Un alumno excepcional del colegio de Belén: Luis de Soto

Autor: Dr. Roberto Méndez Martínez

Si repasamos el número de alumnos formados por la Compañía de Jesús en Cuba, desde el siglo XIX hasta 1961, podrían localizarse entre ellos varias figuras relevantes en el plano intelectual. Entre aquellos está el fundador de los estudios de historia del arte en Cuba y creador del correspondiente departamento en la Universidad habanera, se trata del profesor, crítico de plástica y conferencista Luis de Soto y Sagarra (Ponce, Puerto Rico, 1893- La Habana, 1955) que es hoy una figura muy poco recordada, al menos dentro de la Isla.

Era hijo del Teniente Coronel de Infantería del ejército español Julio de Soto Villanueva y de Mercedes Sagarra, natural de Santiago de Cuba, hija del notable humanista Juan Bautista Sagarra. La pareja se había trasladado a Puerto Rico cuando el militar fue destinado a ella. Allí nació el hijo y vivió sus primeros años, pues al inicio de las hostilidades entre España y Estados Unidos, decidieron trasladarse a la Península. Por un breve período el infante contempló ante sus ojos los paisajes de Cádiz, Madrid y Galicia, donde nunca lograban un hogar estable, hasta que en junio de 1902 regresaron definitivamente, a Cuba.

En Santiago de Cuba realizó Luis sus primeros estudios en el Colegio Hijas de María y luego los continuaría en el Seminario y en el Colegio Inglés, hasta que fue enviado a realizar los estudios de enseñanza media en el habanero Colegio de Belén, donde fue alumno destacado hasta su graduación en 1912.

Resulta llamativo el que eligiera los estudios de Derecho, a pesar de su fuerte atracción por las humanidades, especialmente la filología clásica, pero hay que tener en cuenta que esas disciplinas eran concebidas por entonces como aficiones de gente acomodada y no como una verdadera carrera para ganarse la vida, por ello tomó la decisión de otros muchos intelectuales de su tiempo, lo que no impidió, no bien recibió su doctorado en Derecho Civil en octubre de 1916, que se preparara para obtener el correspondiente a Filosofía y Letras, concedido en febrero de 1917.

La tesis para este último acto académico, titulada Fidias, era un estudio arqueológico sobre la obra escultórica de este artista y fue publicada en 1918 en la Imprenta “El Siglo XX”. A pesar de que por esos años los estudios de arte eran poco menos que inexistentes en la Universidad, bajo la guía del eminente filólogo Juan Miguel Dihigo y Mestre, pudo forjar un texto sorprendente, pues juzga al escultor griego no sólo a partir de las historias del arte de moda por entonces – Reinach y Pijoan – sino que confronta los criterios de estas con los de autores clásicos y los cultivadores de las más modernas tendencias de la filología. El conjunto no produce la impresión de uno de esos “refritos” usuales en tales ejercicios docentes, sino de un volumen didáctico donde se repasa cada una de las obras, conservadas o simplemente conocidas por referencias, del artista griego, y se hace de ella una reconstrucción teórica y una evaluación de sus méritos. La escritura rehúye continuamente los criterios impresionistas, para forjar una imagen moderna de Fidias a partir de las evidencias disponibles, con una dignidad tal que hubieran deseado para sí ciertos scholars de Oxford y Cambridge.

Aquella Habana de los 20 no parecía estimular el rigor académico. La gente acomodada iba al cine Campoamor a contemplar las cintas de Francesca Bertini con acompañamiento de pianola, antes de acudir al Salón de Helados de París en el Hotel Telégrafo; mientras, en un café al fondo del Hotel Inglaterra se reunían los intelectuales de avanzada por entonces, allí junto a Jorge Mañach y Luis Alejandro Baralt estaba Luis de Soto. Pero el novel filólogo no empleaba todo su tiempo en tertulias, su obsesión era la formación rigurosa, por eso, aceptó concurrir a unas oposiciones en la Universidad para la cátedra de Filología. No sólo obtuvo la plaza de profesor auxiliar, sino que comenzó a desempeñarla de manera más que renovadora, si se atiende a esta comunicación dirigida al rectorado por el Decano de la Facultad, Dr. Juan Miguel Dihigo y Mestre:

Tengo el honor de comunicar a Ud. Que se ha dado comienzo a la enseñanza objetiva de la Historia del Arte en la asignatura de Filología con el uso de linterna para hacer las proyecciones. Como esta es la vez primera que se hace esto en la Cátedra, me interesa ponerlo en su conocimiento por lo que significa como progreso en la enseñanza, que se debe al muy entendido profesor Dr. Luis de Soto.

