católicas.

La prédica evangélica y defensa de los indios y negros por parte de franciscanos, dominicos, jesuitas y otras denominaciones, alivio mucho la agresión de los europeos contra los nativos.

En Venezuela desplegaron su benéfico  ministerio en los tiempos primigenios, frailes como Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos,  Pedro de Córdoba, Pedro Simón, Tomás de Gumilla y el primer obispo nacido en Venezuela, Francisco Ibarra, entre otros.

Con la Iglesia hemos topado, Sancho

Durante la equívoca paz del período colonial, la iglesia desarrolló misiones modélicas, como las jesuitas de Guayana, fundo villas, se ocupó de la educación de los criollos y desde luego, de las almas de los feligreses. Amén de introducir nuevos cultivos como el padre Mohedano con el café.

Eso sin considerar que para evitar excesos de los enviados de la corona  y de los terratenientes autóctonos, la Iglesia de Cristo vivió en permanente tensión con los poderes terrenales.

Y durante el proceso de independencia, aunque hubo prelados opositores al libertador Bolívar como el Arzobispo de Caracas Narciso Coll y Prat, encontramos también próceres como los sacerdotes Cortés de Madariaga, José Vicente Unda, Ramón Ignacio Méndez(obispo), Mariano de Talavera y hasta un cura general que brilló en los combates, José Félix Sosa.

Después, en el accidentado discurrir de la república venezolana  del siglo XIX, la Iglesia siguió su tradición de servirle al pueblo de burladero para los atropellos de los caudillos. Muy trascendente fue la gesta del Arzobispo de Caracas, Silvestre Guevara y Lira, en su resistencia a los desmanes del dictador alérgico a la religión, Antonio Guzmán Blanco.

Una conducta similar tuvieron los curas y prelados, quienes con sus excepciones, errores y aciertos, fueron bastión de los derechos humanos y la fe, a lo largo de la vigésima centuria.

Es de rigor recordar entonces nombres como los de la beata María de San José, del laico José Gregorio Hernández, fray Cesáreo de Armellada, monseñores Arias Blanco y Parra León, el creyente seglar Arístides Calvani, el obispo Pérez Morales, los cardenales Quintero, Lebrún, Castillo Lara y los más recientes Velasco, Urosa Savino, Baltazar Porras…

Debemos agregar la presencia en nuestra curia del Obispo de La Habana, Eduardo Boza Masvidal, refugiado en la diócesis de Los Teques por la persecución del déspota cubano Fidel Castro. Y el sano orgullo que nos produce que el líder mundial de los jesuitas, sea el religioso caraqueño Arturo Sosa SJ.  

De tal manera que tiene ancestro y solera el compromiso de los curas católicos de Venezuela con la defensa de la libertad y los derechos humanos.

Ni se esconde ni se rinde

Por eso no debe sorprender que nuestra Iglesia católica no se haya hecho la sordomuda, ante las repetidas agresiones del castrochavismo. Su postura vertical hizo que el virulento Hugo Chávez, desde el primer  momento, acusó a los curas dignos y combativos de “tener al diablo bajo la sotana”.

Los recios prelados Castillo Lara, Velasco, Urosa, Porras, Padrón, Moronta, Azuaje, Basabe, Luckert, Gutiérrez, López Castillo, Biord,  Fernández, sacerdotes como Luis Ugalde SJ , Palmar y Virtuoso SJ, y en general casi todos los pastores y pueblo católico, han estado en pié de lucha para el rescate de la Democracia venezolana ultrajada por el neocomunismo.

Urosa sabino afirmó: “La Constituyente de maduro nos lleva al comunismo”. Y la Conferencia Episcopal: “Es inaceptable que la ley contra el odio y la intolerancia, argumentada por el señor presidente, sea usada para criminalizar la denuncia y al mismo tiempo provocar miedo y autocensura.

Los animamos (a los sacerdotes) para que sigan cumpliendo su misión profética, siendo voz de los sin voz, y hacer viva la frase tan memorable en estos momentos de San Pablo II, en su visita a nuestro país (y también a Cuba): No tengan miedo”.

La sabiduría, comedimiento  y coraje de nuestros eclesiásticos, logró que el Santo Padre Francisco, comprendiera que los diálogos propuestos por el gobierno de Nicolás Maduro y su agente Rodríguez Zapatero, son una farsa, en verdad son hiel y vinagre para el pueblo venezolano, al cual la alianza de Castro, Chávez, el terrorismo musulmán y el narcotráfico, ha hundido en la peor tragedia de toda su historia.

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