 Por estas mismas razones aceptó una beca para trasladarse a la Universidad de Columbia, donde obtuvo el grado de Master of Arts en 1928 con la tesis Corrientes principales de la arquitectura cubana.

El magisterio de Soto no se limitaba a la cátedra universitaria, desde muy joven había emprendido una carrera como conferencista. De hecho, hay constancia de su primera disertación titulada María Estuardo, ofrecida el 17 de septiembre de 1913 en Santiago de Cuba, cuando apenas tenía veinte años, a las que se sumarían las dictadas en 1921 en la Universidad: Atenas y El Museo de arqueología griega de la Universidad de la Habana. En 1923 pronunció un ciclo de cinco charlas en la Asociación de Pintores y Escultores, donde repasaba el arte arquitectónico desde la Antigüedad hasta la etapa post renacentista. Una de sus iniciativas más notables fue la que expuso el 25 de abril de 1926 en la Sociedad Económica de Amigos del País: la organización de “conferencias-paseos” o lo que hoy llamaríamos visitas dirigidas a los museos, a cargo de la Sección de Bellas Artes del Ateneo, para educar al público “con las obras de arte contenidas en los mismos y en gran parte ignoradas”

Tras la caída del gobierno de Gerardo Machado en 1933, soplaron en la Universidad habanera  aires de renovación. Se sacudían las viejas estructuras, se convocaba a oposiciones y la revista Verbum daba una señal de renovación estética desde la Asociación de Estudiantes de Derecho, mientras Guy Pérez Cisneros se encargaba de presentar a ocho cultivadores del “arte nuevo” en un aula de la Colina. Soto, fue nombrado en 1934 profesor de las asignaturas Historia del Arte y Filosofía del Arte.

En vez de caer en el plácido anquilosamiento de algunos de sus colegas, el joven erudito se empeñó enseguida en la creación de un Departamento de Historia del Arte, que pudo ver la luz en 1936, bajo su dirección. Desde esta posición estableció estrechos vínculos con la cátedra de Historia de la Arquitectura, especialmente con Joaquín Weiss, para difundir las ideas del argentino Ángel Guido, sobre todo en lo referente a la fundamentación estética y filosófica de la arquitectura colonial, a partir de las corrientes de la crítica de arte europea que comenzaban a circular en la Isla, gracias a ellos, pudieron hacerse familiares para los estudiantes las ideas de D’Ors, Wolfflin, Worringer, Weisbach.

Gracias al surgimiento del Departamento fue posible generar un verdadero ambiente de estudio e investigación en el que se formaron algunos de los primeros profesores en estas disciplinas, cuya labor se extendería durante varios años, con frutos que todavía hoy se cosechan, baste con recordar los nombres de: Rosario Novoa y Anita Arroyo,.

Este movimiento teórico iba a tener resonancias impensadas. Cuando una de las primeras discípulas eminentes de Soto, Martha de Castro – nieta del erudito cubano Antonio Bachiller y Morales – elaboró su tesis doctoral dedicada al barroco en la arquitectura cubana, esta viajó a Rosario, Argentina, para entrevistarse con Guido y confrontar con él algunos puntos de vista sobre la aplicación de los criterios de Wolfflin a las edificaciones americanas. Es explicable, pues, que en el texto de su tesis, haya un amplio espacio para divulgación de los presupuestos del argentino. De allí parece haberlos tomado José Lezama Lima, quien asume muchos de ellos, de manera casi textual, en La expresión americana.

Más allá de las ocupaciones universitarias, el profesor encuentra tiempo para otros afanes. Colabora en las revistas Grafos, Carteles, Arquitectura, dicta conferencias sobre temas muy variados y aunque en su tiempo – y aún en el nuestro- se supone que un profesional de la Historia del Arte apenas se ocupa de las artes plásticas, él pudo disertar sobre temas de música: Música de luz (Sociedad Pro-Arte Musical, 1930), La guitarra (Auditorium,1932) y Ricardo Wagner (Lyceum, 1933) así como de ballet y danza como lo demuestran: La danza como expresión artística (Lyceum, 1932), Isadora Duncan, artista y mujer (Lyceum, 1932) o aquella singular ocasión en que disertó sobre La danza india y su influencia sobre los países del Oriente vecino, en la Asociación Alicia Alonso Pro-Ballet en Cuba, en 1953, e hizo las delicias del auditorio, pues ilustró sus explicaciones con pasos y poses danzarias, realizados por él mismo. Lamentablemente esta conferencia, así como la dictada al año siguiente, en la Escuela de Ballet Alicia Alonso, titulada Idea, arte y amor: El Lago de los Cisnes, han permanecido inéditas, su estudio hoy podría resultar muy importante, pues Luis de Soto es una de las primeras figuras que por esos años se acerca a los estudios teóricos y la crítica de la danza escénica en Cuba.

En 1932 estuvo entre los fundadores de la Universidad del Aire y a lo largo de la existencia de esta valiosa institución, estuvo trece veces ante sus micrófonos, la última de ellas, el 18 de abril de 1954, en un ciclo dedicado al Renacimiento, para referirse al libro Vidas de los artistas de Vasari.

Quizá lo más apasionante en el carácter de aquel profesor era intentar continuamente lo que parecía imposible o absurdo. No le bastaba con estar a la cabeza de un departamento universitario que los pragmáticos consideraban de una inutilidad absoluta, ni siquiera con haber logrado la creación de un Museo anexo que incluía copias de esculturas clásicas, obras pictóricas y hasta reproducciones de vitrales, en una época en que el propio Museo Nacional no pasaba de ser una especie de almacén de anticuario, mal clasificado y peor conservado. Influido por las ideas de educación popular, que marcaron los años 30, había organizado un curso público de Historia del Arte, que en 1931 apareció en fascículos bajo el título genérico de Ars

Resulta curioso que en aquellos tiempos de depresión económica y represión política, el texto fuera todo un éxito, tanto que en 1938 fue reeditado, esta vez como libro y acompañado con 252 ilustraciones, con tal favor de público, que volvió a ver la luz, sucesivamente, en 1951 y 1954, algo extraño para aquellos tiempos, sobre todo por la competencia que en las librerías le hacían otros textos similares publicados en España y Argentina.

Ars fue un libro muy atrevido en su tiempo, no sólo porque rompió el monopolio de otro curso de arte convertido en libro: el Apolo de Reinach, que los eruditos de salón tenían por infalible, sino porque tenía un sorprendente nivel de actualización en su bibliografía, lo que no estorbaba lo ameno de la escritura. Por otra parte, mientras sus predecesores se detenían, con cierta mojigatería, en el academicismo de inicios del siglo XX, Soto dedicaba dos capítulo al arte de esta centuria y no sólo para valorar a nombres ya muy consagrados como Picasso y Bourdelle, sino a otros todavía muy discutidos como Brancusi, Boccioni, Kandinsky y Kokoschka, sin olvidar las páginas que dedica al “sincromismo” o fusión del color y el sonido, así como a las artes industriales y la decoración interior. Se trataba de un libro que historiaba el arte, pero desde las posiciones de la vanguardia, lo que no tenía precedentes conocidos en América Latina, donde esos estudios eran habitualmente patrimonio de los medios más tradicionalistas.

No puede olvidarse tampoco su Filosofía de la Historia del Arte, conformada con los apuntes que realizara para impartir dicha disciplina en su Departamento y que sorprende por su actualización, además de permitir a los estudiantes el acceder a fragmentos de obras de difícil localización de autores como Wölfflin, Worringer, Panofsky, Plejanov y hasta el mismísimo Le Corbusier. 

No despreciaba tampoco este intelectual las oportunidades que ofrecían las publicaciones populares de gran tirada, para realizar su labor como divulgador del arte. Buen ejemplo de ello es la serie de artículos que entre 1946 y 1948 publica en la revista Carteles bajo el denominador común de: El tesoro artístico nacional. Cada uno de ellos está dedicado a comentar las piezas más valiosas de algunas de las colecciones particulares de arte en La Habana y sus reflexiones eran acompañadas con reproducciones de ciertas piezas notables. De este modo, podían llegar al lector común nociones de arte a partir de exponentes que rara vez se exhibían y a la vez, se instaba con urgencia al gobierno para que acelerara el proyecto de un Museo Nacional digno del país, al que estaban dispuestos a contribuir algunos de los grandes coleccionistas con ciertas donaciones. 

No es difícil imaginar al atildado profesor llamando a la puerta de ciertas residencias del Vedado y Miramar, para ser recibido obsequiosamente y guiado por salones y piezas más retiradas con el fin de contemplar cuadros, esculturas, muebles de otros siglos, antes de la merienda de rigor. Gracias a ello, no sólo en Cuba sino en otras naciones donde había suscriptores de Carteles fue posible atisbar los tesoros de Tomás Felipe Camacho, María Dolores Machín viuda de Upmann, Evelio Govantes, Ignacio Ponce de León, el Conde de San Fernando de Peñalver, Conchita Valdivia de Santo Tomás. Su prosa huye en estos artículos de los tecnicismos y procura hacer disfrutar al lector de las maravillas que él contempla, como ocurre en su visita a la residencia de Ramón Osuna Mendive y Sarah Varela Zequeira. Así, con minuciosa delectación, como si fuera un discípulo de Marcel Proust, describe la colección de platos de porcelana de la familia:

Reunidos en el comedor, esos discos de frágil porcelana cubren materialmente las paredes que decoran con la policromía de sus motivos y los reflejos áureos de fileteados y cifras. Hay en esta colección figuras ejemplares de procedencia varia: piezas provenientes de vajillas-de casas reinantes europeas, de monarcas hoy día destronados, de personajes extranjeros y de preeminentes familias cubanas. Imposible enumerar siquiera los ejemplares todos; aun la simple mención de las piezas más notables daría a esta reseña la extensión de un catálogo. Me limitaré, pues, a aludir simplemente a algunas piezas aquí reproducidas.

En un grupo puede apreciarse, en la ilustración que acompaño, una selección de piezas de vajillas de monarcas y nobles europeos. A la izquierda (de arriba a abajo) un sencillo plato de porcelana blanca con una corona como motivo central, de la vajilla del conde de Romanones; un rico plato con ancha orla en azul claro y oro y en el medio el águila imperial, que perteneció al zar Alejandro de Rusia; el siguiente, con una orla ‘ sencilla en dos tonos de azul llenando al centro la inicial “W” bajo corona real, perteneció a la reina Guillermina de Holanda; un plato de borde ondulado con decorado de oro, un motivo ornamental al centro y en la parte superior cifra y corona, perteneció también al zar Alejandro; plato liso de borde irregular y en el centro la inicial “A” coronada formó parte de una vajilla del rey Alfonso XII de España. Las tres piezas colocadas al centro de la fotografía pertenecieron, respectivamente, al Papa Pío X, Luis XVI y la reina Alejandra de Inglaterra. La primera, especie de bizcochera, tiene en el centro las armas pontificias y el ancho borde de porcelana azul se realza con fileteado de oro y medallones con motivos floreados sobre fondo blanco; el segundo ejemplar es una rica pieza de Sevres con orla de fina labor en oro sobre rojo y llevando en el centro el escudo con los lises de Francia; el tercer plato, de fino cristal, está orlado de una banda de oro llevando al centro la cifra y la corona de la reina de Inglaterra. Finalmente, a la derecha (y también de arriba a abajo), puede ver el lector un plato de orla estrecha en azul oscuro, fileteado de oro y como motivo central el escudo del duque de Alba; un ejemplar de vivos y armoniosos colores, a base de motivos florales y ancho borde azul, perteneció al general Espartero, príncipe de Vergara; otra pieza, de forma poligonal, entonada en gris orlada de menudas guirnaldas y al centro escudo y corona. del zar Nicolás; el siguiente, delicadamente ornamentado con motivos policromos sobre fondo blanco, con la inicial “A” y la corona real de Alberto de Bélgica; y, por último, un plato de porcelana blanca con labor en relieve y fileteado de oro en cuyo centro se enlazan las iniciales “A” y “V” bajo corona real. Perteneció a Alfonso XIII. 

En 1940, el maestro participó en las tres grandes exposiciones organizadas por el Instituto Nacional de Artes Plásticas, con el coauspicio de la Universidad y la Corporación Nacional de Turismo: Escuelas Europeas, El arte en Cuba y Trescientos años de arte en Cuba. Para la primera, no sólo escribió unas palabras liminares en el catálogo sino que prestó un lienzo de Mariano Fortuny que formaba parte de su colección personal. Por primera vez eran presentadas al público obras que reposaban desde hacía décadas en colecciones personales o en los heteróclitos almacenes del Museo Nacional y Soto estaba convencido, como algunos otros organizadores: José María Chacón y Calvo, Eduardo Abela, Domingo Ravenet, que estas muestras no sólo ayudarían a educar a un público para las artes, sino que tendrían un efecto vivificador en los creadores.

Su Esquema para una indagación estilística de la pintura cubana, aparecido en 1945, como separata de la revista Universidad de la Habana, aun cuando pueda tener muchos puntos discutibles, tiene el valor de procurar definir el quehacer de los artistas cubanos de vanguardia, desde el punto de vista estilístico. Si las clasificaciones empleadas por los críticos europeos se resienten al ser aplicadas a Amelia, Abela o Víctor Manuel, no es culpa del profesor, quien procura con honestidad y todo el rigor posible el rastrear lo singular en un movimiento que todavía pertenecía a la más emergente actualidad. De hecho el cuaderno lo colocaba entre los escasos autores que procuraban definir uno de los fenómenos más notables de la cultura cubana del siglo XX, el “arte nuevo”: Jorge Mañach, Alejo Carpentier,  Guy Pérez Cisneros, Loló de la Torriente.

E1 27 de febrero de 1941 ingresó como Académico de la Sección de Escultura de la Academia Nacional de Artes y Letras. Pronunció la acostumbrada disertación con el tema Espacio y forma. La relación entre la arquitectura y la escultura. El discurso de recepción estuvo a cargo de su gran amigo el Dr. Ernesto Dihigo López Trigo. Así mismo, tocó a Soto recibir en esa corporación a varios destacados artistas cubanos: Teodoro Ramos Blanco, Luisa Fernández Morell y Rita Longa.

Todo esto no impidió su participación en otros muchos empeños: amigo personal de Laura Rayneri, fue gran admirador de Alicia y Fernando Alonso y contribuyó a impulsar tanto el desarrollo de nuestra primera compañía de ballet, sino de la Academia adjunta, en la que pronunció las palabras inaugurales en 1951; fundó en 1942, junto a Ramón Antonio Crusellas el Patronato del Teatro, en el que trabajó hasta su muerte; formó parte del Patronato Pro Museo Nacional, surgido en 1948, aunque lamentablemente no pudo ver concluido el moderno edificio que tanto reclamó. A esto habría que añadir su participación en múltiples empeños benéficos con asociaciones como la Cruz Roja Cubana y la Liga Contra el Cáncer. En 1950 recibió la Orden Nacional Carlos Manuel de Céspedes.

El intelectual nunca abandonó la fe que le fuera inculcada en su hogar y fortificada por sus maestros jesuitas. Siempre estuvo presto a colaborar con las instituciones católicas de su tiempo: tuvo a su cargo el discurso en la distribución de premios del Colegio de Belén en 1934, más de una vez inauguró exposiciones o pronunció conferencias en la Casa Cultural de Católicas y en 1953 asesoró e inauguró el Museo de Historia del Arte, de la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva. En mayo de 1945 apoyó las gestiones de Lydia Cabrera y María Teresa de Rojas para restaurar la Iglesia de Santa María del Rosario, asesoradas por el maestro Francisco Prat Puig, labor lamentablemente frustrada, al cambiar de manos el proyecto.  

Resulta elocuente el hecho de que en el programa de homenajes que le rindieron sus discípulos – entre los que no abundaban los creyentes- en el primer aniversario de su fallecimiento, la primera actividad fuera una misa cantada en la capilla de Villanueva. Como su amigo Aurelio Boza Masvidal, él no hallaba contradicciones entre su exigente carrera intelectual y su fe.

Luis de Soto debe ser recordado no sólo como el profesor que formó a más de una generación de intelectuales que continuaron su labor  sino como el maestro en el más alto sentido de la palabra, que en los últimos tiempos de su vida, era capaz de irse a Camagüey a pronunciar una conferencia sobre Fidelio Ponce o a mostrar una exposición itinerante cuyos cuadros explicaba con fruición ante auditorios más que reducidos. No pudo ser uno de los grandes coleccionistas de arte como el Conde de Lagunillas u Oscar Cintas, pero de algún modo era como el señor barroco de que hablaba Lezama en La expresión americana, que disfrutaba de esas delicias y extraía de ellas una sabiduría que diseminaba para todos con generosidad. 

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